
Pintura por Jorge Sarquis Bello
Él me contó su historia de la guerra,
cómo una noche, cuando su padre estaba en el campo, llegaron dos camiones
con hombres uniformados.
Y cómo su madre lo escondió en un tinaco.
Los caibiles se la llevaron a ella y a su hermana,
él escuchaba perfectamente el ruido del tormento:
su madre mezclando los sollozos con una vieja canción de cuna en Mam,
para calmar a su hermana, mientras los hombres armados se turnaban.
Así se llevaron a todos los hombres de San Martín Sacatepéque a la plaza…
Escuchaba los ruegos desesperados de las mujeres,
los gritos de rabia de sus vecinos
y los chillidos de los otros niños.
Preguntaban dónde estaban los “compas”. Gritaban.
Trató de bloquear en su cabeza los ruidos de los balazos,
el dolor que en esos momentos lo envuelve todo;
de escapar del terror y de las bestias salvajes
en la que se habían convertido los hombres,
y entonces recordó las historias de su abuelo el Tata Pedro,
de cómo los antiguos fueron a buscar al señor de la montaña para pedirle la lluvia,
y de cómo éste los llevó a la Tierra, al interior de la montaña,
donde estaban todos los animales que Tata Dios había creado;
de cómo ellos, las plantas y las piedras le hablaron a los antiguos
en la Tierra al interior de la montaña, donde todo es viejo y nada envejece.
Él se sintió agotado porque el terror es siempre agotador.
Y aunque trató de mantener la vigilia no pudo evitar la llegada del sueño.
Y el sueño llegó a él.
Y en el vio el monte de Chicabal.
Y vio cómo el monte de Chicabal en realidad era un hombre,
un hombre enorme y majestuoso.
–Así que viniste, hijito–
–Siempre te he esperado–
–Tú vienes igual que vino tu abuelo y su abuelo antes que él–
–Vienes como tu gente ha venido siempre–
Y el hombre le mostró la puerta que hay en la laguna.
–Entra para que puedas aprender la palabra–
Y él entró.
Y adentro había una tierra como la nuestra,
pero sin cemento ni basura, donde
los colores eran como los de acá, pero más vívidos,
y el aire más puro.
–Este es el legado de tu gente–
–Esta es la sangre de tu gente–
–Con esto podrás curar las llagas que recorren el corazón de tu pueblo–
–Las heridas que han traído a tu aldea los que vienen de lejos–
–Ahora tienes la llave, podrás regresar cuando quieras–
Y el despertó y ya sólo escuchó los perros ladrando,
por lo que se asomó del tinaco vio que los camiones ya no estaban.
Salió y se dirigió a la calle donde vio los cuerpos apilados,
vio a su madre abrazando a su hermana,
a sus vecinos destrozados,
a don Marcelino, el anciano que les contaba historias a los niños,
desnudo y bañando en sangre por los tantos golpes.
Así, su padre acunaba la cabeza de su hermana.
Y cuando lo vio lo abrazó y lloraron juntos.
Su padre murió al año siguiente
y dice que murió de tristeza,
que nunca se recuperó, por lo que bebió hasta que encontró la muerte.
Él creció así, solo.
Trato de viajar al norte pero la migra mexicana lo devolvió.
Después, se juntó con los tatuados,
se volvió adicto a la roca,
mató a un hombre en defensa propia
y su corazón se volvió un amasijo de rencor.
Pero aun así seguía soñando en Mam
y un día volvió el hombre en sueños,
y le recordó su misión.
Le enseñó las palabras
y le mostró su nahual.
Y entonces sintió que había despertado.
Y ahora cada luna llena se junta con los jóvenes a cuidar el fuego.
como lo hicieron antes que él sus abuelos.
Y así es como conocí a Tata Manuel
una noche guatemalteca en el fuego.
Guatemala, 2015.
