Texto escrito por: Rodolfo García Portillo

En 1975, el realizador Stanley Kubrick lanzó a la cara del mundo un filme titulado Barry Lyndon. Como es común en cualquiera de las películas de este excepcional creador, Kubrick se prendió de su enorme necesidad por experimentar con las técnicas, la curiosidad que siempre lo envolvió y su vasta visión artística. A pesar de que el proyecto no resultó ser lo que él buscaba (una adaptación de la vida de Napoleón Bonaparte), la película nacida de la novela The Luck Of Barry Lyndon, de Thackeray se sitúa en un periodo europeo del siglo XVIII. Kubrick y sus creadores concibieron un filme que se acercara lo más posible a una época como aquella, utilizando un equipo enorme de investigación y técnicas: desde la costura del vestuario, manufactura utilizada durante la época planteada en la cinta, hasta el maquillaje adecuado para el mismo fin. Durante la filmación, Stanley Kubrick tuvo una idea completamente disparatada e innovadora:

Consiguió lentes hechos originalmente para la NASA, tales que se planeaban utilizar para fotografía satelital o espacial. Al tenerlos en mano, su objetivo fue el de colocarlos en viejas cámaras MitchellBNC. Estos lentes de alta velocidad establecieron todo un reto para John Alcott, cinematógrafo de la película, quien tuvo que valerse de su ingenio para ejecutar las imágenes con precisión de relojero. Kubrick quiso basar los aspectos visuales en pinturas de aquella época, pensaba en la manera en que las cosas se verían si el espectador estuviese allí con los personajes, por lo que requería solamente de iluminación natural para los exteriores y de candelabros y velas para los interiores.

Al utilizar estos lentes como una aplicación multidisciplinaria, Kubrick logró que la profundidad de campo se viera comprometida, prácticamente eliminada; concentró, pues, el foco y los puntos luminosos en lugares muy específicos como los ojos, los rostros o las manos y bocas. Esto ocasionó que las imágenes, además de novedosas, fueran absolutamente hermosas.

Barry Lyndon es uno de los grandes filmes épicos de Kubrick, no sólo por su narrativa poderosa, sino por el derroche técnico que requirió para su filmación. Cada elemento está cuidadosamente experimentado y detallado con el objetivo de ofrecer al espectador una experiencia que se apegara lo más posible a la época, no sólo de manera visual o auditiva, sino como un filme rítmico que oscila en función de una adaptación de guión, una ardua labor de tratamiento. El trabajo conjunto entre Alcott y Kubrick, las metáforas y conceptos que éste último creó a través de su enorme conocimiento de la fotografía, son análogas no sólo a la manipulación de un microcosmos, como si se tratara de un dios, sino un reflejo: el conocimiento y las ganas de preguntarse, de aprender de lo que nos rodea, que son, siempre, manifestaciones puras del ser que, limitado a lo que vive y siente, necesitará siempre de la inventiva y la curiosidad para poder habitar su mundo, para poder habitarse a sí mismo.
