
Qué bonito es dejar todo,
renunciar a lo que ya no se disfruta,
ese sabor de alivio dulce
al saber que quedan muchas cosas
pero en algún momento supusimos
que era el fin,
y ahora el universo se nos revela
en el ojo de un pájaro,
en un granito de azúcar,
en el humo de la taza del café,
en los pechos de una chica que lee poesía;
qué bonito es dejar todo,
ese pinche trabajo donde todos hablan
de lo que harán con su salario
en lugar de conversaciones sobre ideas
como danzar con las flores,
alcanzar la espiritualidad del beso,
la conexión con la locura que nos vuelva genios:
qué bonito es dejar todo,
dejar de pensar demasiado las cosas
y sólo hacerlas, porque buscar la perfección
es el camino menos conveniente para llegar a ella,
la trascendencia se acompaña del goce;
el exceso de virtud también nos detiene,
qué bonito es dejar todo,
ir a buscar libros nuevos, desconectar el teléfono,
hablar con la señora que hace los tacos,
con el chofer del autobús
o el chico que prepara las bebidas en el bar;
qué bonito es dejar todo y conocer historias
diferentes a la nuestra,
y en medio del desfile de carne y palabras
nos damos cuenta
que somos simplemente únicos
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