Cuando se es niño la vida es simple, sencilla; la existencia es divertida. Basta lo que se tiene entre las manos para ser feliz. No se necesitan banalidades ni superficialidades, el corazón de un niño entiende que a partir de la ilusión se pueden crear una innumerable cantidad de fantasías. Todo es posible porque se lleva la sinceridad por delante.

Ser niño significa vivir la vida al máximo sin tener conciencia de la brevedad de la misma. Dicen los que saben que lo único que realmente nos pertenece son las risas y el llanto. Son las dos capacidades que nos llevan a ser libres. Por tanto podemos definir que un niño es la libertad en su forma humana.
Todos fuimos niños y por tanto podemos reconocer el significado de las épocas decembrinas. Mas allá de la parafernalia capitalista y el engañoso materialismo que nos roban el sentido de distinguir entre un regalo y un obsequio, existe un suceso trascendental que sin duda nos marcó a todos de la misma forma.

Los recuerdos nos habitan, caminan por nuestra mente siempre. Recordar es volver a vivir. Vale la pena andar por la ciudad percibiendo el nerviosismo y la fe que proyecta la mirada de un niño cuando es sabedor de que el 6 de enero esta cada vez mas cerca, la mágica fecha que alguna vez marco el si o no de nuestra existencia. Es crucial tener presente ese sentimiento que tanto bien le hace al alma porque le nutre de fe e ingenuidad.

Estos tiempos en los que resulta angustiante observar como el poder crece mas rápido que la sabiduría, tenemos la urgencia de alimentar y sobre todo de respetar el encanto que envuelve esta fecha.
Los niños son felices porque poseen un espíritu intacto; tienen sueños pero están mas interesados en vivir su realidad. No es que les valga lo que pueda pasar, es que le otorgan el valor adecuado. En esta época donde resulta complicado preservar la ingenuidad gracias a que cualquiera puede acceder a la información que los medios de comunicación nos dan, resulta relevante que conscienticemos la propia mente para ayudar a mantener esta creencia tan pura, y que penosamente disminuye con los años.
Si los niños de ahora dejan de creer en lo fantástico tendrán que sujetarse sin remedio a un presente que es experto en mermar los sueños y en mutilar el extraordinario espíritu humano.

Somos la proyección de los anhelos inmateriales que tuvimos en nuestros primeros años, así pues: convirtámonos en adultos sin soltar al niño que fuimos. Que se mantenga fresca la capacidad de sorprendernos por todo aquello que nuestra imaginación pueda y quiera construir. La principal labor de un adulto es preservar y respetar por el mayor tiempo posible la poderosa mente de un niño.
