Nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria

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Nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria
Nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria

La inocencia de la infancia nos puede hacer dudar de las experiencias que vivimos, como si nuestros recuerdos se disfrazaran de fantasías. En el siguiente cuento de María Huet, los protagonistas viven una aventura que los dejará marcados para siempre, aunque sea difícil distinguir qué es real.

Luciernaga - nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria

La cueva de las luciérnagas

Caminábamos cuesta abajo sobre la calle principal, y de pronto le dije a mi amigo:

—Mi papá me contó sobre una cueva encantada en la que habitan miles de luciérnagas, no muy lejos de aquí. La descubrió mientras perseguía un conejo, cuando todavía era un niño, y nunca más la volvió a ver.

—Son sólo cuentos. ¿Acaso has visto alguna vez en tu vida una luciérnaga en estos lugares?

—Pues… no— respondí dudoso y con la mirada baja. Enseguida cambiamos el tema de nuestra conversación.

Algunas semanas después, un día de mayo, persuadí a mi amigo para que fuéramos a nadar al río que pasa cerca del pueblo. Hacía buen clima, la tarde era azul y el calor ascendente invitaba a refrescarse. Él caminaba por delante y yo lo seguía, me dijo que conocía un atajo. Pronto nos vimos atravesando milpas, después seguimos por los matorrales; debíamos encontrar la bifurcación de una vereda precedida por un altar al pie de un árbol viejo. Uno de los caminos conducía al río directamente. Para sortear las dificultades del camino, lleno de ramas y plantas con espinas, nos ayudábamos con varas de madera. Conforme avanzábamos, la maleza nos envolvía con su espesor y entorpecía la marcha; nuestra ropa se atascaba entre las ramas secas y afiladas. El sol seguía su curso hacia el poniente y la bifurcación no aparecía

—¿Estás seguro que es por aquí?— le pregunté a mi compañero. —Por la vereda que viene del pueblo ya hubiésemos llegado.

—No lo entiendo— me respondió mi amigo, con un aire de extrañeza que pocas veces había visto en su rostro. —Yo ya he usado este atajo antes, pero no reconozco nada, no veo algo que recuerde.

Era evidente que estábamos perdidos. La altura de los arbustos y el espesor de la vegetación apenas nos permitía ver el cielo. Ni siquiera podíamos alcanzar a ver los cerros cercanos para guiarnos por su ubicación. Bajo un claro, nos detuvimos a descansar por un momento. Aunque sabíamos que no estábamos muy lejos, comenzamos a sentir temor.

De pronto, un viento húmedo y frío hizo rugir el dosel. Una oscura nube con el paso veloz de una ala ensombreció el bosque. La tierra se erizaba y de las copas de los árboles caían hojas que quedaban atrapadas entre la vegetación baja.

—Hay que volver— le dije.

—Pero tú querías venir, tú fuiste el de la idea— me echó en cara.

—¿Y quién decidió usar otra ruta, supuestamente la más corta?— le respondí.

Bosque - nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria

La cortina de agua se nos dejó caer encima. Para ser la primera de la estación, era una lluvia furiosa. El rumor de las hojas y los trinos fueron sustituidos por los incontables golpes de dardo de las gotas. El suelo se tornó resbaloso, nuestros pies se hundían en el lodazal y el agua que escurría por nuestra cabeza nos nublaba la vista. Lo único que deseábamos era dejar de mojarnos.

Todo lo que ocurría resultaba extraño de alguna manera; pero más extraño aún fue el divisar, entre la bruma difusa, algo parecido a un pequeño refugio que se abría como unas negras fauces que emergían de la tierra. Entramos ahí para resguardarnos de la tormenta hasta que amainara. Aquella entrada, que a la primera impresión se antojaba corta y estrecha, daba hacia un lugar con una profundidad imprecisa.

—Creo que es una cueva— dijo en voz baja mi amigo.

—Sí parece. Hay que tener cuidado, hay víboras y otras alimañas escondidas en las cuevas.

Y ahí, cerca de la entrada, nos quedamos esperando inmóviles, húmedos y tiritando de frío.

El aguacero se extendió por más de una hora, pero a nosotros nos pareció más tiempo, como una eternidad. Seguramente el sol ya se había ocultado detrás de las nubes, pues la luz del día languidecía y todo se transformaba en sombras con el paso de los minutos. La cueva era fría, pero logramos secarnos lentamente. Durante todo ese tiempo, apenas pronunciamos algunas palabras; había cierto enojo entre los dos. Confieso que, por mi parte, también un silencioso sentimiento de culpa.

Pero lo que ocurrió a continuación fue tan sorprendente que nos hizo olvidarnos por un momento que aún estábamos perdidos: una extraña luz verde, intermitente y tenue, iluminó como el reflejo de una ola marina las paredes rocosas de la cueva. la luz misteriosa emanaba desde la penumbra y se extendía hasta alcanzar todos los rincones, todos los resquicios.

—¿Qué crees que sea?— le pregunté.

—¡Son hadas!

—¿No vienes? Yo quiero saber qué es.

Mi amigo no se acercó demasiado, yo avancé algunos metros hasta donde comenzaba a ensancharse el túnel de la cueva. Fue entonces cuando aparecieron antes mis ojos, como frágiles espíritus del bosque, miles de luciérnagas centelleantes que buscaban la salida. Mi compañero, asustado, se echó al suelo y retrocedió a gatas. Eran verdaderos ejércitos de pequeños insectos los que nos envolvían con curiosidad. Se posaban sobre mí, en mi cabeza y en todos mi cuerpo; me hacían lucir como un espectro de luz.

— No temas— le dije —son inofensivas, ¿ves?

—¡Mira! También se acercan a mí. ¡Me hacen cosquillas!

Y aunque formaron sobre nosotros una capa viviente cuyo extraño movimiento ondulante encrespaba la piel, nos regocijamos en sus mudas presencias.

—¡Ésta es la cueva de la que me habló mi padre! ¿Te acuerdas?— le dije a mi amigo con emoción.

Más arriba, cerca del techo, las luciérnagas se agrupaban en constelaciones y formaban algo así como un cielo estrellado que cambiaba caprichosamente su forma. Continuaban con su danza silenciosa y delicada, se esparcían por las paredes rocosas hasta convertirlas en un enorme arco brillante y esmeralda.

No nos habíamos dado cuenta del paso del tiempo y sólo vimos en el horizonte los últimos atisbos de luz. Había que regresar, pues la noche en el bosque es peligrosa. Emprendimos la marcha, felices por nuestra experiencia, pero con la preocupación de no encontrar a tiempo la ruta a casa.

—¿Nos creerán los otros cuando les contemos?— pregunté.

—No hay que contarles, ¿para qué?

De pronto apareció, como si siempre hubiese estado ahí, el sendero que llevaba al pueblo. Al fondo parpadeaban las luces de las casas, el aire se respiraba fresco y limpio.

Días después, quisimos regresar a la cueva de las luciérnagas, pero no logramos encontrarla. ¿Lo habíamos imaginado todo? ¿Había sido aquello una ilusión? Nunca lo supimos.

Luciernagas cueva - nos rodeamos de luces que formaban constelaciones en nuestra memoria

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