
Cada noche que ella besaba su boca, recordaba los fantasmas del pasado. Su mente calculaba cada centímetro de sus labios que habían sido tocados por otra mujer, y sus dedos recorrían el cuerpo de su amante pero sólo exploraban para revisar cada marca del pasado.
No entendía porqué le dolía. No sabía si era por lo que imaginaba o por lo que sabía y recordaba. ¡Malditos fantasmas del pasado! Rondaba su cabeza cada noche, aunque no conocía sus rostros, la inseguridad colaboraba para ponerle uno, inventaba cada detalle en su cabeza, hacía una película completa con efectos especiales y diálogos muertos, sentía que explotaría en cualquier momento. Mientras él dormía a su lado, no lo sentía con ella, pensaba que sus sueños estaban con alguien más.
Ya no concebía dormir sin pensar que él estaba con otra, que sus caricias ya no le pertenecían más y que en las horas de silencio él sólo quería llegar al clímax con aquella mujer. Qué absurdo le parecía seguir fingiendo amor donde ya no había, donde, quizá, nunca existió. Y cuando al fin su mente tenía un momento de cordura, la incertidumbre la volvía a llenar de dudas. No imagina sus noches sin él, pero tampoco lo imagina a él sin esa otra mujer.
