
En su origen yacen las conquistas, los sacrificios y La Conquista, luego el Virreinato y la esclavitud de los pueblos indígenas. La Independencia llegaría con sangre y venganza, como alma justiciera, pero la justicia no llegaría. La restauración del imperio azteca no podía ser encabezada por un criollo y México se desgarró nuevamente; amenazas e invasiones, la hemorragia de una nación mutilada, despojada de la mitad de su territorio. Más sangre en el último intento imperial. Se restaura la República, el quiebre entre el origen monárquico y el camino hacia una democracia. El primer obstáculo fue el general dictador, más sangre, aunque una luz vislumbraba con el Apóstol de la democracia, hasta que fue traicionado por ambiciosos militares. Más sangre.
La esperanza del “remolino”, nuestra Revolución (con R mayúscula), pero el remolino se hizo gobierno, entonces Zapata y Villa fueron asesinados. Más sangre y más asesinatos, hasta que los sobrevivientes acordaron una forma de gobierno muy parecida al modelo porfiriano. En vez de un hombre, un partido. Aunque institucional, la sangre seguía corriendo. Movimientos alternativos fueron perseguidos sin cuartel: maderistas, villistas y zapatistas se combinaron en frentes no necesariamente homogéneos, siendo la pluralidad el basamento de su oposición. Pero el régimen no cedía, nunca cedió.
Hasta que la generación de Tlatelolco alzó su voz cuando la sangre volvió a ser pública (mas no publicada). Fue el comienzo de una escisión entre la clase opositora, la coincidencia seguía siendo la pluralidad y la diferencia residía en el método. Más sangre no publicada. Luego vinieron los tiempos de las reformas electorales, válvulas de escape para detener la grieta de ilegitimidad en 1988; empero, seguían sin ceder. La sangre se contuvo porque el hijo del general misionero no tuvo los güebos y los instintos se durmieron. La violencia habría superado el 2 de octubre y la plaza habría emulado la tragedia iniciada por el movimiento de La Ciudadela. En las siguientes elecciones la sangre sirvió para mantener la paz que el régimen regulaba. El zapatismo sacudió las conciencias y el nuevo siglo llegó con una disyunción: transición o alternancia. La transición democrática implica la alternancia, pero no al revés. La primera noción, además, se constituye en un proceso, la segunda, en un acto. ¿La transición concluye con la alternancia? La alternancia es el vehículo de la transición democrática.
No se puede seguir adelante, este ciclo aún no ha concluido. La democracia es un ideal obstaculizado por un sistema que la clase política se niega a cambiar; pero no serán aquellos los que cambien, sino el sistema político a través de más sangre. Un ciclo fundado con la muerte arrastra consigo espíritus justicieros. La mancha tiene que lavarse.
No obstante, la tradición mexicana puede revertirse, sólo si el sistema político revoluciona de manera genuina, verdaderamente colectiva, no será más la sangre la tinta de una nueva constitución.
El luto puede terminar con un auténtico nacimiento social.
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La violencia criminal en México tiene tantas caras como víctimas en el país. No hace falta ir muy lejos para enterarse de la realidad nacional. Simplemente hay que alzar la cara y mirar al entorno inmediato, los estragos de la violencia están presentes en todas sus formas. Para conocer más sobre esta realidad, te invitamos a ver estas fotografías que demuestran la violencia criminal en México.
