No sé si hoy me levanté. De repente me vi vomitando en un baño desconocido. En un mundo ajeno a mí. En una vida que habría deseado nunca fuera la mía, porque a todo lo que he llegado hasta ahora es a la miseria del tiempo; a la suma de todos lo que he pasado para llegar hasta este baño en el que me encuentro con los ojos cristalinos y la frente sudorosa. Al tiempo que me pediste para liberarte y ser feliz contigo misma y con todos los fantasma que poco a poco comienzan a tener un rostro burlón que me mira con lástima, esa que sólo aparece frente a un cuerpo casi inerte pero que aún respira.

«Eres un estúpido» me repito constantemente frente al espejo; «todo este tiempo lo tuviste enfrente. Los bailes, fiestas y todo lo que no fue contigo fue para ese tiempo». El vómito es sólo un reflejo de mi impotencia, de la necesidad de mi cuerpo de liberarse de esa idiotez de creer en el mundo y en mí mismo. Por fin hoy me doy cuenta de todo; no soy nadie, soy algo, una máquina en reposo que puedes prender y apagar a voluntad cuando te sientas sola o cuando tu mundo se derrumbe. Cuando lo que necesitas no es tiempo, sino apoyo. Pero ¿quién va a estar conmigo en ese tiempo?

Pedir un tiempo es decir adiós a medias, lo sabemos porque ambos lo hicimos antes. Fue justo en ese momento el que nos pensamos infinitos, pero caímos en cuenta que nuestro recuerdo se apagaría con el odio y el dolor de quien dejamos mirando pasar las hojas de un calendario o las manecillas del reloj eterno. Esos tiempos no terminan nunca, siempre quedan grabados en la mente de quien los padeció; son una especie de rencor latiente.

Hubiera preferido un adiós o un nunca, cualquier cosa era mejor que el que me pidieras alejarme de ti hacia un limbo amoroso, ese en el que ya no eres más que una imagen que se idolatra pero que no protege a nadie. En eso te convertiste, en una virgen, la ausencia definitiva de la divinidad que necesitaba en mi vida para creer en los demás y en mí mismo; la figura que hoy yace abrazada a un retrete, la que te ruega en secreto que vuelvas. La que te dio un tiempo pero nunca supo cuánto.

Te dije «sí» con la esperanza en los ojos; «escapar de todo le hará bien a su alma», pensé. Nunca me di cuenta que en ese todo estaba escrito mi nombre con letras rojas para que el olvido no las pasara de largo y fuera lo primero que borrara de tu mente. No hay nada más tóxico que estas palabras que siguen surgiendo de unas manos temblorosas por el asco, lo sé por que es todo lo que me duele, lo sé porque te he visto feliz mientras me escondo en las sombras de esta ciudad podrida, lamiendo mis heridas como perro negro.

No puedo culparte por nada, hoy mismo quiero darme un tiempo de mí mismo. Tienes razón, soy la carga y el egoísmo que no necesitamos, te comprendo y por eso no te doy un tiempo, sino un “hasta pronto”, porque a pesar de que no pienso —y no quiero— detenerte, hoy puedo jurarte con esta inmunda inocencia que siempre estoy contigo…
