No sufras, mi niña. No sufras por mí, ni por las lágrimas que rasuran mis mejillas, tu nombre en tu lengua materna. No sufras por la angustia que me carcome y crea agujeros negros en mi pecho, ni por el nudo en la garganta que hace a mis pies olvidar el tacto del mármol. No sufras por las noches que grito. Y me oyes. Y me silencias, como la radio que apagas para poder conciliar el sueño. No sufras por hacer como si no sintieras nada cuando te duele todo. Porque me duele todo. No sufras, mi pequeña, mi pequeña luciérnaga. Mi luz que no se sabe estrella, ni se ve el resplandor, ni el halo de luz, ni el brillo que quema.
No sufras por querer cambiar de astro, satélite y ecosistema. No sufras por cambiar la posición de mis lunares, sueños y líneas de la mano. No sufras por la redecoración de mi cuarto interior. No. Si quieres huir, mi niña, huye. Porque te miré desnuda con la luz de las galaxias que no tienen miedo, al contrario que nosotras, y creí ver a todas las mujeres fuertes de este mundo concentradas en tus ojos. Las creí ver luchando por ellas y por nosotras, que no supimos estar a la altura.

Vi en tus ojos la fuerza de Freyja antes de cambiarme de nombre. Vi en tus ojos al dolor y la rabia ser derrotados por algo, que si alguien supiera darle un nombre lo llamaría bondad o amor. Vi en tus ojos la palabra humanidad. Lo vi, pequeña. Lo vi todo. Porque un día me agarraste con tu mano temblorosa y me llevaste a la puerta de tu infierno. Y me lo presentaste todo. Me invitaste a entrar sólo un poquito, para divisar las catástrofes que el hombre puede cometer. Y te vi el pánico y el horror en los ojos. Y el miedo a no salir viva de ahí. Y el miedo. Entonces cerraste la puerta y me echaste, mi vida.
Hubiera ardido en tu infierno si eso te hiciera feliz, si eso te hiciera dormir por las noches. Pero me mantuviste al otro lado de la puerta, donde ya no podía ver a las mujeres fuertes de este mundo concentradas en tus ojos, pero sí podía sentir el calor. No el calor de mi luciérnaga de luz, sino del infierno. Me hablabas y tu voz era cada vez más ronca, y la puerta de cristal difuminaba tu silueta, mi pequeña. No me dejabas abrirla un poquito, sólo un poquito, para adentrar mi mano y sacarte fuerte de allí. No me dejabas entrar contigo, mi vida.

Por todo esto, mi niña, si quieres huir, huye. Porque creíste que mi amor nació cuando me apretaste las muñecas con tus temblorosas manos para no inundarlo todo de sangre. Y eso sólo fue un motivo para mirarte a los ojos. Para acariciarte las pestañas. Porque mi amor, mi niña, nació el día que vi a todas aquellas mujeres fuertes venciendo a las catástrofes de tu infierno. Y de eso no puedes huir. Y de eso no puedo huir. Porque si me dijeran hoy, mi niña, mi niña pequeña, que si jamás te volviera a besar, ni por mil vidas que viviéramos, ni por mil planetas que habitáramos, tú estarías bien.
Que sabrás lo que es apagar el infierno y olvidarte de él. Y sentirás la paz de dormir por las noches como si nunca hubieras visto nada. Y la paz de gritar fuerte quién eres y quedarte muda después, sin miedo a que todos los astros te oigan. Entonces, mi niña, mi luciérnaga, jamás yo volvería a acercarme.

**
Si quieres leer más poemas o libros escritos por mujeres, te compartimos estos 13 títulos indispensables que debes tener.
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Jethro A.
