Te presentamos un cuento de Guadalupe González que nos muestra que el amor verdadero es para toda la vida…
Estabas ahí, tan hermosa como aquel día que nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Hermosa y radiante, con tu rostro lleno de luz. Aún recuerdo los nervios que sentí cuando te hablé para preguntarte tu nombre, mi ego un poco machista no me dejó correr hasta donde estabas con tus amigas. Era otro tiempo, eso no estaba bien visto.
El día de nuestra boda llegaste puntual a la cita, a pesar de que esa no era tu mejor cualidad. Lucías bella, no tuve el valor para decírtelo, en mí nunca hubo momento para esas cosas del corazón. Yo sé que siempre supiste descifrar la manera en la que te amo, así, sin palabras. Desafiaste todo pronóstico que escuchaste sobre mi mal carácter y mi forma de ser tan ruda y tan machista. Siempre me amaste así como soy.

Soñamos juntos con tener una familia, luchaste incansablemente por mantenerla unida, sin importar qué tan cruel fuera la vida, incluso, perder a nuestras cuatro hijas. Luego, el tiempo nos dio otro revés, y tuvimos que enterrar al mayor de nuestros hijos. Quizás nunca te pregunté cómo te sentías, o cuántas eran las noches en las que la tristeza te invadía. Debes saber que luché para que tus días fueran menos dolorosos, a mi manera. Criamos y amamos a los dos hijos que nos quedaron, te dejé amarlos en exceso, a pesar de que yo sabía que no era lo mejor.
Los años pasaron y llegaron nuestros nietos. También los amamos y cuidamos, reíamos con sus ocurrencias, disfrutamos cada momento que nuestros hijos nos permitieron estar con ellos. Los estragos llegaron, las enfermedades y los achaques, tuvimos que mudarnos de ciudad, probar nuevas cosas, emprender una aventura. Tampoco te pregunté si querías hacerlo, sólo deduje que al ser mi esposa tenía el derecho de llevarte conmigo con o sin tu permiso. Nunca reprochaste nada, todo lo hacías en nombre del amor que me tenías.

Cuando llegamos a la ciudad todo fue diferente, vivíamos solos en una enorme casa, nuestros hijos no estaban más ahí, y tú te refugiaste en mí para calmar tu soledad. También fuimos felices, pero eso duró poco tiempo, pues tus malos hábitos alimenticios terminaron por cobrarte caro. Las enfermedades no se hicieron esperar y todo cambió. Yo, acostumbrado a verte fuerte y valiente, ahora me sentía solo y triste. Miraba tu rostro acongojado por el dolor que sentías y yo, impotente, sin poder ayudarte. La desesperación me invadía y solía gritarte o pelear contigo, pero quiero que sepas que nunca fue falta de amor, te he amado incansablemente. Me acostumbré a tu compañía, a tus cuidados, a esa forma tuya de ser que complementó la mía. Me gustaba cantarte a todo pulmón para que siempre recordaras a aquel mariachi que de tu juventud se enamoró.
Me duele pensar en las noches en las que sufrías tanto dolor, yo con los años encima trataba de ayudarte, pero nada podía hacer. Recuerdo también el día en el que nuestros hijos decidieron llevarte al hospital, yo me quedé en casa resguardando nuestros recuerdos para cuando tu volvieras. Y aunque nunca fui un hombre de fé, rezaba cada noche, que no te tuve en mi habitación, para que volvieras y poder verte una vez más. Y regresaste, como me lo prometiste, ahora te veías un poco enferma, pero estaba seguro de que con mi compañía y mis cuidados estarías mejor.

Querido amor, estoy aquí sentado rodeado de gente, nuestra gente. Apoyado en mi bastón trato de encontrar el consuelo. En las lágrimas de los demás procuro saciar las mías, esas que no he derramado no porque no te quiera, sino porque mi educación tan arraigada nunca me lo permitió. Entonces, recuerdo el día de ayer en el que vi tus ojos por última vez, me resistía a creer que no estarías más conmigo. Ahora sé que estás en un lugar mejor, donde no sentirás más dolor, te reunirás con nuestros hijos y esperarás por mi.
Te agradezco tu amor y cuidados, esta familia hermosa que me regalaste. Gracias por el esfuerzo que hacías para no faltarnos, por la entrega y las enseñanzas, por la valentía y el entusiasmo con el que nos mantuviste unidos. Ahora sólo puedo decirte que aunque extrañaré tu compañía, sé que algún día volveremos a vernos. Estás ahí encerrada en el féretro, rodeada de aromáticas flores, tan hermosa como siempre. Nos faltaban unas cuantas semanas para cumplir 65 años de casados y quiero hacerte saber que aunque no estés aquí, celebraré porque tu serás feliz en donde estés y yo estaré esperando verte de nuevo.

**
Cuando encontramos el verdadero amor nos daremos cuenta que éste sobrevive a todas las adversidades, sin importar cuánto tiempo pase, por eso te sentirás identificado con el siguiente poema “La amé por sobre todas las cosas cuando debí amarla”.
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Photomicona.
