Me gusta terminar algunas cosas en puntos suspensivos, como si algo esperara a la vuelta

2 min de lectura
por julio 31, 2017
Me gusta terminar algunas cosas en puntos suspensivos
Me gusta terminar algunas cosas en puntos suspensivos

El texto que se comparte a continuación fue escrito por Enrique Ocampo, autor del libro de relatos Salto de fe, en colaboración con María Melier.

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Tres. Puntos. Suspensivos

Ella

Más nos vale terminar las historias. Y si no es así, por lo menos hacerle espacio a la continuación dentro de un renglón. Decidimos ponernos en manos de un destino que acaricia las posibilidades con signos de puntuación, para que mientras nos quedamos atorados en un “tal vez”, nos sorprenda con la magia de un volver a empezar en otra hoja, con otra letra.

Uno, dos, tres. Puntos todos.

Me gusta terminar algunas cosas en puntos suspensivos, como queriendo prometer, como anunciando un “ahorita vengo”. Como si algo esperara a la vuelta.

La maldita costumbre de no saber darles un final a las cosas, o la cosquillita de la expectativa que me parece una maravilla cuando se usa con medida. No vayamos a terminar abusando de ella.

“…” Es la respuesta invisible, la que se queda suspendida en el aire, la que nadie quiere dar porque no está seguro de tenerla, y si la tiene, quizá no sea la correcta.

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Son las palabras arrastradas, como no queriendo la cosa, hasta el final de una historia que suplica por la ausencia de un final. O ruega por uno, pero con el miedo atorado en los pantalones.

Es peor que una exclamación que asegura, pero mucho mejor que una duda. Es el intermedio de una función aburrida, de una despedida en la que no alcanzaste ni a llorar.

“…”, ese suspenso rico que durante un tiempo da placer, hasta que se convierte en incertidumbre y entonces todo se va al carajo. Aunque lo prefiero al “pero”.

Uno. Dos. Tres. Puntos todos.

A esos malditos hay que saber dónde dejarlos, y cuando les encontremos lugar, más nos vale regresar para arrancarle dos o para seguir escribiendo.

Él

Siempre es necesario empezar historias. Y, si no es así, por lo menos poetizar el inicio misterioso. Decidimos abrazar a un destino que acaricia las posibilidades con signos de puntuación, para que mientras exista un “sin embargo”, nos sorprenda el candor de saber que el inicio está siempre ahí, entre letras, o entre puntos.

Uno, dos, tres. Puntos siempre.

La idea implícita del “antes hubo algo”. La esperanza mágica del ayer. Me gusta empezar algunas cosas con puntos suspensivos. Como si el presente fuera la consumación de angustias pasadas.

La admirable rutina de continuar, de cumplir, de profundizar. De decirle al mundo que siempre vienen cosas más. Que siempre vienen cosas mejores.

“…” es la pregunta olvidada, la que vuela por el viento, la que algunos olvidaron y otros no quieren recordar: la que me rehúso a enterrar en el olvido.

Son los labios medio abiertos, que exhalan la primera pincelada de un pensamiento y agrandan los ojos antes de empezar a hablar. La reticencia inversa.

Es peor que una afirmación que sentencia, pero mucho mejor que una fe de erratas. Es el intermedio de una función aburrida, de una despedida en la que no alcanzaste ni a llorar.

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“…”, esa expectación que sabe a azúcar en los labios, hasta que se convierte en palabras y entonces todo se va al carajo. Aunque lo prefiero al “aunque”.

Uno. Dos. Tres. Puntos siempre.

A esos malditos hay que saber cuándo invitarlos, y cuando les encontremos lugar, más nos vale volver a empezar, para arrancarlos todos y empezar con mayúscula.

*

Las imágenes que acompañan al texto son ejercicios de poesía visual y pertenecen a Samantha Sealy.

Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.

***

Dejar ir a alguien siempre nos tomará tiempo, sobre todo cuando sabes que aunque no te hablen y no te escriban, sabes que todas las noches piensan en ti. Pero para combatir esas noches de soledad, puedes leer los libros que te ayudarán a superar una ruptura amorosa cuando sientes que has fracasado.

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