Texto por: Diego Gómez Pickering
MUMBO ISLAND, Malawi.- “Señores pasajeros rogamos abrochen sus cinturones de seguridad, plieguen sus mesillas y pongan el respaldo de su asiento en posición vertical, estamos a punto de aterrizar en el país más bonito del continente, el cálido corazón de África, Malawi”, el piloto anuncia a través de las bocinas, con inusitado entusiasmo, nuestro inminente aterrizaje, que desde el aire pareciera que fuese acuatizaje. Las prístinas y al parecer interminables aguas del lago que da nombre al país están tan cerca que si la ventanilla se abriese podríamos tocarlas. Motivo suficiente para estar emocionados, todos en el vuelo parecen sonreír de oreja a oreja. Y yo, me veo sonriendo con ellos.
Ben, mi compañero de asiento en el estrecho Embraer que nos ha traído desde la capital keniata hasta este pequeño país empotrado entre Mozambique y Tanzania, no podría estar más feliz. “Malawi sin duda es un paraíso natural”, comenta satisfecho mientras el avión toca tierra en el provinciano aeropuerto de Lilongwe, la capital. “No te vas a arrepentir” me grita desde la fila de migración para nacionales antes de tomar su maleta y desaparecer entre los cientos de personas que esperan a las afueras del aeropuerto a los recién llegados. Poco tiempo fue necesario para darle la razón a Ben, al piloto, a las azafatas, al resto de los pasajeros y a todos aquellos que han tenido la fortuna de visitar Malawi, un paraíso en toda la extensión de la palabra. Y, quizá, uno de los secretos mejor guardados del continente negro.
“Este es un lago hecho de estrellas”, fue la manera en que el icónico explorador escocés del siglo XIX, David Livingstone, describió al Lago Malawi; el tercero más grande de África, y la joya de la corona del país, cuyas orillas descubrió para el resto del mundo en 1859, mientras recorría el río Zambezi. Hoy, a más de siglo y medio de distancia, el espectacular lago parece seguir intacto. Situado a casi 500 metros sobre el nivel del mar, en una hondonada que forma parte del milenario Valle del Rift, tiene 600 kilómetros de longitud, 80 kilómetros de diámetro, 700 metros de profundidad, una superficie de 31,000 kilómetros cuadrados (más grande que el estado de Guanajuato), y, lo más importante, casi 1000 especies de peces.
Malawi.
“Es el cuerpo de agua dulce más diverso del planeta y hogar de los muy especiales cíclidos” afirma Kelly, una bióloga británica que trabaja con el Ministerio del Medio Ambiente de Malawi y la UNESCO para documentar los efectos del cambio climático en el lago sobre la muy especial fauna del lugar y sus más conocidos moradores. Con cerca de 800 especies distintas los cíclidos son endógenos del lago y sus múltiples colores, anaranjados, amarillos, plateados, atigrados, celestes, azules y verdes, son uno de los mayores atractivos para los esnorquelistas, buzos y kayaquistas que tienen la suerte de llegar a surcar y nadar sus aguas.

Desde el aeropuerto de Lilongwe, el más cercano a la parte sur del lago, donde se encuentra el parque natural homónimo, hay casi trescientos kilómetros que rodean pequeñas colinas salpicadas de románticos baobabs que bien pueden recorrerse en transporte colectivo o en un taxi arrendado. Al final del camino se encuentra la pequeña comunidad pesquera de Cape McLear, donde tendrás para escoger de entre una docena de albergues y hoteles con encanto que a pie de playa ofrecen al huésped una comunicación directa con el lago que parece mar. Una decena de kilómetros mar adentro, la exclusiva isla de Mumbo, con solo diez habitaciones que cuentan con baño de composta y duchas al aire libre, además de un sinfín de aves y las temerarias lagartijas monitor (doblemente más grandes que cualquier iguana adulta) es la opción para quienes quieran sentirse unos Livingstones modernos. El cielo estrellado, con la austral Cruz del Sur, sirve de manto todas la noches y la falta de electricidad o señal de celular son un respiro en este mundo hiperconectado.
Malawi.
Si bien, de acuerdo con el más reciente informe de la Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza, cerca de 30 mil especies de animales podrían extinguirse en los próximos doce meses; todas las que llaman casa al Lago Malawi están aquí para quedarse y, de paso, enseñarnos cómo hacer un turismo más sustentable y evitar la desaparición de más fauna y flora alrededor del mundo. Para volar hasta Malawi se necesitan dos docenas de horas de vuelo y un par de escalas en Europa, África o los Estados Unidos; una visa que puede obtenerse en el puerto de entrada previo pago de 75 dólares estadounidense; pero, sobre todo, se requiere tener espíritu aventurero y muchas ganas de construir un mundo mejor.
Diego Gómez Pickering escritor, periodista y diplomático. Su libro más reciente es Diario de Londres (Taurus, 2019).
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