– Otra vez tarde, te dije que teníamos que salir de aquí a las ocho en punto.
-Perdón, príncipe, es que la nana llegó tarde.
-Princesa, la nana es tu prima, no inventes. Ya vámonos.
Ocho y media de la noche y nosotros íbamos saliendo de la Condesa para llegar a las diez a Santa Fe…lo sé; a menos de que tuviera un helicóptero, no llegaríamos a tiempo, lo mejor era respirar hondo, no ver el móvil y no ver a mi mujer.
-Vas a ganar goldechi, lo sé.
-Que Dios te oiga.
Me encantaba su optimismo, “el optimismo de la ignorancia”, solía decir yo. La amaba por eso, ella nunca entendía nada -o muy poco-, pero siempre me echaba porras, siempre estaba linda, era ese tipo de “siempre” realmente incondicional: eterno sin restricciones, sin condiciones, tan lleno de amor y cursilerías, tan vacío de sustancia; su mirada de inocencia ante todo, incluso a la adversidad económica de ahora: de vivir de un pasado que nos daba la limosna de estar en un lugar bonito, ropa bonita, eventos lindos y oportunidades, pero nadie debía enterarse que comíamos retazo de pollo, hígado de res, frijoles con arroz, nada de pan dulce, agua simple y un montón de papas como judíos en la segunda guerra mundial; menos que debíamos todas las tarjetas, que por buen nombre, me habían dado; que no teníamos servidumbre ni de entrada por salida, que mi mujer lavaba a mano y con jabón barato; que el cabello hermoso que portaba era resultado de una muy buena herencia genética y no de buenos productos de belleza y que nuestra hija no iba a ninguna guardería porque no había dinero para pagarla…pero bueno, el desastre de tres años había heredado la gracia de su madre a Dios gracias.
Todo era mi culpa. Esta no era la casa que quería, no era el trabajo, no era el presente, no era el auto, no era la hija, no era la mujer. Amaba mucho de ella pero no a ella en sí, me di cuenta muy tarde que un noviazgo con tantas idas y venidas, tan largo, con engaños, deslealtades, tropiezos, sin planes a futuro no funcionó, no funcionará y por supuesto no funciona, me di cuenta tarde de que aún sigo siendo el hazme reír del gremio: “tu tan doctor y ella tan mmm…¿bachilleres? ¿conalep?”, me di cuenta tarde.

Atorados en la subida de las Lomas, por una estúpida fuga de agua y la hipocresía de la clase alta, tan preocupada por la naturaleza y tan indiferente a la realidad de su propio país. Ese era el tipo de cosas que me costaba mucho fingir “la benevolencia, la compasión, la caridad…”, pero bueno, en las altas esferas debes tener tu speech preparado para quedar bien con todos, menos con los que se supone debes tener y sentir todos esos valores llenos de intenciones y atascados de ego, lástima que eso lo comprendo hasta que soy un plebe más de la ciudad, hasta que lo perdí todo; hasta que tuve que pertenecer a una nómina y cumplir un horario, hasta que la vida me cobró la factura de la prepotencia, el poder y la soberbia; hasta que el karma me quitó lo que más quería -aunque fue tarde que me di cuenta que no era el dinero, no era el poder, no era la socialité, no era el status, era ella-.
Quién diría que después de ser jurado en montonal de premios, ahora soy un mediocre participante de una licitación de arquitectura del mediocre gobierno, para construir -ni más ni menos- que condominios de interés social. Somos ocho los “emprendedores frustrados”: sacamos dinero de todos lados para meter el proyecto, nos estamos jugando el todo por el todo y aunque ganemos, las ganancias sociales son mas altas que las económicas -pero bueno, por algo debemos comenzar a levantarnos-, somos los mismos ocho que alguna vez festejamos en un burdel de Sinaloa habernos llevado al baile a este mismo y mediocre gobierno.
Media hora tarde y a nadie se le hizo extraño, no nos perdimos de mucho, si acaso de la delicia de los canapés, del buen vino y socializar con la competencia, además de admirar los diseños en los trajes, las mancuernillas, las corbatas, los zapatos, la última tendencia de moños, los relojes por los que luego les cortan la mano o les dan un cristalazo; los vestidos, los chongos, las bolsas, las joyas, el maquillaje, las dietistas y los spas; esa parte la agradecía, mi mujer es de las que nunca brillará en sociedad, siempre hay un detalle que revela su código postal. Y no es que yo halla nacido en Pedregal, pero uno aprende, se educa, se obliga a comportarse; ella sólo sonríe y a veces con eso basta, otras no y hoy era una de esas veces, así que agradecí la media hora tarde y la perdida oportunidad de comer algo diferente a la miseria que había en casa.

-Muy buenas noches arquitectos del futuro de esta sociedad, bienvenidos a: ¡SU GRAN NOCHE!
No aguantaba tantas palabras bonitas en una sola oración, ni a mi mujer tomándome de la mano y apretándome como si en lugar de una licitación estuviera a punto de ganar un Oscar.
-Voy a fumar, mándame un whats cuando comience lo importante.
-¿Fumar?, dijiste que…
-Princesa no empieces, quédate aquí y sonríe.
Salí del salón, pedí un whisky y me dirigí al balcón, estaba vacío y hermoso como siempre, tome un cigarrillo, lo encendí y sentí que el tiempo se me vino encima junto con el humo que, al exhalarlo, dejó ver esa imagen de un pasado muy lejano.
***
-Aquí nos vamos a casar, te lo prometo.
-Estás loco.
-Por ti, vieja eres tú, aquí nos vamos a casar.
***
Una lágrima brotó de mis ojos y no supe reconocer si fue del recuerdo o del humo del cigarro. Tenía años que no la recordaba tan vívidamente, con su voz dulce cuando se lo proponía, ese tic en la nariz, su piel trigueña, sus ojos de mujer fatal, el porte de quien merece ser respetada, la elegancia de lo sublime y de lo sutil; sus ademanes de política y sus temas fríamente seleccionados para cada conversación: que sí la religión para los de la derecha, que si el Porfiriato para los del centro, que si los poemas de Bukowski para los de izquierda y las leyendas del arte culinario para mi familia; ella era mi vieja, sin embargo, yo había decidido quedarme con mi mujer. No es lo mismo.
Mi vieja era la mujer más capaz del mundo: inteligente, la vida la había forjado para ser una mujer bragada, entrona y a la vez hermosa, con ese cuerpo que da miedo, porque no sabes si al tocarla te regresara un puñetazo que te desgarrará cualquier ilusión romántica o sólo te mirara de soslayo con desprecio; amable en cualquier situación, como cuando en su examen profesional un profesor cuestionó su sexualidad y ella sólo sonrío para decir: “tengo la virilidad para portar estos pantalones y convivir en santa paz en esta carrera de hombres, y la feminidad de decirle que usted no es mi tipo”; elegante para lucir un escote hasta la cintura sin que se le tache de mundana o vulgar y dulce, dulce como un vino afrutado que te emborracha sin darte cuenta.

Su frase, como olvidarla: “Soy casi un beso del infierno, pero un beso al fin”, sacada de un cantante español del cual nunca me grabé el nombre. Para mí es de ella y resume todo lo que es; ella llegó como un huracán o un terremoto, sin avisar, cayó del cielo y se entregó a mis brazos. Pero tarde me di cuenta que a cambio de todo, ella sólo necesitaba amor, una forma de amor de lo más simple, más cotidiano, más común…
No cerrar ciclos, la terapeuta decía que ese sería mi gran problema, mi gran karma, si no lo hacía a los 20; tenía 25 cuando conocí a “mi mujer” y había dejado a la terapeuta con todas sus especulaciones y profecías a los 23, acto seguido: Nunca aprendí eso de los ciclos.
Continuará…
Hay episodios de nuestra vida que no podemos dejar en el olvido, a pesar de la despedida que implicó, hay personas que siempre estarán en nuestro pensamiento.
