En vida fuiste el mejor, pero muerto nadie te recuerda

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En vida fuiste el mejor
En vida fuiste el mejor

En el siguiente cuento de Álex Sánchez, el protagonista se atreve a pronunciar lo impronunciable, porque sólo a través de la soledad que existe en la palabra escrita se puede desnudar el alma y confesar los más oscuros secretos que llevamos a cuestas.

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QUERIDO HERMANO

¿Recuerdas el día en que moriste? Yo sí. Perfectamente. Ha pasado ya un año desde que te fuiste. ¿Te atormentará allá en el infierno que te recuerde cómo fue que pasó?

Acuérdate, querido. ¿Recuerdas que mamá y papá siempre te prestaban mucha atención? Creo que no fue sólamente por ser el menor de ambos. Ellos te preferían, aunque tú nunca lo admitiste, claro.

Nuestros padres, desde tu nacimiento, dejaron de prestarme atención. Te compraban cosas. Mamá te enseñó a nadar en el lago cristalino, aquel detrás de la casa donde vivíamos. Papá hizo que practicaras con el arco y la flecha dentro del bosque. ¿Recuerdas que vivíamos en ese vecindario sucio y de gente amargada?

Crecimos normal. Bueno, por lo menos yo sí. Tú fuiste extraordinario, nadador de primera, numerosos premios por tus habilidades de caza. Siempre rodeado de amigos, ibas de fiesta en fiesta. Te hiciste alto y fornido como mi padre, pero tenías los mismos ojos azules y el cabello castaño de mi madre.

Yo no era parecido a ellos, ni un poco. Además, siempre fui de estatura baja y muy delgado: era escuálido como hasta ahora lo soy. Nunca gané nada, excepto tu cariño. A pesar de estar rodeado de tanta gente brillante y prometedora, tú siempre tenías tiempo para mí. Fuiste un gran hermano, lo admito.

Crecimos juntos, pero separados. No podía competir contra ti en nada. Conseguiste que una hermosa joven se enamorara de ti, eran muy felices y yo estuve apartado desde ese momento. Pasabas más tiempo con ella que conmigo, ¿lo recuerdas? Desde ese momento te odié y decidí actuar.

¿Recuerdas el día? Era una tarde lluviosa de octubre. Mamá, papá y tu novia fueron al centro comercial, mientras tú sacabas cajas con tus pertenencias. Ibas a mudarte con ella pronto, ¿no es cierto?

¡Fue muy fácil! Entré silenciosamente a la casa, aunque no hizo falta porque a mitad del pasillo me viste. “Hola”, dijiste sonriente. ¡Si hubieras sabido que aquella iba a ser tu última palabra!

El cuchillo que sostenía en la mano cortó el aire y también tu garganta. Abriste mucho los ojos, como si alguien te hubiera jalado los párpados hacia arriba. Llevaste las manos al corte que hice, en vano quisiste detener el brote de la roja vida que salpicó mis ropas, las paredes y el piso. La sangre escurrió por tu garganta y cuerpo. Caíste de rodillas. Enfocaste tu mirada en mí: era una mirada suplicante y aterrorizada, lo recuerdo bien. Tus ojos del color del cielo se apagaron en un instante y tu cuerpo cayó inerte.

Casi no tuve tiempo después. Tomé el cuchillo invadido de carmesí y lo clavé en mi antebrazo derecho. Fue el dolor más grande e insoportable de mi vida. El líquido empezó a escurrir lentamente. Antes de que una sola gota se derramara, corrí al bosque, busqué un claro y enterré el cuchillo. Regresé borrando las huellas. Dispuse todo para que nadie supiera o se enterara de nada.

Todos quedaron destrozados al saber la noticia de que alguien había entrado a la casa y había terminado con tu vida y, de paso, me había herido. Nunca se encontró el cuchillo, ni al culpable. Tu novia se casó tiempo después con tu reemplazo. Te olvidó, como lo hicieron mis padres y toda la comunidad. La trágica pérdida de un hombre tan ejemplar como tú duró poco.

La gente notó que yo existía, ¿puedes creerlo? Nadie dudó de mi historia ni por un segundo. Por fin se me quiso. Finalmente vieron que había otro esperando por un lugar. Y me lo dieron.

¿Cómo logré todo esto? Gracias a tu muerte, claro. Yo viviré gustoso la vida que te arrebaté, querido hermano.

Manos sangre asesino - en vida fuiste el mejor, pero muerto nadie te recuerda

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