Asistí a ver La Cumbre Escarlata (Crimson Peak) con grandes expectativas, pues me reconozco seguidor, tanto de las películas de Guillermo Del Toro (Cronos, El Espinazo del Diablo, El Laberinto del Fauno, etc..) como de todo lo que tenga que ver con la novela gótica (Walpole, Radcliffe, Poe, Le Fanu, etc..).
La fotografía, los escenarios, son espectaculares, también los actores elegidos para encarnar a los protagonistas: Mía Wasikowska (como Edith Cushing), Jessica Chastain (como Lady Lucille Sharpe), Tom Hiddleston (como Sir Thomas Sharpe) lucen perfectos en su papel.
La Cumbre Escarlata cuenta con todos los elementos clásicos del gótico: las mansiones decadentes, las presencias sobrenaturales, los amores inconfesables, las profecías crípticas, el misterio, el horror. No obstante, al terminar de ver el filme me sentí presa de sentimientos encontrados.
La trama me pareció predecible y anunciada, podría tomarse por una adaptación libre de La Caída de La Casa Usher, de Edgar Allan Poe. Me extraña que un director tan meticuloso como el oriundo de Guadalajara no se haya percatado de que la historia que sustenta su película carezca de la complejidad y profundidad que ha logrado imprimir en sus obras más celebradas.
Por otra parte, los fantasmas tienen un papel mínimo en el desarrollo de la trama y no alcanzan a provocarnos el terror y la zozobra que deberían. Asimismo también el amor que surge entre Edith y Sir Thomas, y que provoca la redención de este último, no acaba de convencer, luce falso y poco creíble.
Así, aunque la película es sumamente atractiva visualmente y es fiel a los principios fundamentales del género gótico, no alcanza los niveles de calidad y originalidad que ostentan las más destacadas creaciones de Guillermo Del Toro.
