¿Qué hubiera pasado si Oliveira hubiera hubiera mirado atrás? Si hubiera retrocedido varias casillas en el juego de la rayuela. Seguramente estaría muerto junto con la Maga en el río Sena o se hubiera aventado del Ponts Des Arts para ponerle fin a los discursos laberínticos que abrumaban su cabeza. Estoy seguro que lo haría porque el pasado –como resulta serlo para todos los románticos– nunca es placentero.
Pasamos la vida huyendo de lo que dejamos atrás, pero en las noche de lluvia el viento trae hasta nosotros los ecos hirientes del pasado. Regresan porque dejamos inconcluso un capítulo de nuestras vidas (casi siempre de amor). Y un poema, por más hiriente que sea, se merece un punto final; no una cobarde huída.

Claro, si ahora me atormento es porque no dije adiós. Porque avisé que iba con unos cigarrillos gauloise y tomé un barco que zarpó a Europa. Pero, ¿qué podía hacer si cada vez que comenzaba a pronunciar la despedida ella se soltaba al llanto y me agarraba de la chaqueta como si fuera un pequeño bebé? Por eso huí; por el bien de los dos.
Aún con toda la apología del perdón sigo sin superar el pasado. No tengo otro remedio más que invocar a los maestros de la tragedia y aprender de sus palabras. El primero es Robert Louis Stevenson quien consideró que la idea del amor eterno quizá no esté relacionada con la eternidad del tiempo, sino con una rara e indefinible sensación de que el ‘por siempre’ puede comprimirse en un instante pasajero y al mismo tiempo imperecedero. ¿Qué me diría él en este momento?
“Cuando murió la gloria en el dorado crepúsculo,
resplandeciente ascendió la luna,
y llenos de flores al hogar regresamos.
Radiantes fueron tus ojos esa noche,
habíamos vivido,
oh, amor mío,
habíamos amado”
Oh amor mío,
amemos el pasado pues algún día fuimos felices,
y algún día nos amamos”.
Tienes razón Stevenson, el pasado no puede ser tortuoso pues ahí fue donde amé. Pero deseché el sentimiento más codiciado en el mundo. ¿Acaso el amor no es lo más importante debe ser resguardado como una joya? Veré qué dice Gertrudis Gómez de Avellaneda:

“Con yo amé dice cualquiera
Esta verdad desolante:
—Todo en el mundo es quimera,
No hay ventura verdadera
Ni sentimiento constante—
Yo amé significa: Nada
Le basta al hombre jamás:
La pasión más delicada,
La promesa más sagrada,
Son humo y viento ¡y no más!”.
La forma más eficaz de decir te amo prescinde de las palabras. Sin embargo, en el poema ‘Significado de la palabra Yo amé’, Gertrudis no intenta dar testimonio de su amor presente, sino de lo absurdo que resulta hablar del amor verdadero como un hecho del pasado.
Si son humo y viento, ¿por qué duele tanto? Si el idealismo de Gertrudis no me ayudó, quizá en el romanticismo encuentre razón. ¿Qué dices al respecto Christina Rosseti? Dime qué es el olvido, el lamento y el recuerdo.

“Recuérdame cuando haya marchado
Lejos en la Tierra silenciosa;
Cuando mi mano ya no puedas sostener,
Ni yo dudando en partir, queriendo permanecer.
Recuérdame cuando se acabe lo cotidiano,
Donde revelabas nuestro futuro pensado:
Sólo recuérdame, bien lo sabes,
Cuando sea tarde para plegarias o consuelos.
Y aunque debas olvidarme por un momento
Para luego evocarme, no lo lamentes:
Pues la oscuridad y la pena dejan
Un vestigio de los pensamientos que tuve:
Es mejor el olvido en tu sonrisa
Que la tristeza ahogada en tu recuerdo”.
No es suficiente, Rosseti. El recuerdo sigue siendo trágico y doliente, seguirá presente hasta la muerte. Entonces, ¿la única solución es perecer para que el olvido se realice? John Barlas tiene la respuesta en su poesía.

¡Olvido! ¿No es un nombre de la muerte?
No, no es la muerte del Leteo su más triste nombre,
Es la muerte que crece hora tras hora dentro de nosotros,
Muerte que penetra lenta en nuestra mente, el aliento
Del alma en retroceso se permite una sentencia:
Hoy soy el mismo que fui ayer,
Engaño, pues sus pensamientos
Huyen como el humo de las llamas,
Y como un manto de rocío extinguen su dolor.
Cambiante es el río, aunque las olas permanecen,
Sus rocas nunca se adormecen
En las caricias de la espuma.
Cambiante es el río. Se ha ido hacia la fuente,
Junto con el sueño del ayer y la fortuna del estío,
Los pensamientos del corazón ya no regresarán”.
Quizá tengas razón Barlas, el olvido es una de las formas más crueles de la muerte; un paulatino desaparecer del universo, como un agujero negro que poco a poco absorbe rostros, amores, desdichas. Lo que necesito es olvidar su recuerdo para poder llegar al amanecer y poder decir “Sobreviví a la noche” como lo hizo Emily Dickinson en su poema homónimo.
“De algún modo sobreviví la noche
y entré en el día.
Al salvado le basta su salvación
aunque no sepa el cómo.
Así tomo mi lugar entre los vivos,
como alguien me escoltase,
candidata al azar de la mañana
pero citada con los muertos”.
–
Para superar el pasado hay que olvidar o dicho con otras palabras, hay que matar. La Maga nunca murió dentro de la novela “Rayuela”, sólo fue olvidada por Oliveira. Hay que hacer lo mismo con todos los recuerdos que regresan por venganza , de lo contrario nunca sobreviviremos a las noches de lluvia y soledad.
