Si fuera sencillo dejarse atrapar por una de ellas
sería ese el acabóse de toda una historia sin vueltas,
¿quién osaría ser capaz de resistirse a una cálida mirada?
Tan sólo un desalmado, sin corazón ni piedad.
Como si el tiempo se resumiera en hojas,
que son llevadas por la cálida brisa del verano.
Mi verdad oculta tras el misterio de tus ojos
me revela que tarde o temprano cederé a su complicidad.

¡Maldito zorro! ¡Maldito zorro loco!
Cómo has podido hacerlo sin saberlo acaso,
he perdido de repente la vastedad de mi corazón,
se me ha ido toda el alma en menos de una canción.
¡Maldito zorro! ¡Maldito zorro loco!
Devuélveme aquello que te he entregado sin saber,
esto no ha sido una tregua, ha sido un engaño,
he perdido mi ser porque ahora mi necesidad es que estés.

Confieso que me llevo la dicha de tenerte,
de conservar la pura esencia de tu alma: tu mirada.
El vasto amor que alguien entrega sin miedos, sin reticencias.
Mi amor a ti, y el tuyo al mío. Ambos convergen, ambos permanecen.
Dejemos que huya el tiempo como prófugo y ladrón,
este es nuestro momento, tan sólo nuestro.
De acabar con la luz que impide que seamos uno,
y la guerra de nuestra consciencia atormentada.
Seamos lo que la poesía quiere:
vivir cada verso como una sinfonía de pasión,
cada mirada que carcome desde lo más profundo
mis incontrolables ganas por amarte en medio de la espesura de las sombras.

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Si quieres continuar leyendo, te invitamos a que descubras que las estrellas predijeron tu nombre sobre este fortuito encuentro.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Paula Pérez.
