Lo macabro también puede ser hermoso, lo horrible de la sangre y la carne desgarrada pueden ser un buen motivo para ver que la muerte es un paso no sólo necesario sino poético y sublime… Nuestra condición de seres mortales, polvo finito en un mar interestelar ante el que somos poco y nada, nos sitúa en una macabra realidad: somos seres débiles que enfermamos, nos desfiguramos, caemos y dejamos de existir en poco tiempo.
Morgue y oros poemas representó un golpe estilístico y temático para el que pocos estaban listos en el momento en que fue publicado, en 1912. Por ello es que para 1916 los ejemplares que aún circulaban en librerías y mercados se prohibieron. Su autor, Gottfried Benn tenía 26 años cuando la obra por la que siempre será recordado fue leída. La poética de la muerte que trataba en sus escritos fue una entrada al lado oscuro de la materia que compone nuestros cuerpos y mentes.
Gottfried Benn afirmó: «Cuando escribí Morgue era de noche, vivía en el noreste de Berlín y tomaba un curso de medicina forense en el hospital de Moabit: un ciclo de seis poemas largos que surgieron en la misma hora, que brotaron de golpe. El profesor impartía el curso en el depósito de cadáveres, yo estaba vacío, hambriento…» Su condición de médico y ginecólogo le permitió y le inspiró conocer a profundidad la estructura del cuerpo humano como una pieza abominable y carente de la belleza tradicional. Él rescató la parte macabra de los huesos humanos, de la sangre, de la deformidad física y de las heridas que supuran dolor. La combinación de todo lo anterior con la estética de la poesía nos abre la puerta a contemplar la hermosura de los cadáveres y su pestilencia en la morgue.
A continuación, un telón oscuro se abre ante tus ojos y en medio de la escena se encuentra Benn, ataviado con una bata blanca y guantes de látex. El escenario, como no podía ser de otra manera, es una morgue. Algunos fotografías de cuerpos descompuestos y maltrechos, pertenecientes a artistas como Andrés Serrano y Cathrine Ertmann, adornan las paredes del lugar. Responde la siguiente pregunta: ¿Estás listo para hundirte en el ritual de la muerte?

Foto: Andrés Serrano
“Pequeño Áster”
El cadáver del conductor
de un camión de cerveza
fue alzado sobre la camilla.
Alguien le había colocado entre los dientes
una pequeña flor
oscura — clara — lila.
Cuando le saqué el paladar y la lengua
desde el pecho
con un largo cuchillo
debajo de la piel
he debido rozarla
porque la flor se deslizó
hacia el cerebro vecino.
La guardé en el tórax
entre el aserrín
cuando lo cosían.
¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!
¡Descansa en paz,
pequeño áster!
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Foto: Andrés Serrano
“Hermosa juventud”
La boca de una niña que había estado mucho tiempo entre los juncos
parecía tan carcomida.
Cuando le quebraron el pecho, el esófago estaba tan agujereado.
Por fin, en una pérgola bajo el diafragma
hallaron un nido de pequeñas ratas.
Una hermanita yacía muerta.
Las otras se alimentaban del hígado y del riñón,
bebían la sangre fría y pasaron aquí
una hermosa juventud.
Y hermosa y rápida las sorprendió la muerte:
a todas las lanzaron al agua.
¡Ay, cómo chillaban los pequeños hocicos!
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Foto: Cathrine Ertmann
“Circulación”
La solitaria muela de una puta
una muerta sin nombre
llevaba una corona de oro.
Las demás se habían desprendido
como por un secreto acuerdo.
Ésta la extrajo el sepulturero para sí.
Porque, decía,
sólo la tierra debe volver a la tierra.
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Foto: Andrés Serrano
“La novia del negro”
Entonces sobre almohadas de oscura sangre
se recostaba el cuello de una mujer rubia.
El sol rabiaba en sus cabellos
y lamía los pálidos muslos
y se arrodillaba ante los pechos un poco más oscuros,
aún sin deformar por los pecados y los partos.
Un negro junto a ella: la coz de algún caballo
le había destrozado los ojos y la frente. Dos dedos
de su sucio pie izquierdo
se hincaban en la pequeña oreja blanca.
Pero ella yacía y dormía como una novia:
orlando la felicidad del primer amor
y en espera de numerosos viajes celestiales
de la sangre joven y cálida.
Hasta que alguien
le hundió el cuchillo en la nívea garganta
y un delantal púrpura de sangre muerta
le cubrió las caderas.
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Foto: Cathrine Ertmann
“Réquiem”
Dos en cada mesa. Hombres y mujeres
en cruz. Cerca, desnudos, y, pese a ello, sin dolor.
El cráneo abierto. El pecho partido en la mitad. Los cuerpos
engendran ahora por última vez.
Cada uno llena tres cazuelas: desde el cerebro hasta los testículos.
Y el templo de Dios y el Corral del demonio
ahora pecho a pecho en el fondo de un cubo
se ríen del Gólgota y del pecado original.
El resto, en ataúdes. Sólo nuevas creaturas:
pierna de hombre, pecho de niño y pelo de mujer.
Yo vi lo que engendraron dos que antaño se jodían,
yacer allí, como si hubiera salido de un cuerpo materno.
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Foto: Cathrine Ertmann
“Pabellón de parturientas”
Las mujeres más pobres de Berlín
—trece niñas en cuarto y medio,
putas, prisioneras, execradas—
retuercen aquí sus cuerpos y gimen.
En ninguna parte se grita tanto.
En ninguna parte se ignoran tan completamente
dolores y angustias como en este lugar,
aquí siempre grita algo.
“¡Empuje Usted, mujer! ¿Entiende, sí?
No está aquí por diversión.
No alargue la cosa
¡También salen excrementos en este aprieto!
No está aquí para descansar
No viene solo. ¡Usted tiene que hacer algo!”
Por fin llega: azulado y pequeño.
Orina y heces lo ungen.
De once camas con lágrimas y sangre
los gemidos le dan la bienvenida.
Sólo en dos ojos estalla un coro de júbilos al cielo.
Por este pequeño pedazo de carne
pasará todo: desolación y felicidad.
Y cuando muera entre estertores y sufrimientos,
otros doce dormirán en este pabellón.
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Foto: Andrés Serrano
“Apéndice”
Todo está pulcro y preparado para el corte.
Los cuchillos humean. El abdomen marcado.
Bajo paños blancos hay algo que gime.
“Señor profesor, todo está listo.”
La primera incisión. Como si el pan se rebanara.
“¡Pinzas!” Algo púrpura brota.
Más profundo. Los músculos: húmedos, brillantes, frescos.
¿Hay un ramo de rosas sobre la mesa?
¿Es pus lo que salta?
¿Habrán cortado el intestino?
“Doctor, si se para contra la luz,
ni el diablo puede ver el diafragma.
Anestesia, no puedo operar,
el hombre se va de paseo con su estómago.”
Silencio, pesado, húmedo. En el vacío
tintinea una tijera en el suelo.
Y la enfermera angelical
ofrece algodones esterilizados.
“¡No puedo encontrar nada en esta porquería!”
“Sangre se oscurece. ¡Quíteme la mascarilla!”
“Pero—Dios del cielo—querido,
¡apriete mis esos talones!”
Todo deforme. ¡Por fin: aquí está!
“¡El hierro candente, enfermera!” Un siseo.
Por esta vez tuviste suerte, hijo mío.
La cosa estaba a punto de perforarse.
“¿Ve usted la pequeña mancha verde?
Tres horas y el estómago se llenaba de mierda.”
Vientre cerrado, Piel cosida. “¡Esparadrapos, acá!
Buenos días señores.”
La sala se vacía.
Furiosa castañea y rechina con las mejillas
la muerte se escurre a la barraca de los cancerosos.
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Foto: Cathrine Ertmann
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Bibliografía:
Benn, Gottfried. Morgue y otros poemas. Fondo Editorial Pequeña Venecia
