Aquella rueda nos sostuvo
pequeña tabla
por donde pasaban objetos
y personas sin nombre
giraba a través de sí
infinitamente
ayudada por pies torpes
que ocultaban su vejez relinchante
de caballo de circo infantil.
Adultos sudaban sobre ella todos los mediodías
intentando revivir en los cuerpos de los niños que fueron
Alumbrada
bajo un hospital que calmaba el ruido de sus vueltas
nos vio caer
lentamente
soñando visitar templos sagrados
y pecar en algún lugar cualquiera
con los zapatos llenos de barro
bajo la ciudad
amenazante de lluvia
reíamos de nosotros mismos
como alguna vez lo hicimos
bajo algún patio escolar
sólo que éramos
más grandes
más tristes
menos humanos
Me cargaste
mientras unos niños nos veían besarnos
estaban inmersos en el lugar de la vida
en el que se suponía debían estar
Sin entender nada
eran tan felices
Dejamos la rueda vacía
acomodada por el viento
giraba con rapidez
sobre los cuerpos livianos.
Una rueda es una tabla.
Uno de nosotros lo sabía.
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Nos percatamos de la soledad cuando estamos a oscuras rodeados de nosotros mismos, pues el peligro de encender la luz y darnos cuenta de que el silencio lo abarcó todo a veces puede ser un riesgo…
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La fotografía que acompaña al texto pertenece a Angie López.
