Las narraciones y cuentos eróticos nos impulsan a crear las imágenes en nuestra mente, y a dejarnos llevar por las sensaciones que éstas provocan en nuestro ser…

La cerveza a diez varos antes de la seis
Llegué justo una hora antes de las seis, que es cuando la oferta expirara; pagué por adelantado ocho tarros, era inevitable perderme la necesidad de casi regalar el licor por unos cuantos varos, porque, a decir verdad, era gastar en ese veneno marrón o desperdiciarlos en cualquier estupidez, ya que el suelto en el bolsillo suele desaparecer, dejándote sin nada en las manos, ni en el estómago. Preferí el alcohol.
Fui a la barra y pedí mi primer tarro, la cerveza cayó con exceso de espuma, esperé paciente a que la arrojaran fuera del frío cristal y lo tomé, caminé a las mesas de la terraza y me planté en la esquina, alejado de todos. Después de varios tragos y de escuchar buena música, comenzaba a hundirme en las aguas negras de mi mente: nadaba a gusto, no era de esas personas que cuando llegan temprano y esperan a alguien, sacan el celular y le pican a todo, o le marcan a alguien y hablan con quién sea para evitar conocer a una persona desagradable y ruin: ellos mismos; debido a que en la soledad se suele desmitificar al ser propio y a odiarlo, ya que desde el interior todo es de mal gusto, y la imagen que todos observan —la ilusión expuesta a los ojos, la verdadera farsa de la realidad— se ha convertido en la única verdad que debe existir.
Comenzaba a embriagarme y a marearme, pero no era el alcohol, a pesar que ya iba en el sexto tarro, era el perfume, creo que caro, de las chicas de la mesa contigua. No las vi entrar ni sentarse, sólo, al silenciarse la música, las escuché reír. De mí, pude ser, era un ebrio en una esquina, vestido de negro, con una chamarra de piel desgastada, solitario; la clase de perdedor que brinda risas burlonas para elevar la autoestima de los demás.
Ellas continuaban en su charla muy cómodas, y yo pensaba en ella: una mujer que me había dejado porque no la celaba y no la veía como una posesión, ¡válgame! Creo que me había dejado porque no la golpeaba como lo hacía su ex con quien volvió.
Una de las chicas que llevaba vestido, y que tenía unas piernas de campeonato, se levantó al baño. La otra aprovechó la seguridad de la individualidad de decisiones y se acercó a mi mesa.

-Sabía que eras tú. Siempre te vistes igual. Me encanta tu libro y tus notas –me dijo efusiva, sentándose muy pegada a mí.
-Gracias –respondí.
-Sólo deja que mi amiga se marche y te hago compañía…promete que me esperarás.
-Claro, cómo podría negarme a tan bella dama.
Ella sonrió, volvió a su mesa y su amiga llegó, así estuvieron hablando por una hora, en lo que yo pedía un tarro tras otro, la oferta había vencido, la hora ya había pasado, y ya me quería ir, porque los ocho tarros estaban ya consumidos.
Justo cuando me iba a valer la petición de la chica, que por cierto tenía unos envidiables labios colorados, se volvió a sentar a mi lado.
-¡Lista!
Pidió dos tarros de litro, insistió que ella pagaba la ronda.
Y en cuanto nos dejaron los espumosos tarros en la mesa, ella se levantó y me susurró al oído: “Vamos al baño”.
Seguido de un beso tronado que sentí en el tímpano.
El bar ya estaba lleno, así que no hubo problema para escabullirnos los dos al baño de hombres. Al entrar pusimos el seguro, ella me empujó a la pared, me desabrochó el pantalón, intenté besarla, pero ella se volteó y me dijo que nada de besos, que no quería serle infiel a su prometido. Al abrir mis pantalones y tener lo que deseaba, duro en su mano, se arrodilló, y con efusividad colocó sus carnosos y deseables labios en mi extremidad dura, lo hacía de manera profesional, si se puede decir así; retorcía todo mi cuerpo debido al placer que me inyectaba, si ella fuera capaz de hacerlo por una hora continua mataría a un hombre.
-Justo como en tus letras, ¿no?
-¿Qué? –respondí con falta de aire.
-Que esto es como en tus letras. Escribes vivencias tuyas, donde, o te la pasas bien, o eres el ignorado y pisoteado, pero siempre es interesante leerte.
Y antes de poder responder, ella se introdujo todo lo mío en la boca, ¡Cabrón! En verdad esos labios, esa técnica, esa disciplina eran magistrales. Y cada vez que iba a venirme ella dejaba de hacerlo, me torturaba, me negaba el placer del deshago.

-Siempre deseé conocerte y ser parte de tus letras y de tus sucias páginas, que me volvieras palabras y me recordarás como a una mujer misteriosa que te dio la mejor mamada de tu vida y que, al escribir de mí, te mojes…deseaba que me hicieras inmortal…pero…sé que no es tu primera, y no será, en definitiva, tu última mamada en un baño…así que…
Apretó todo mi fálico ser con su mano, como si se empeñara en arrancarlo, se limpió los labios y encajó sus dientes blancos y filosos en mi carne. Aprisioné un grito de dolor y por razones desconocidas, o por ser un caballero, no la golpeé. Ella clavaba más sus dientes, quería arrancarme el pedazo de carne, y después de casi mutilarme, continuó la labor con la mano y me hizo terminar en sus senos salidos: le manché, no se limpió, se abotonó la blusa; se incorporó, sacó su pinta labios y se retocó, yo estaba a nada de desplomarme.
Me pellizcó el cachete y luego me lo besó, marcándome sus labios rojos.
-Piensa que esa mordida fue la firma en mi obra de arte. Ahora sabes lo que se siente dejar tu marca –con una sensual voz certificó su obra.
Me abotoné el pantalón, salimos del baño, nos sentamos de nuevo en la mesa a beber nuestros tragos y seguimos en la plática como si lo que había sucedido en el baño jamás hubiera pasado. A pesar de que no podía cruzar la pierna y el dolor no cesaba, había tenido uno de los mejores orgasmos, y que mejor, provocado por una chica que amaba lo que yo expulsaba, ya sean letras negras, o lo blanco de mi interior, como las páginas en las que trabajaba.

Ella lucía, al final, inquieta en saber si iba a escribir sobre lo sucedido, pero su orgullo, su confianza de que había hecho algo conmigo que jamás había vivido, le impedía preguntarme.
No hay nada más seductor y poderoso que una mujer que no sólo es segura de sí misma, sino que sabe exactamente lo que quiere y cómo lo quiere; ella decidió todo, yo únicamente fui víctima de su plan ya labrado.
Así pues, me he hecho cliente del bar, todos los días voy para aprovechar la oferta de la cerveza a diez varos antes de las seis, y el oral a una mordida.
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Hay nuevos poemas eróticos que nos comparten talentosos escritores: La civilización en mi coño es una narración que te llevará por senderos distintos a los que estás acostumbrado.
