Los sonidos de la noche

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Los sonidos de la noche
Los sonidos de la noche

Buhos - los sonidos de la noche
En medio del bosque, el cielo estrellado se oculta con las ramas largas que parecen alcanzar la noche, la Luna inmensa irradia la zona creando sombras inmersas en los troncos de roble. El viento choca contra mi cabello y Matías me abraza mientras nuestros oídos contemplan el lenguaje extraño de la profundidad arboleada. Hemos armado una fogata, la flama alocada se apaga, algunas ventiscas esporádicas la prenden de nuevo. El aire y el fuego permanecen en un juego irremediable. La madera y la paja se consumen llanamente, las ojeras de mi amante se hacen más grandes ante el reflejo del elemento; no veo el iris de sus ojos y, aunque sé el color que tienen, mi mente no se limita a la imaginación. Podría imaginarlo diferente a quien es, pero lo amo tanto que sólo me conformo con cambiar sus ojos cafés, tal vez a un color claro o miel. Me he puesto a pensar que soñar no cuesta nada, que la oscuridad de la noche puede ser la mejor compañera de la fantasía, porque es en la oscuridad donde uno puede dibujar sobre el aire negro.

 Cuando cierro los ojos durante un beso y se escucha el ulular intenso de un búho, pienso en su vuelo, en esas alas largas que se desprenden de su cálido cuerpo, aquellas plumas que se estrellan excitadas contra el soplo de la brisa, las filosas garras que se abren para atrapar a una presa ingenua. El eco vehemente del animal se sigue escuchando mientras mi piel desnuda se eriza por la frescura del entorno verde. Abrí mis parpados dispersándome de la chispa estimulante de la mente y, en su intuición, él notó el frío desmesurado que me abrazaba, insinuó meternos en la casa de campaña, pero ante mi negación por no aislarme del paraje hipnotizador, sacó una cobertura suave y me cubrió de los pies hasta el cuello. Sus manos heladas entraron por mi espalda, un impulso extraño electrocutó mi cuerpo, la temperatura se fue neutralizando y nuestras bocas se volvieron a juntar. Un gemido profundo se escuchó, el búho había cazado a un roedor. La agilidad del animal me sorprende, sus ojos gigantes parpadean fugazmente; observando desde la cima de una rama, gira su cabeza en todos los sentidos, pues a otra víctima quiere apresar. 

Los labios húmedos recorren mi cuerpo, sus manos suaves me consienten con aliento. Abrigados solamente por una cobija me siento como un animal más, uno de esos que sólo cumple por su instinto, pero esto es diferente, el amor que sentimos es sólido y compacto. A veces pensamos estar toda la vida juntos, como algunos búhos que descubren lazos internos para reencontrarse con su pareja en cada temporada de apareamiento. Yo no me quisiera alejar de él, pero la vida está trazada de alguna manera peculiar, los caminos parecen gusanos y pueden cambiar de postura en cualquier momento; caminos que se cruzan para nunca más encontrarse, no como los búhos que lo hacen por instinto, nosotros lo decidimos porque ese es nuestro libre albedrio. La noche espesa fue testigo del amor; tanto el cuerpo de Matías como el mío permanecieron ardientes, la fricción de nuestra piel se sentía excitante, dos cuerpos bajo la luz de la luna se juntaban como parte de una corazonada, realizando una amalgama que continuamente detonó de sentimientos y emociones. No abrí los ojos más, dormimos sin interrupción, acompañados de los cantos que el anochecer nos compartía. Desperté con la claridad que del Sol, mi cabeza boca arriba hizo que mi mirada se fijara en todas las ramas del abundante bosque, buscando al búho sin ninguna certeza de encontrarlo, me di por vencida y extrañé el resto del día la llegada de la oscuridad para poder imaginar y escuchar todos esos sonidos que en un bosque como este se pueden elogiar, contemplando así, la perfecta hermosura de la naturaleza.

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