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Estaba sentada en la única orilla del mundo, en el borde de la cuadrícula marmoleada que se bañaba en agua.
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Poseía dobleces que no creía posibles, que le adormecían la piel pero no el dolor.
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El hueco, ahora más evidente que nunca, permitía el paso del cielo y de la mano transitaba Júpiter, se llenaba casi con una montaña y aún alcanzaba para una mirada más.
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No era silencio, era vacío.
La causalidad.
Transición.
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Sin ropa, sin recuerdos, casi sin respirar.
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Era un crecimiento inaudito que la haría desaparecer.
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Quería mirar atrás por última vez, romperse los huesos y viajar en el tiempo, en esta condición que no podía controlar, volver a verlos, a verse, a que la abrazaran una vez más, así como tanto lo necesitaba por las noches y solía ignorar, ser perfume, huella sin desempolvar, juegos que alimentan una inocencia que jamás se debería de marchitar.
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Se quedó quieta y sólo dejó correr más agua, ésta que alimentaría los verdes que van a verte.
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Había llegado ahí repentinamente, casi en automático.
La despertaron las llamas que tanto había buscado, que le habían prometido serían azarosas pero no se sabía el impacto que causarían en ella.
La quemaron viva en su cama.
Había que morir para volver a nacer indefinidamente.

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