Su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros

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por agosto 9, 2016
Su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros
Su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros

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Mientras sale el sol recuerdo el olor del mar. Hoy hace cuatro años que bajé del barco que me trajo hasta aquí; recuerdo el olor a sudor de los pasillos de los camarotes más humildes, uno de esos se me asignó; recuerdo los juegos de cartas, lo único que nos entretenía en las noches que pasábamos en vela por las fuertes tormentas en alta mar; recuerdo la ropa sucia que se acumulaba día tras día por los rincones, a los pies de las literas, debajo o colgando de las tuberías que atravesaban por todo el suelo de nuestra sección.

No podíamos ir a otros niveles del barco que no fueran proa, popa, babor o estribor porque lo demás estaba reservados para los 90 pasajeros de clase alta. No puedo quejarme, yo no era ni seré un señorito. Lo cierto es que nunca hubiera podido pagar por uno de esos pasajes más lujosos y menos claustrofóbicos. El objetivo no era disfrutar el viaje, era salir de allí, de mi vieja ciudad aún sumergida en esa crisis que arrasó con el campo, los campesinos y sus familias. Una de esas familias fue la mía.

Le dije a mi esposa que se llevara a nuestro pequeño Pietro, que tenía algo de dinero ahorrado y que podríamos tener un futuro mejor en el otro lado del charco, que mi primo Leonardo, el que vivía a unas manzanas de nuestra casa, había probado suerte allí y me había dicho que trabajar en la industria cafetalera no estaba mal. Recuerdo la cara con la que me miró mi mujer, le conté -para convencerla- lo lindas que imaginaba aquellas tierras que se leían en las cartas de Leonardo.

Mientras sale el sol barco - su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros

Qué distinto fue todo después del día que los llevé al muelle para despedirlos antes de subir al barco; ese momento se congeló, quedó grabado en mi mente. Pietro apenas pronunciaba un par de palabras, papá era una, y ese día estaba algo cabizbajo, me acuerdo porque siempre era él, con su inocencia, el  que me sacaba una sonrisa al final del día cuando estaba molido por trabajar de sol a sol; Isabella, asustada y nerviosa, enredaba con fuerza su brazo al mío, ella no pronunció palabra alguna ese día… entonces llegó la despedida: un beso torpe en los labios y luego yo les respondí con otros fuertes en la frente. Los vi desaparecer entre la multitud que abordaba el barco con ansiedad, de hecho fue la última vez.

Desde la tarde en que los despedí comencé a escribir cartas con las pocas palabras que sabía plasmar en papel, pensé que si lo hacía desde ese momento, cuando ellos llegasen a casa de Leonardo tendrían la oportunidad de saber de mí, de cuánto los echaba de menos, de lo grande que parecía nuestra pequeña casa sin su presencia.

Mientras sale el sol protagonista - su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros

El último día que pasé en nuestra ciudad ahora tan lejana, después de casi dos años sin recibir respuesta alguna a mis cartas, una cada semana, por fin el cartero se dignó a llamar a la puerta. Ahí estaba la hoja que tanto había esperado, proveniente de la dirección a la que tantas veces había escrito en el destinatario. Ahí estaba la respuesta que jamás hubiera esperado. Su renuncia a mí y mi renuncia obligada a nosotros, a mi hijo, al pequeño Pietro, a ellos. Era la carta donde Isabella y Leonardo manifestaban su traición. Yo no tendría que ir al otro lado del océano.

Recuerdo el resto de los días interminables, las noches asfixiantes… hasta que pensé que subir a un barco como el que me quitó a mis dos tesoros más preciados sería la solución; sin saber muy bien el rumbo, reanimaría mi estado fantasmal y desahuciado. Pasar 18 días rodeado de agua salada, en la inmensidad de aquel mar, calmaron un poco mis celos, angustia y enojo.

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Las olas rompen en la playa y quedan restos de espuma blanca en la arena, más  adelante, plantíos y al fondo, donde está amaneciendo, se ve una montaña llena de árboles que envuelven a un pequeño poblado, allí hay una casa apartada de las demás. Entro a la habitación, cierro las cortinas del balcón para no dejar pasar las primeras luces de la mañana, me detengo un momento para admirar la belleza exótica de mi amante y con aires de revancha camino de vuelta a la cama.

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Ninguna despedida es indolora, cada una de las que tenemos en nuestra vida deja un vacío que no se puede llenar, pero a pesar de esto, un nuevo amanecer siempre espera.

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