La reconstrucción de la memoria, de los falsos recuerdos de la infancia y la fabricación de la familia a través de lo que creemos recordar, son los temas que invaden de una manera muy profunda la poesía de Natalia Litvinova, poeta y traductora nacida en Gómel, Bielorrusia en 1986. Algunos de sus libros de poesía publicados son “Esteparia” (2010), “Grieta” (2012), “Todo ajeno” (2013) y “Siguiente vitalidad” (2016).
A los 10 años se convirtió en migrante junto con su familia, después de huir de Bielorrusia por una de los sucesos que marcaron la Historia del mundo: la tragedia de Chernóbil. Sus efectos en la salud, la situación política de su país natal y la dictadura, obligaron a su familia a mudarse a Argentina; país en el que aún reside.

A raíz de este suceso que la marcó, Natalia recuerda que el sentido del hogar se difuminó, y fue el primer golpe que la hirió de pequeña, pues antes de migrar, la infancia la vivió rodeada del campo y la ciudad, “una infancia más salvaje pertenece a mi estadía en el campo, en el pueblo, cerca del bosque, rodeada de animales y cultivos”.
En su primer poemario publicado en España, “Grieta”, reconstruye una infancia —quizá no del todo cierta, quizá recordada a través del olor— que se ve perdida luego de huir a un país cuyo idioma no conoce ni entiende.

‘El milagro de la comunidad’
Lavo el piso en cuclillas. Paso el trapo mojado.
Trazo mi camino humilde.
Afuera sucede el milagro de la comunidad:
un coro de niños canta, los hombres cortan trigo,
las mujeres se bañan en el río.
Me arqueo contra el espejo, la soledad excita.
Pronto se derrumbará esta casa y la alta hierba
cubrirá las ruinas.
Mi hombre huyó ante el peligro.
En la poesía encuentro la oración para soportar
cada corte abrupto.
‘Cadena alimenticia’
Cuando quise decir tu nombre
me nacieron flores en la boca.
Negras, con un centro de estrellas.
Las abejas intentaron librar su néctar
y succionaron tu nombre venenoso.
Reconstruir a través de la palabra

El primer acercamiento que Natalia tuvo con la literatura fue a través de la biblioteca de sus padres. Era muy pequeña y no podía alcanzar los libros que le interesaban, a partir de esa “prohibición” le nació el deseo por la lectura. Luego, en el colegio al que asistió en Bielorrusia, la hacían memorizar un poema cada semana para leerlo en voz alta. La escritura vino como consecuencia: a los 14 años, cuando ya vivía en Argentina, descubrió la poesía gitana y musical de Lorca, dio a luz a su primer poema.
También escribe con paciencia una novela acerca de su país natal; sin embargo, se ha inclinado más por la poesía, “en su tensión, en su manera de romper con el vivir domesticado”. Natalia escribe mientras viaja en tren, mientras recorre un largo trayecto hacia su trabajo; después corrige y pule el texto en casa, por eso las palabras precisas, por eso las palabras cultivadas en sitios determinados, en la fertilidad del poema.

‘El viento tiene que cortar’
El pez pronuncia tu nombre bajo el agua.
Yo cabalgaba. Quería escapar de o tatuado en el cuerpo.
Arañé al caballo para galopar más fuerte.
El viento tiene que cortar los tímpanos.
Pero tu nombre resonó.
Como los latidos del tambor en una tribu que espera lluvia.
Como el salpicar del agua cuando el salmón salta
contra la corriente.
Como el chasquido de los dientes del oso
ante la astucia del salmón.
‘Polvo’
Mi voz no parece salir de mi voz sino de otra garganta
que yace en la profundidad de la mía.
Soy un conjunto de muros que rodea lo que soy.
Alguien tuvo que haber construido esta muralla.
Si hay hombres que vuelan como plumas, ¿por qué yo no me
muevo cuando me muevo? Huelo a piedra y polvo,
llevo huellas de los que me tocan.
Soy polvo, piedra. Y no sé quién es mi padre.
Cuerpo de astillas, mujer perforada
Un recuerdo es un aviso diminuto de que pronto algo atravesará la blandura de la carne, un recuerdo es siempre un choque entre el olvido y el futuro. Para Natalia, reconstruir su memoria es una necesidad que trasmite en toda su poesía. Ella nombra a su familia como astillas; astillas que no sabe si arrancárselas o aún sujetarlas a la carne. Al huir del pueblo de su abuela, todo lo que conocía como cercano se fracturó y, al mismo tiempo, se astilló, fue el momento de su derrumbe.
La poesía es edificar lo que no se sabe si de verdad existe, la poesía salva de las tragedias que provocan los desplazamientos, la poesía es mirar desde un paisaje borroso, desde una evocación que se construye y se identifica como engañosa.
Era pequeña y caminaba entre los abedules del bosque
la oscuridad se veía blanca y jugosa.
El musgo en forma de lenguas me acariciaba la piel.
Así perdí mi inocencia: inocentemente.
Casas de madera, juguetes rendidos a las rodillas lastimadas,
el cantar del gallo.
El primer desamor, no lo sé, la huida.
Buscar una lengua menor para no decapitarse en el lenguaje
Una de las labores de Natalia también es la de ser traductora de poetas rusos con el fin de difundirlos. Hace un par de años abrió un blog llamado Animales en bruto, en el que publicaba las versiones de textos de los poetas del Siglo de Oro rusos, después puso mayor atención en los acmeístas y en los poetas del Siglo de Plata, como Anna Ajmátova, Cherubina de Gabriak o Vladislav Jodasevich. Pronto el blog se transformó a poetas de diferentes generaciones y países que formaron parte de la Unión Soviética; en la actualidad se dedica a investigar a poetas bielorrusos.
Natalia no sólo lee a poetas de generaciones anteriores, está interesada en la poesía de sus contemporáneos: “Hay algo alentador en esta época, el aumento de eventos que incluyen a la poesía, la aparición de nuevas editoriales y formas alternativas de difusión, festivales y recitales donde poetas jóvenes pueden leer sus obras junto a los autores consagrados”. Al mismo tiempo, señala que existe una dispersión, una ausencia de investigación que incurre en que la poesía contemporánea carezca de abordajes más profundos, algo que dice no poder precisar con seguridad, pues se vive en una época de transformaciones.
Todo ajeno

“Él viene a mi casa pero no sabe que no es mía”. Este es uno de los primeros versos de un poema que se titula ‘Todo ajeno’, nombre que lleva uno de sus poemarios publicado en México. Este verso se asemeja a la trama de la película dirigida por Kim Ki-Duk, “Hierro 3” o “Bin-jip”, título original que significa “hogares vacíos”.
Trata de cómo el personaje principal, que es un indigente, entra a casas vacías para residir temporalmente mientras sus habitantes no están, para luego dejarlas iguales a como las halló en un inicio. Cuando llega a un de los tantos hogares que visita, al creer que no hay nadie, se da cuenta de que habita una mujer silenciosa. Enseguida, los dos descubren vínculos que los unen y aceptan un nuevo, extraño y silencioso destino.
A lo largo de la película, existen tan pocos diálogos que todo transcurre en un mutismo y las emociones se trasmiten a través de la música y la belleza de las imágenes. Así es el “Todo ajeno” de Natalia Litvinova, en cada poema se habita en casas ajenas y al mismo tiempo se dejan vacías; la voz de la poeta se consolida e intensifica en este libro.
‘Todo ajeno’
Él viene a mi casa pero no sabe que no es mía.
La parece extraño este polvo
y los capullos muertos entre flores frescas.
Roza los muebles y mira al gato que está detrás de la ventana.
Cree que vive conmigo. Lo ve desear la luz que cae sobre este piso.
El nombre del gato es gato. Ajeno como todo lo que es mío.
¿Cómo explicarle esto? La intimidad se fuga con las palabras.
Natalia, entonces, nos sitúa en sus recuerdos, en los sitios en los que un día estuvo, en su memoria que reconstruye, en una casa, en un animal, en una mujer peregrina que busca su significado y el de su herencia.
‘Doma’
¿Qué hacen los hombres de mi pasado,
qué ciudades destruyen? Cuando un caballo sin jinete
atraviesa el campo, veo en su mirada que lo han domado
¿Qué hacen ellos lejos de mí? ¿Qué hago yo buscándolos
en los ojos salvajes de los animales?

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