¿Cuánto amor eres capaz de dar?
Apuesto a que mediste tu posibilidad de amar en distancias, cantidades y hasta en peso. Incluso, hiciste una comparación entre todas las personas que quieres y le diste un valor a cada una de ellas. Habrá alguien a quien ames más que a otros, un novio, tu esposa, una mascota o alguien que ha abandonado el mundo. No importa cómo lo mediste, sabes que existe una gran diferencia entre las personas que forman parte de tu vida —aunque no seas del todo consciente de ello— y no puedes hacer nada para cambiarlo.
El amor está presente en la comida de tu madre, en los consejos de tu padre, en las travesuras de tu mascota, en las manos de tu abuelo y en las caricias de la abuela. En el cabello de la profesora del kínder, en la vecina y sus flores, en el automóvil del chico más atractivo de la cuadra y en los mensajes incómodos de la tía. Todas son manifestaciones de amor, pero nunca serán iguales entre sí. Sin duda, la más poderosa y fuerte es aquella que tienes con tu pareja. El vínculo emocional que construyes es tan grande que sólo con esa persona puedes sentirte pleno y único.

Seguramente, por esa persona seas capaz de todo, incluso tirarte al fuego y robarle el aire a los demás con tal de dárselo; de gritar el amor que le tienes frente a un precipicio, de conseguir alimento en lo más recóndito del planeta y de provocar una guerra si es necesario. Todo con tal de ver a tu persona favorita, a esa que amas más que a los demás, con una sonrisa en el rostro y la mirada satisfecha. Pero ¿se lo has dicho? ¿Está consciente de todo lo que sientes?, ¿conoce cada una de tu capacidades y lo que estás dispuesto a hacer? Probablemente no y si es el caso, quizás debas hacerlo de una manera más tangible.
Billy Collins consiguió lo que a otros les ha costado mucho: escribir versos llenos de sentimientos genuinos que su amada y la vida misma le inspiraban; creaba composiciones literarias dignas de ser recitadas a la oscuridad de la noche y bajo el halo de la Luna. Collins supo hacer de su obra un frondoso ramo de versos románticos, que le dieron al mundo un poco de esperanza en el amor, misma que ya se había perdido tiempo atrás.

_
“Lo que hace el amor”
Una buena cosa, o al menos suena así
en la radio en verano
con todas las ventanillas abiertas.
/
Y sin embargo llena de flechas
no sólo el corazón sino el ojo y el escroto
y el pequeño blanco del pezón.
/
Transforma todo en símbolo
como una tormenta que estalla
en el capítulo final de una larga novela.
/
Tal vez añada brillo a una mañana
o haga más profunda una noche
cuando la cama esté en un anillo de fuego.
/
Nos enseña nuevas dichas
y maniobras inéditas:
desmontar, revertir, escapar.
/
Pero por lo general va y viene,
una abeja de visita en el núcleo
de una flor y luego de otra.
/
Apenas la tinta se seca
en el nombre de ella y ya ha partido
a saludar a alguien en otra ciudad,
/
una ciudad con dos campanarios,
filas de chimeneas de ladrillo
y un colegio de acceso arbolado.
/
Viajará la noche entera para aterrizar ahí:
llegará igual que un arcángel
a través de una puerta de hierro
que al parecer nadie había advertido hasta ahora.
–
“Génesis”
Era tarde, por supuesto.
Sólo tú y yo quedábamos en la mesa,
acabándonos la segunda botella de vino,
/
cuando dijiste que quizá Eva fue creada
antes que Adán, que nació como una costilla
tomada del costado femenino un anochecer edénico.
/
Puede ser, recuerdo haber dicho,
porque en aquel entonces había muchas posibilidades,
y hablé de la serpiente parlante
y de las jirafas que sacaban el cuello del arca,
el olfato alerta al diluvio del Viejo Testamento.
/
Me gustan los hombres de mente abierta, dijiste,
alzando tu copa brillante hacia mí,
y yo alcé la mía y empecé a pensar
cómo sería la vida si fuera una de tus costillas:
estar todo el tiempo contigo,
a caballo entre tu blusa y tu piel,
preso bajo el suave peso de tus pechos;
/
tu costilla favorita, quiero creer,
si alguna vez te dignaras enumerarlas.
/
Justo eso hice aquella misma noche,
cuando te habías dormido
y tu espalda se encajaba en mi tórax,
y tus largas piernas se apretaban contra las mías,
y mis dedos se rendían al conteo enloquecido del amor.

Los padres de Collins le inculcaron el amor por la poesía ya que fue un bebé que llegó tarde a sus vidas; no obstante, fue un niño muy amado y procurado. Conforme fue creciendo notó que su madre le mostraba su amor constantemente, recitándole versos románticos que hicieron de su vida un verdadero sueño.
–
“Silencio”
Está el silencio repentino de la multitud
sobre un jugador inmóvil en el campo
y está el silencio de la orquídea.
/
El silencio del jarrón que se desploma
antes de que toque el suelo,
el silencio del cinturón cuando no flagela al niño.
/
La quietud del vaso y el agua que contiene,
el silencio de la luna
y la paz del día apartado del rugir del sol.
/
El silencio cuando te aprieto contra mi pecho,
el silencio de la ventana encima de nosotros,
el silencio cuando te levantas y te alejas.
/
Y está el silencio de esta mañana,
roto por el rumor de mi pluma,
un silencio acumulado a lo largo de la noche
/
como nieve que cayera en la penumbra de la casa:
el silencio previo a que yo escribiera una palabra
y el silencio ahora más empobrecido.
–
“Marginalia”
A veces las notas son feroces,
reyertas contra el autor
lanzadas desde el margen de cada página
en pequeña caligrafía negra.
Si pudiera ponerte las manos encima,
Kierkegaard, o Conor Cruise O’Brien,
parecen decir,
cerraría la puerta y te haría entrar en razón a golpes.
/
Otros comentarios son más casuales, desdeñosos:
“Tonterías”, “Por favor”, “¡Ja!”,
ese tipo de cosas.
Recuerdo que una vez alcé los ojos del libro que leía,
mi pulgar como separador,
y traté de imaginar el aspecto de la persona
que escribió “No seas tonto”
junto a un párrafo de La vida de Emily Dickinson.
/
Los estudiantes son más humildes:
tan sólo necesitan dejar sus huellas regadas
a orillas de la página.
Uno garabatea “Metáfora” al lado de una estrofa de Eliot.
Otro advierte la presencia de la “Ironía”
cincuenta veces en los párrafos de Una modesta proposición.
/
O bien son fanáticos que animan desde las gradas vacías,
las manos alrededor de la boca.
“Por supuesto”, gritan
a Duns Escoto o a James Baldwin.
“Sí.” “Diste en el blanco.” “Eres mi gallo.”
Palomas, asteriscos y signos de admiración
llueven por los bordes.
/
Y si has logrado graduarte de la universidad
sin haber escrito “Hombre contra naturaleza”
en un margen, quizá es hora
de que des un paso adelante.
/
Todos hemos reclamado el perímetro blanco como nuestro
y tomado una pluma aunque sea para mostrar
que no holgazaneamos en una butaca pasando páginas;
plantamos una idea en el arcén,
sembramos una impresión en el bordillo.
/
Aun los monjes irlandeses en sus estancias frías
hicieron anotaciones al filo de los Evangelios,
breves apartes sobre la dificultad de copiar,
un pájaro que cantaba junto a la ventana
o la luz del sol que alumbraba la página:
hombres anónimos que viajaban al futuro
a bordo de una nave más duradera que ellos.
/
Y no has leído a Joshua Reynolds,
dicen, hasta leerlo
envuelto en los furiosos garabatos de Blake.
/
Con todo, el apunte que evoco más a menudo,
ese que cuelga de mí como un medallón,
se hallaba en el ejemplar de El guardián entre el centeno
que saqué de la biblioteca local
durante un verano lento y caluroso.
Comenzaba apenas la preparatoria,
leía echado en un sofá de la sala de mis padres,
y no atino a decir
cuán profunda se hizo mi soledad,
cuán vasto y conmovedor me pareció el mundo que me rodeaba,
al dar en una página
/
con unas marcas grasosas
y junto a ellas, escrito con lápiz suave
por una hermosa chica, podía adivinarlo,
a la que jamás conocería:
“Perdón por las manchas de huevo pero estoy enamorada.”
_

De adolescente comenzó a escribir poesía gótica, misma que era influenciada por su padre, quien recibía una revista semanal en la que hablaban de este tipo de narrativa. Más tarde se introdujo en el trabajo de poetas contemporáneos como Karl Shapiro y Reed Whittermore. Todo le parecía materia poética, incluso, el materialismo, la condición humana, los conflictos bélicos, la religión y por supuesto, el amor. Este sentimiento le obligó a crear rimas y versos que hablaban de la grandeza de un corazón unido a otro, de un cuerpo que le rinde culto a uno más y la presión que el pecho resiente al momento de ver a aquella persona que te hace suspirar y perder la noción del tiempo.
_
“Sin aliento”
A algunos les gusta la montaña, a algunos la playa,
dice a cámara Jean-Paul Belmondo
en la escena inicial.
/
A algunos les gusta dormir bocarriba,
a algunos bocabajo,
pienso en mi cama:
/
algunos se acomodan como víctimas de homicidio
y yacen de espaldas la noche entera,
algunos flotan con el rostro hundido en el agua oscura.
/
Y están aquellos que como yo
prefieren dormir de lado,
las rodillas contra el pecho,
/
la cabeza apoyada en la curva de un brazo
y un suave puño rozando la barbilla,
justo el modo como quiero que me entierren:
/
hecho un ovillo en el ataúd,
vistiendo una fresca pijama de algodón,
una almohada bajo mi cráneo pesado.
/
Al cabo de una vida de alerta
y vigilancia nerviosa
estaré más que listo para dormir,
/
así que olviden el traje negro,
la absurda corbata
y las manos flojas y pálidas sobre el pecho.
/
Bájenme a mi letargo,
enroscado sobre mí mismo
como el feto más antiguo del mundo,
/
y mientras las vacas ven por encima del muro
del cementerio déjenme reposar aquí,
en mi pequeño dormitorio de tierra,
/
con las pestañas cubiertas de hielo
y las raíces de los árboles cada vez más cerca,
sin ningún sueño que vuelva a perturbarme.
–
“Adagio”
Cuando es noche profunda y las ramas
golpean contra las ventanas,
se podría pensar que el amor es simple cuestión
/
de saltar de la sartén de uno mismo
hacia el fuego del otro,
pero es un poco más complicado.
/
Se parece más a cambiar las dos aves
que podrían estar ocultas en aquel arbusto
por la que no traes en la mano.
/
Alguna vez un hombre sabio dijo que el amor
era como forzar a un caballo a beber,
pero entonces se le dejó de considerar sabio.
/
Pongamos algo en claro.
El amor no es tan sencillo como levantarse
en el lado equivocado de la cama con el traje del emperador.
/
No: se parece más a la forma en que la pluma
se siente al cabo de derrotar a la espada.
Es un poco como el centavo ahorrado o las puntadas sueltas.
/
Me miras a través del halo de la última vela
y me dices que el amor es un viento funesto
y sin retorno, un camino que no trae nada bueno,
/
pero estoy aquí para recordarte,
mientras nuestras sombras vibran en la pared,
que el amor es el madrugador que puede llegar tarde pero seguro.

–
El amor es una contradicción, un riesgo y un suspiro fallido. Nadie sabe cuando comenzará y tampoco cuando terminará. No hay manera de forzarlo ni de determinarlo. Collins era un entusiasta de la vida, pero más aún del sentimiento que le provocaba ver el Sol en la mañana, una comida deliciosa, su madre recitando un poema o su padre leyendo sus revistas. El amor era el motivo principal de su vida, el motor que le hacía funcionar, pero era también una manera de salir adelante dejando todo atrás, viviendo de la mejor manera y brillando cual estrella.
**
Si aún no sabes cómo decirle que le amas, dedícale uno de estos diez poemas largos o tal vez prefieras uno corto que exprese todo lo que sientes.
