A palabras egoístas, oídos sordos

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A palabras egoístas
A palabras egoístas

Ahora entiendo porqué me quedé sorda del oído derecho. Al principio pensé que había sido un castigo divino, luego rematé con la idea de que el karma había hecho su trabajo. Yo sufría una enfermedad degenerativa que a los 17 años empezó a llevarme a la sordera: cada año perdía más audición, y con esto inteligencia, me refiero a que, al no entender lo que me decían, hacía las cosas de distinta manera y en muchas ocasiones quedaba mal en la chamba.

A los 24 años, trabajaba en una editorial de renombre, entré al área de fotografía, cosa que me acomodó porque las órdenes eran muy específicas y no vacilaba en cometer errores. Ahí fue donde conocí a Alberto: guapo, alto, de tez blanca con cierto color rojizo permanente en sus mejillas; su cabello negro se acomodaba de manera maravillosa cada día de la semana. Recuerdo que cuando salimos por primera vez me susurro al oído: “Me encantaría despertar contigo en la mañana”.

Oidos sordos - a palabras egoístas, oídos sordos

Esa frase me hizo perder el piso; él me gustaba, estaba en su mejor época: había entrado de editor en jefe a la renombrada editorial y empezaría a ganar muy bien; apenas había inaugurado su departamento, era pequeño, pero muy bien ubicado, y yo le gustaba mucho, todo parecía perfecto.

Tres años después, cambié de giro y de trabajo. Comencé a dedicarme a las Relaciones Públicas y Comunicación en una empresa de tecnología. Subí como la espuma, a los pocos meses me habían doblado el sueldo y me habían dado una Gerencia. Debo decir que esta empresa significó un nuevo comienzo. Mi jefe coqueteaba conmigo, pero nunca le hice caso, pues estaba perdidamente enamorada de un chico nuevo.

Mauricio había estudiado Ingeniería en la Universidad de Bristol, en Inglaterra. Era alto, de tez apiñonada, tenía una barba exquisita, su cabello era un poco largo y lo amarraba dejando caer pocos cabellos del lado derecho de su cara, lo cual lo hacía ver realmente sexy. Sus facciones eran finas, a sus ojos color miel nunca les faltaba brillo, era determinado y sabía lo que quería. Amaba el surf al igual que yo, y era elegantemente educado. Nuestro comienzo fue muy curioso. Por alguna razón coincidimos en un evento al que a mí me habían invitado por medio de una amiga, él era el hijo del dueño de la empresa anfitriona.

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Cuando llegué a la recepción del lugar me preguntaron mi nombre, lo dije y me explicaron dónde estaba mi mesa y lugar, para mi buena suerte yo no escuché bien y me senté en otro sitio, a un lado de Mauricio. A los cinco minutos de conocernos, se percató que yo era un poco sorda, y lo primero que me susurró al oído fue: “Yo seré tus oídos toda la noche”. Ese fue el primer susurro que realmente sirvió en mi vida.

Comenzamos una relación que en poco tiempo se volvió muy significativa, él me convenció de que fuera al doctor para revisar mis oídos, me convenció de operarme, aun con el miedo que sentía. Sin embargo, existían malos hábitos que yo no dejaba: Alberto, por ejemplo. De repente lo veía, pues teníamos una tremenda química sexual, era una adicción. Dejé de verlo como algo serio cuando me percaté que salía con otras y que me ocultaba como su novia; me había roto el corazón muchas veces, jamás me dijo un te quiero. Él sólo quería sexo.

Mauricio y yo éramos muy felices. Cuando me operaron del primer oído todo salió perfecto, recuperé audición al 90 % . Recuerdo que llegó con un ukelele a mi cuarto del hospital, y de manera un poco torpe tocó un fragmento de la canción `Elephant Gun´, fue lo más dulce que habían hecho por mí. Me susurró al oído que un día se iba a casar conmigo, mientras yo esperaba que Alberto fuera a visitarme, pero sólo me envió un audio por Whatsapp, diciendo que esperaba que me encontrara bien de salud. En ese momento de mi vida, estaba completamente enamorada de Mauricio, pero no sé cuál era la razón por la que no me entregaba totalmente a él.

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Tres meses después de que tocó para mi sonidos nuevos, Mauricio murió de repente, se accidentó. Su último acto en vida fue enviarme un audio en el cual decía que quería verme, que quería vivir conmigo, que me quería de verdad. Aquel día me había reencontrado con Alberto, estábamos en un bar en Reforma, habíamos bebido bastante, la pila de mi celular se fue agotando e hice caso omiso de su audio. Engreídamente lo ignoré. Mientras tanto, Alberto me susurraba al oído que la siguiéramos en su depa.

Dos días después desperté en mi casa, estaba cruda y conecté mi celular. Los mensajes empezaron a llegar como locos y me enteré de su espontánea muerte. Caí en un ataque de pánico, luego en una depresión sin salida, creo que lloré todos los días de esa semana hasta quedarme dormida, despertaba y volvía a llorar. Tuve que renunciar a mi trabajo, fui con la psicóloga, con el psiquiatra, tomé antidepresivos, pero nada me hacía olvidar a Mauricio y mi estupidez de ignorarlo. Terminé huyendo de la ciudad y me fui por un tiempo a vivir a la playa para sanarme, cambié mi forma de ver la vida y cada día me arrepentía de haber escuchado a alguien que no me quería.

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Cuando todo se calmó, me enteré que Alberto cayó en picada, lo despidieron de la editorial y terminó en un trabajo de medio pelo. Su bonito departamento pronto se convirtió en algo medio habitable, las goteras carcomieron su techo y algunas de sus obras de arte fueron víctimas de un hongo debido a la humedad. Siempre pensé que su casa era reflejo de él mismo.

Cinco meses después del terrible suceso regresé a la Ciudad de México, me establecí de nuevo con una amiga y comencé dando cursos de ortografía y redacción. No volví a ver a Alberto, me operaron de mi otro oído, del derecho. Quedé sorda.

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Sabemos que las situaciones difíciles causan un desequilibrio emocional y mental, siendo estos los momentos cuando más necesitamos de apoyo, pero principalmente de reflexión y conexión con nosotros mismos; te compartimos 15 lecciones de Buda para crecer espiritualmente y vivir mejor.

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