La soledad no es mala, sólo nos prepara para las decepciones:
¿Por qué nos aterra el hecho de estar solos? ¿Qué es eso que nos da tanto miedo? ¿Será acaso el silencio de la soledad? Al estar solos no hay nadie que haga ruido en nuestro corazón, en nuestros oídos y, por lo tanto, podemos escuchar lo que el corazón nos quiere decir, el hecho está en que éste muchas veces dice lo que no queremos oír.
La soledad es hermana gemela de la muerte, pero puede llegar a ser mucho peor, ya que dentro de la muerte hay soledad, se puede vivir en soledad o se puede morir en soledad; inevitablemente ella siempre estará ahí para atormentarnos en la eternidad o por unas cuantas décadas.
Puede confundirnos, tiene mañosas tretas bajo cada una de sus mangas, puede enviarnos personas a nuestra vida que nos hagan sentir acompañados, que llenen ese vacío y cuando más seguros nos sintamos ellas se irán haciendo el agujero aún más profundo; en ese dolor, la soledad encuentra un mayor placer.

Oscuridad, tristeza, pesar; podemos definir a la soledad bajo grises, negros, poco esperanzadores páramos de adjetivos que no harán más que dejarnos aún más hundidos en unas arenas movedizas, que lentamente nos enterrarán hasta la cabeza, y será ahí cuando por más patadas que demos no podremos salir; asfixiados. Pero, ¿qué sucede si aprendemos a vivir con la soledad? ¿Si en vez de morir asfixiados aprendemos a respirar lodo?
Querida, soledad, he aprendido que contigo no todo tiene que ser un páramo en llamas, un desierto en lágrimas, pues si bien la soledad trae consigo silencio, y éste hace que el corazón nos diga lo que no queremos oír, inevitablemente escucharlo nos hará que veamos el error en nuestra autenticidad escondiendo allí el mapa para salir del abismo de la soledad; abismo que nosotros hemos ido cavando.
La soledad implica caminar con nosotros, mirarnos al espejo y, en algún momento, aceptarnos, y de esto viene el comenzar a querernos: “Quizá mi nariz es grande pero es porque mi cerebro necesita más oxígeno; por eso me gusta mi nariz, porque ayuda a mi cerebro”, “sí, quizá sea virgen pero es porque yo tengo una forma de amar que ustedes no entienden”; querernos llevará a amarnos y el amor lleva a la seguridad, aquella que buscábamos en alguien más pero que aprendimos a tener, a generar, a sacar de nosotros.

Cuando nos sentimos seguros, cómodos y nos gusta nuestra compañía, es cuando logramos hacer lo que tantos magos y místicos buscaron por cientos de años: alquimia, pues podemos transformar el pesado y sucio plomo, la soledad, en el metal más valioso de todos, en ese que brilla y ostenta en vitrinas, que vale cada gramo, hicimos oro y todo gracias a esa piedra filosofal que todos albergamos.
Quizá los libros se equivocaron y en realidad la piedra filosofal no está escondida en una cripta custodiada por caballeros y sectas secretas, quizá la piedra filosofal vive dentro de cada uno de nosotros, sólo que entre tantas máscaras que usamos por placer como por obligación, el corazón se esconde entre sonidos, cornetas, música, mentiras y promesas; se esconde con cadenas, con jaulas de pájaros, y nos ponemos audífonos para no escuchar al corazón.
Ahora sólo queda decirle gracias a la soledad pues sin ella la catarsis, purificación, emociones, liberación, no hubiera sido posible; al final de todo, la soledad es uno de los grandes maestros que nos encontraremos a lo largo de nuestra vida junto con un corazón roto, la muerte y el fondo.
Gracias, soledad, gracias en verdad porque me enseñaste que la palabra “feo” no describe físicos, sino corazones; porque me enseñaste que la palabra “amar” comienza desde el alma y me enseñaste que por más duro que sea el golpe, oscura la noche, inmensa la tormenta, siempre habrá esperanza, pues el fondo fue hecho sólo para tomar impulso.

**
Sí, para amar es necesario amarnos primero y aceptar que la soledad no es mal, sino que es como una ventana vacía en medio de la tarde…
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Darien Pannella.
