Hay, al menos, dos tipos de poeta. Unos son sagrados y otros malditos, y la mayoría aburridos. Unos son caballerosos con el lenguaje y otros violadores del mismo, y la mayoría pretenciosos. Unos sólo hablan a través de descripciones alegres, metáforas lindas y versos que no dicen nada, y otros a través del sufrimiento, el odio a la vida y la muerte como compañera. Los primeros son idealistas, románticos y metafísicos; los segundos son realistas, desgarradores y pesimistas. A los primeros los guía la moral y su reconocimiento social, a los segundos los guía el instinto y su rechazo social. A los primeros los llamo “Poetas institucionales”, y a los segundos “Poetas antisociales”.

Los institucionales. Los que se abruman por las palabras, por encontrar la expresión original, por embellecer el lenguaje para evocar sonrisas espirituales de un mundo ideal; de un mundo bonito, sublime y feliz, en el que la oscuridad y la tragedia son censuradas, veladas por ellos mismos en su sometimiento a la idea de que la poesía sólo es forma. No les importa el contenido y nunca dicen nada, pues no se comprometen con nada. Agotan su creación, y se agotan a sí mismos, en el maquillaje lingüístico de los mismos temas que las canciones de amor. Su uso del lenguaje es tan florido como falso, y tan aleccionador como hipócrita; su objetivo es la adulación por sus fórmulas vacías y versos morales. Poetas que consideran las groserías como malas palabras y las verdades como armas contra su propio dogma y autocomplacencia intelectual. Escritores falsos, inauténticos y cobardes. Poetas del estado, de la iglesia o de las instituciones burocráticas de la cultura. Un diploma, un premio y el reconocimiento del status quo artístico: la santísima trinidad de estos intelectuales de la rima.
Los antisociales. Los locos, los excéntricos y los feos; los parias. Los que gritan sus pensamientos y se emborrachan de versos que luego no recuerdan —sólo a través del viejo cuaderno. No recuerdan nada después del nirvana, con el desprendimiento poético llega el dolor, y con el dolor llega la calma, la liberación del alma. Los que sólo con el sufrimiento existencial danzan, y aman, y se entregan a sí mismos las declaraciones de su alma liberada. Sin filtros racionales o criterios métricos. Estos poetas no piensan lo que hablan, lo que escriben; simplemente hablan. Lidian con sus emociones y su relación con el mundo, las vísceras del ser; escarban sus sentimientos y éstos les responden lingüísticamente, y eso es lo que escriben en el viejo cuaderno —aunque luego no lo recuerden. Sin embargo, siempre escriben, no importa si hay papel o tinta, siempre escriben en la mente; ya luego quedará impreso en el viejo cuaderno, la pared rayada o en una hoja de estraza.
Ambas caracterizaciones del ser poético proyectan algo más que arquetipos de la poesía, pues constituyen, en lo fundamental, dos diferentes, y contradictorios, modos de ser del arte. El primero es elegible, el segundo es innato.
