Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, recibió por nombre Jaime Sabines. Hijo de un inmigrante libanés, el niño Sabines creció escuchando historias que su padre le contaba de memoria. Al momento de iniciar su estudios universitarios, eligió la carrera de Medicina en la Ciudad de México, pues creyó que era lo que sus padres esperaban de él. Durante sus estudios se sentía frustrado y se refugió en la Biblia, también se dejó absorber por los textos de García Lorca y Rafael Alberti. Fue en ese momento cuando decidió no continuar con la carrera y regresar a su ciudad natal, para posteriormente volver a la capital del país e iniciar sus estudios en Filosofía y Letras. Así inició una carrera fructífera para el joven poeta, pues se vio influenciado por el ambiente nocturno del centro de la ciudad y las tertulias a las que asistía de manera regular con sus amigos Emilio Carballido, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Guadalupe Amor y su gran confidente: Rosario Castellanos. Sabines murió en 1999 dejando un legado de más de 15 libros. Entre estas colecciones, muchos poemas están dedicados a su amada Chepita, la musa que inspiró los poemas de amor más pasionales de Jaime Sabines.

TE PUSE UNA CABEZA SOBRE EL HOMBRO
Te puse una cabeza sobre el hombro
y empezó a reír;
una bombilla eléctrica,
y se encendió.
Te puse una cebolla
y se arrimó un conejo.
Te puse mi mano
y estallaste.
Di cuatro golpes sobre tu puerta
a las doce de la noche
con el anillo lunar,
y me abrió la sabana que tiene cuerpo de mujer,
y entré a lo obscuro.
En el agua estabas como una serpiente
y tus ojos brillaban con el verde que les corresponde a
esas horas.
Entró el viento conmigo
y le subió la falda a la delicia, que se quedó inmóvil.
El reloj empezó a dar la una
de cuarto en cuarto, con una vela en la mano.
La araña abuelita tejía
y la novia del gato esperaba a su novio.
Afuera. Dios roncaba.
Y su vara de justicia, en manos del miedo ladrón,
dirigía un vals en la orquesta.
Me soplaste en el ombligo
y me hinché y ascendí entre los ángeles.
Pero tuve tiempo de ponerme la camisita
y los zapatitos con que me bautizaron.
Tú quedaste como un cigarro ardiendo en el suelo

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