Poemas para vivir en la desobediencia del infierno y la miseria

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por julio 6, 2016
Poemas para vivir en la desobediencia del infierno y la miseria
Poemas para vivir en la desobediencia del infierno y la miseria

Despertarse y saber que no perteneces, que no encajas allí. Ese es, quizás, el mejor de los sentimientos en el cuerpo humano; reconocer que no estás en contra de todo, sino que gran parte de lo conocido no acepta tu manera de existir o de comportarte. Sentir cómo la sangre de los malditos fluye por tus venas y advertir en nuestros antepasados la herencia de la renuncia, es el primer paso para saber que en determinadas palabras, ciertas acciones, se encuentra una sed eterna por saberse extraño y un ímpetu por nunca modificarlo.

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“Más vale un gramo de carne cruda que una tonelada de pescado frito”.

Arthur Rimbaud fue, sin lugar a dudas, el personaje perfecto del pasado para forjar nuestro presente; su nacimiento en una privilegiada cuna para después desdeñar el oro de su familia, vivir en una sociedad opulenta que al final terminaría desgastándolo, tener la oportunidad de amar a cualquier mujer de buen apellido para siempre preferir al sexo masculino en la destrucción, son algunos de los elementos que lo pueden vincular a esa urgente abdicación que vivimos ahora.

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Romper, romper y destrozar hasta llegar al fondo mismo de las inquietudes; de eso se trata la búsqueda de caminos extravagantes y abyectos. No importa si estos te dirigen al infierno de esas personas que se dicen poseedoras del paraíso, de la tranquilidad. Más vale un gramo de carne cruda que una tonelada de pescado frito, como bien diría el Fausto de Christopher Marlowe; poner en jaque a la autoridad, escandalizar a la abuela sentada en su sillón, horrorizar con un brusco y lascivo movimiento a quien camine junto a ti, son los pasos precisos para caer y disfrutar el suelo alcanzable cuando se tiene sólo la idea de un cielo inasequible.

“La miseria comúnmente referida, es entonces la delicia de no participar en la ciencia, la democracia, la paz, la libertad, la razón y el credo de los máximos capitalistas hipócritas”.

“Una temporada en el infierno”, esa colección de versos que realizó mientras vivía con Verlaine y dedicaba sus tardes al opio, es una obra de primordial relevancia para hacer notar su decadencia insoportable a las altas esferas; este gran poema es la ferocidad hecha letras, es la venganza ante la crueldad, es la honestidad en el estúpido silencio. “Una temporada…” es la llave maestra para ser un miserable, pero al fin y al cabo, uno auténtico.

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La miseria comúnmente referida, es entonces la delicia de no participar en la ciencia, la democracia, la paz, la libertad, la razón y el credo de los máximos capitalistas hipócritas, quienes de verdad son los asquerosos y malolientes personajes de la historia.

Lo mismo sucede con “Iluminaciones”, una serie de poemas en prosa y verso libre que también rinden cuenta en el relato personal de Rimbaud –su etapa junto a Verlaine, ese joven intelectual y suicida del siglo XX francés, y Nouveau, su siguiente amante­–, pero que sobre todo, generan rumbos de la lengua para seguir con las rutas labradas en “Una temporada…”, planteando una alquimia que niega la razón popular e ironiza las creencias de la gente acomodada.

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Una temporada en el Infierno

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Yo me he armado contra la justicia.
Yo me he fugado. ¡Oh brujas, oh miseria, odio, mi tesoro fue confiado a vosotros!
Conseguí desvanecer en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda dicha, para estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz.
Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena. El infortunio fue mi dios. Yo me he tendido cuan largo era en el barro. Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.
Ahora bien, recientemente, como estuviera a punto de exhalar el último ¡cuac! pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que acaso recobrara el apetito.
Esa llave es la caridad. ¡Y tal inspiración demuestra que he soñado!
“Tú seguirás siendo una hiena, etc… declara el demonio que me coronó con tan amables amapolas. “Gana la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales”.
¡Ah! ¡Por demás los tengo! Pero, caro Satán, os conjuro a ello, ¡menos irritación en esos ojos! Y a la espera de las pocas y pequeñas cobardías que faltan, desprendo para vos, que amáis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas páginas horrendas de mi carnet de condenado.

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La mala sangre

De mis antepasados galos, tengo los ojos azul pálido, el cerebro pobre y la torpeza en la lucha. Me parece que mi vestimenta es tan bárbara como la de ellos. Pero yo no me unto de grasa la cabellera.
Los galos fueron los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su época. Les debo: la idolatría y la afición al sacrilegio; ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria, la lujuria, magnífica; sobre todo, mentira y pereza.
Siento horror por todos los oficios. Maestros obreros, todos campesinos, innobles. La mano en la pluma equivale a la mano en el arado. ¡Qué siglo de manos! Yo jamás tendré una mano. Además, la domesticidad lleva demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me desespera. Los criminales asquean como castrados: yo, por mi parte, estoy intacto y eso me da lo mismo.
Pero, ¿qué es lo que ha dotado a mi lengua de tal perfidia, para que hasta aquí haya guardado y protegido mi pereza? Sin ni siquiera servirme de mi cuerpo para vivir y más ocioso que el sapo, he subsistido dondequiera. No hay familia en Europa a la que no conozca —hablo de familias como la mía, que todo se lo deben a la Declaración de los Derechos del Hombre. ¡He conocido cada hijo de familia!
¡Si yo tuviera antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia!
Pero no, nada.
Me resulta bien evidente que siempre he sido de raza inferior. Yo no puedo comprender la rebelión. Mi raza no se levantó jamás sino para robar: así los lobos al animal que no mataron.

(…)

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Iluminaciones

Después del diluvio

Tan pronto como la idea del Diluvio se hubo serenado, una liebre se detuvo entre las esparcetas y las campanillas móviles y dijo su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.
¡Oh!, las piedras preciosas que se ocultaban, las flores que miraban ya.
En la ancha calle sucia se alzaron los tenderetes, y arrastraron las barcas hacia el mar escalonado arriba como en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barba Azul, en los mataderos, en los circos, donde el sello de Dios palideció las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores construyeron. Los “mazagranes” humearon en los cafetines.
En la casona de cristales, todavía chorreante, los niños de luto contemplaron las maravillosas imágenes.
Una puerta crujió, y en la plaza de la aldea, el niño hizo girar sus brazos, comprendido por las veletas y los gallos de los campanarios de todas partes, bajo el resplandeciente aguacero.
Madame *** instaló un piano en los Alpes. La misa y las primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la catedral.
Partieron las caravanas. Y el Splendide-Hôtel fue edificado en el caos de hielos y noche polar.
Desde entonces, la Luna oyó gimotear a los chacales por los desiertos de tomillo, y a las églogas en zuecos gruñir en el huerto. Luego, en el oquedal violeta, lleno de brotes, Eucaris me dijo que era la primavera.
Mana, estanque, rueda, Espuma, sobre el puente, y por encima de los bosques; paños negros y órganos, relámpagos y trueno, subid y rodad; Aguas y tristeza, subid y reanimad los Diluvios.
Porque desde que se disiparon, – ¡oh las piedras preciosas enterrándose, y las flores abiertas! ¡qué aburrimiento!, y la Reina, la Bruja que enciende su brasa en la olla de barro, nunca querrá contarnos lo que ella sabe, y que nosotros ignoramos.

Infancia I

Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mexicana y flamenca; su dominio, azur y verdor insolentes, corre sobre playas nombradas, por olas sin bajeles, de nombres ferozmente griegos, eslavos, célticos.
En la linde del bosque, las flores de ensueño tintinean, estallan, relumbran, la muchacha de labio de naranja, con las rodillas cruzadas en el claro diluvio que surge de los prados, desnudez que ensombran, atraviesan y visten los arco iris, la flora, el mar.
Damas que dan vueltas en las terrazas vecinas al mar; infantas y gigantas, soberbias, negras en el musgo cardenillo, joyas alzadas sobre el suelo feraz de los bosquetes y de los jardincillos deshelados, jóvenes madres y hermanas mayores de miradas llenas de peregrinaciones, sultanas, princesas de andares y atuendo tiránicos, pequeñas forasteras y personas dulcemente desdichadas.
Menudo aburrimiento la hora del “querido cuerpo” y “querido corazón”.

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çII

Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. La joven mamá difunta baja la escalinata. La calesa del primo rechina en la arena. El hermano pequeño – (¡está en las Indias!) ahí, ante el crepúsculo, sobre el prado de claveles. Los viejos que han enterrado totalmente tiesos en la muralla de los alhelíes.
El enjambre de hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. Se sigue el sendero rojo para llegar al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están desprendidas. El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. Alrededor del parque, las casetas de los guardas están deshabitadas. Las empalizadas son tan altas que sólo se ven las cimas rumorosas. Además dentro no hay nada que ver.
Los prados suben hacia las aldehuelas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!
Zumban flores mágicas. Los taludes le mecían. Circulaban animales de una elegancia fabulosa. Las nubes se agolpaban sobre la alta mar hecha de una eternidad de cálidas lágrimas.

Leer a Rimbaud y asimilar su antiheroísmo, abrazar su espléndido fracaso, es saber que seguimos perdidos, que el infierno nunca se apagará, pero siempre será mejor morir en las llamas de la buena desgracia que sucumbir a los encantos deplorables del terso cielo prometido. Para seguir destruyéndote, revisa La poesía del misticismo, la naturaleza y el sexo según Walt Whitman y Somos castigados por no haber podido quedarnos solos y otros motivos para desenamorarse.

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