Cada parte de nuestro pasado cumple una función única y esencial como si fuese una compleja construcción en la que cada cosa sostiene a la siguiente. Como piezas en un rompecabezas, sólo podemos ver la escena completa en la medida en la que conectamos todo, aunque esté roto, aunque no siempre encaje con precisión.
En el siguiente texto, Vania Mendoza apela a cada momento en el que amor parece arremeter como un terremoto contra el edificio que somos.

CONSTRUIRTE DUELE
No, no se está rompiendo. Ya estaba rota y ahora se está construyendo. Su expresión se debe a que al construir también hay golpes, lágrimas, dolor, “cosas” rotas, corazones rotos, promesas no cumplidas, malas decisiones. Pero aún así está de pie, sus ojos cerrados la ayudan a ver hacia su interior, hacia ella, “siendo egoísta”. No necesita ver más dolor, más destrucción; lo que más necesita es sanar y construir desde su alma hasta su físico. Meditar sobre lo que tiene que dejar ir, esos “materiales” que no sirven para su construcción, perdonar a esos que le hacen daño, que no la dejan continuar. Su energía ahora debe enfocarse en fabricar los “materiales” para que esos pilares que la hacen mantenerse de pie sean más profundos. Y sí, también construir barreras. Las barreras hay que celebrarlas, se construyen en defensa de “amenazas” que en algún momento fueron parte de la construcción principal y al final no lograron su propósito. Qué logro para aquellos que puedan derribarlas.
Dentro de ella también existen esos momentos en su mente en los que piensa: “me merezco este dolor”, “no importa, siempre es lo mismo”, “ya pasará”. Esos momentos son los que la ayudan a construir esas barreras que con el paso del tiempo tienen un papel fundamental en su construcción. Le mostraron qué es lo que no le gusta, qué materiales son los que la lastiman, que quiere aferrarse a una idea o tan sólo a un momento de luz para así poder regalarle a su corazón unos adornos —adornos que pueden ser muy hermosos y llenos de felicidad. Lo que nadie le dijo es que algunas veces entran a su construcción momentáneamente, sólo pasan a observar y a darle pruebas de que sí existen buenos materiales. Aunque no todos están hechos para ella, no todos le pueden aportar algo para siempre. Estos materiales llegan en sus momentos de descanso, la llenan de dulzura, la hacen sentir amada, la inundan de felicidad, la hacen sentir especial. Al final son sólo unos caramelos que se hacen para acabarse y dejarle sólo ese recuerdo, ese sabor dulce. Ahí, en ese momento, la despierta una realidad con sabor amargo. Le gustaría aferrarse a ese sabor dulce, le gustaría poder tenerlo siempre que se le antoje. Pero ahora sólo le queda desintoxicarse.
Una desintoxicación que le llevará tiempo, lágrimas, lamentos. Intentar abrir los ojos, dejar de ser egoísta, comenzar a cuestionarse: “¿qué hice mal?”, “¿qué dije para que no se quedara?”, “¿qué tengo de malo?”. Incluso puede dudar de su propia construcción, puede creer que ella es la “defectuosa”, la que no puede seleccionar los materiales correctos, la que no sirve para poder levantarse. Y eso puede hacer más grandes esas grietas que tiene por todo el cuerpo. Si tan sólo supiera que ella es perfecta en su propia forma y esencia, ella puede construirse por sí sola; ella debe saber que es momento de retomar ese “egoísmo” para así sanar. Debe disfrutar esas lágrimas, ese dolor, los momentos en su memoria en los que se sintió amada, mas no en paz. Que le dieron esa luz que toda construcción necesita, pero que sólo era una luz artificial.

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Manifestar nuestro cuerpo a través de la poesía es una forma de liberarse. Si quieres leer más literatura hecha por mujeres, te recomendamos este artículo sobre Alejandra Pizarnik.
