La lectura es el manantial en el que nos reflejamos bajo una transparencia que nos desnuda. Hace tiempo dejé pendiente un libro que logró una exploración hacia diversos temas: Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Llegó en un buen momento, con ese tinte inesperado con el que aguardan las lecturas cumplidoras.
La historia debe ser conocida por nuestros lectores: México, 1976 – 1996, poesía, Arturo Belano, cantinas, Ulises Lima, prostitutas, Juan García Madero, realismo visceral, los Font, la jovialidad de una generación, Silverio, literatura, Octavio Paz y demás causes que nos nutren de una dulce sensación de complemento al terminar esta novela monumental.

Como dije, el libro llegó en una coyuntura, en un instante en el que los prolegómenos de Bolaño eran insistentes, obstinados, destinados a reseñas, artículos y críticas. Una vez empezada, la cuestión que plantea el escritor chileno construyó un archivo lleno de preguntas que consolidan la madurez rebelde. ¿De qué sirve estar sediento de liberación en un mundo en el que nos convierten en autómatas esclavizados? Esta es la disertación de Bolaño.
Las aventuras de Belano y Lima son insinuaciones hacia una confrontación realista. En uno de los pasajes introspectivos de Bolaño encontramos esto: La vida hay que vivirla, en eso consiste todo, simplemente. Me lo dijo un teporocho que me encontré el otro día al salir del bar La Mala Senda. La literatura no vale nada. La frase tiene un sabor a cotidianeidad urbana que nos suena familiar, como si un amigo nos contara un pasaje que contiene las sabiduría de la vivencia. Algo que me transporta a una visión llena de conciencia y extravagancia, en la que los espíritus festivos se arrojan a su tiempo para asimilar el bullicio de su existencia.
La causa del extrañamiento cuando nos conducimos ciegamente por la vida, tiene la incógnita sobre lo establecido. No es necesario problematizar el porvenir, pero sí la materialización de actos genuinos con los que cada individuo pueda disfrutar de sí mismo, sin armaduras, sin apariencias.

Por eso, con la pluma de Bolaño, volvamos a esa época en la que todo se reducía a la hazaña de vivir, sin importar el tiempo. El problema con la literatura, como con la vida, es que al final uno siempre termina volviéndose un cabrón.
