El texto que se reproduce a continuación fue escrito por la joven autora Karen Barrera, quien con su estilo particular indaga en las posibilidades del pasado que no volverá, en el amor y el desamor.

Miedo, qué locura seguir esperando a los 27
Tengo miedo, mucho. Miedo de que estés justo ahí y no me haya dado cuenta, peor aún que siga sin darme cuenta.
Me da terror, uno incontenible, al pensar que quizás sigo siendo esa joven con ilusiones absurdas que creía haber superado. Tengo angustia de seguir creyendo pero, de pronto y aún más, me asusta ya no hacerlo, no volver. Pensar que quizás la magia efectivamente se escapó, o nunca en realidad existió.
Qué locura seguir esperando a los 27, pero quizá resulte catastrófico seguirlo haciendo a los 40, 60, 80… cuando súbitamente te des cuenta de que nada era como siempre creíste; y entonces caer en la realidad de que efectivamente siempre estuviste ahí y nunca lo vi.

¿Y si entonces ya no espero nada? ¿Qué pasará con todo el romance, el arte, el amor, la vida? Porque muchos dicen que es precisamente al final del camino cuando te das cuenta de por qué todo fue como fue, pero no lo creo, simplemente decides, una y otra vez, errando, acertando o quizá no.
Pero me asusta caer en la cuenta de que ya no hay nada más por sentir, que todo lo maravilloso que pudo haberte pasado ya sucedió, o nunca le diste la oportunidad de que te embargara, de que te llenara; por el miedo, la razón; por la insistencia en pretender ser un adulto, una persona madura, inteligente, sensata.
¿Qué demonios es todo eso? ¿Cuándo se da cuenta uno de que llegó a serlo? ¿Cuándo las lágrimas ya no caen en los momentos en los que antes no dejaban de fluir? ¿En qué momento las sonrisas dejan de salir cuando antes no se podían contener? ¿Qué pasa con el dolor de las mejillas por no parar de reír? ¿Adónde se va la pasión que ardía en la piel por querer sentir?

No puedo evitar voltear y mirar cómo lo que se va quizá ya nunca volverá, y añorarlo, intentar ir tras él. Aunque tal vez sea lo mejor, o no. ¿Cómo saber si debo dejarlo o retenerlo? ¿Cómo poder tener la certidumbre de que es aquí donde debo estar o hay algún otro lugar donde me esperan y sólo estoy tardando en llegar?
Me asustan los años, que al transcurrir me reprochen, me griten lo cobarde que fui, o lo ilusa; que me den un golpe de 40, 60, 80 y me pidan cuentas. Que llegue un día en el que me rebase a mí misma y no pueda explicarme por qué estoy donde estoy cuando tuve la oportunidad de estar en otro lugar.
Incluso hay momentos en los que me miro; a los 16, 18, 20, 22 y no logro comprenderme del todo. ¿Por qué no atreverme a dar aquel beso? ¿Por qué dije que sí? ¿Por qué negarme a aquella oportunidad? ¿Por qué decir que no? ¿Por qué apresurarme? ¿Por qué ir tan lento?
¿Por joven? ¿Por inexperta? Y ¿entonces? En unos 5, 10 años más, ¿cuál será la explicación? ¿Que fui muy precavida? ¿Por experiencia? ¿Por miedo? ¿Por vieja?
Es irónico escuchar cómo debo sentirme por boca de otros que no saben ni expresar cómo se sienten ahora, a sus tantos años en los que muchas veces no se explican qué tanto hicieron o deshicieron, no están seguros si se arrepienten de algo o se enorgullecen.

Porque van por ahí, posteando, hablando, tuiteando o fotografiando las mejores decisiones de su vida, intentando olvidar o hacer como que ya no recuerdan aquello que en momentos añoran, intentando ser fuertes porque eso es lo que te hace valioso, ocultar las heridas, no aceptar la derrota y mostrar y demostrar una y otra vez que lo único humano en su ser es la felicidad que pareciera eterna.
Pero yo tengo miedo, uno gigante que a veces parece devorarme anunciándome las catástrofes que están por venir, precisamente por el temor. Lo tengo y no intento ni quiero rechazarlo. Al contrario, una parte de mí se muere de ganas de que me abrace, de que me muerda tan fuerte que no me quede ninguna otra opción más que ser valiente y soltarlo; dejarlo ir para avanzar y llegar a los 40, 60, 80 y decirme, sin ningún rastro de duda, de que estoy justo ahí, con mis años, mis heridas y todo el dolor embargado de felicidad y placer porque una vez me asusté y nunca más quise dejar de hacerlo, de mirarme de frente y sin ninguna explicación decirme que tener miedo ha sido lo más bello que me ha pasado.
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Las imágenes que acompañan al texto pertenecen a Paola Malloppo.
Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.
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