Imagina que estás con alguien en tu habitación. Está vestido de manera mediocre, no tiene un aroma especial y es tan simple que no llamaría la atención de nadie. Sin embargo, de pronto comienza a desnudarse de manera incómoda y exige tener sexo contigo. Aceptas. Se mueven rápidamente en el ritual tradicional del coito enérgico, pero apenas y te atreves a tocar sus muslos. Aunque sientes el movimiento en tu órgano sexual y logras terminar, en realidad no percibes ningún tipo de placer. Te conformas con lo que tienes porque en tu mente lo único que importa es decir «Tuve sexo». Te sientes vacío. El acto no te proveyó de otros elementos más allá del estímulo carnal. No involucraste sentimientos, no apreciaste la sutileza del erotismo que conllevan los besos en el cuello o en lugares inesperados, no miraste en los ojos de la otra persona para percibir el efecto que tenían tus movimientos en su cuerpo y sólo te resignaste a aceptar una versión insignificante del regocijo que implica el acto sexual.

Así es como básicamente funciona la pornografía tradicional y, aunque suene exagerado –o a una versión demasiado extrema de la crítica fílmica–, acostumbrarse a ese tipo de obras o actos (es decir, preferir la inmediatez a un sentimiento erótico que ofrezca placer físico y mental) influye en la forma en que percibimos el arte y la vida en general.
De nuevo, es una asunción que podría parecer extrema, pero mirando el efecto que provoca en la psique podemos llegar a unas cuantas conclusiones.
La pornografía contemporánea ya no tiene entre sus líneas la palabra erotismo per sé, sino que ahora sólo son simples representaciones rudas y violentas sobre el sexo. No existe una intención directa de despertar sentimientos en la audiencia, ni de invitarlos a descubrir nuevos placeres dentro de su psique, sino explotar la simple acción del sexo y crear los escenarios más absurdos posibles para atraer a un público principalmente masculino. ¿Suena familiar? Los filmes de Transformers producidos o dirigidos por Michael Bay funcionan de la misma forma. Crean historias poco contundentes con una nula sensibilidad hacia el aspecto artístico y lo único con lo que atraen a las personas es con explosiones, movimientos de cámara “épicos”, disparos y mujeres (u hombres) semidesnudos.

El problema de lo anterior es que las personas se acostumbran a una versión muy específica del entretenimiento: al placer instantáneo y a la acción sobre el contenido. Sería muy atrevido decir que todo el porno producido actualmente es de mala calidad, pero lo cierto es que no entra ni en un aspecto erótico ni cinematográfico, fracasa al tratar de estimular la mente del espectador y lo condiciona a esperar el placer sólo de determinada forma. Por ese motivo las cintas de superhéroes continúan generando éxito a pesar de no tener historias serias ni congruentes; con el paso del tiempo han limitado las expectativas de la audiencia y sólo le entregan el producto deseado. Así que, de forma indirecta, consumir porno corta la perspectiva del público: mediante un sistema de premiación inmediata, sienten que lo que están viendo es brillante y placentero, cuando la realidad es distinta. De hecho, en algunas esferas de críticos, Transformers y los Avengers son señalados como “el porno explosivo del mainstream” por el mismo efecto que tienen en los cinéfilos.
En un aspecto científico, se ha comprobado que la pornografía tiene efectos negativos en la psique de los consumidores, incluso les impide disfrutar del coito en la realidad por problemas como disfunción eréctil o dismorfia corporal; el efecto de placer inmediato, sin ningún contexto erótico que aluda a un sentimiento profundo que pueda aunarse durante el acto sexual, crea un amplio desinterés por el contexto. De la misma forma, las películas malas, o aquellas en las que sólo importan las explosiones, crean un efecto positivo en la mente de las personas, provocándoles una fuerte indiferencia ante los filmes que retan la lógica a la que están acostumbrados. Difícilmente alguien que está acostumbrado a los filmes de Michael Bay o de Tyler Perry se verá impresionados por un trabajo de Charlie Kaufman o soportará un filme de Kubrick.

Claro, existen personas que logran vivir mirando todo tipo de trabajos audiovisuales, los cuales pueden generar un buen criterio sobre ellos, pero la población general se mantiene encerrada en la burbuja de la que hemos hablado. Esto se ve reflejado tanto en el consumo de pornografía mainstream por Internet y por la cantidad de dinero que ganan en taquilla Las Tortugas Ninja o el filme más reciente de Eugenio Derbez.
Pero, ¿cómo solucionar ese problema?
Hemos mencionado previamente la relevancia de visionarias y revolucionarias del porno como Erika Lust e incluso Stoya, quienes le han regresado el aspecto artístico al género fílmico, tratándolo justamente como tal: una obra de arte. El erotismo, desde sus orígenes, no se resumía sólo a ofrecerle al lector un medio para excitarse, sino que el acto de involucrarse con el trabajo literario le daba oportunidad de explorar su psicología y encontrar el placer por medio de las palabras y de la imaginación. Por ese motivo, novelas como 50 sombras de Grey son patéticos intentos de crear una narrativa excitante; su mediocre trabajo con las palabras elimina cualquier aspecto erótico y lo resume a simple sexo y sadomasoquismo, contrario a lo que haría el Marqués de Sade o escritoras clásicas como Judy Blume o Colleen McCullough.

Lust y Stoya se esfuerzan por crear erotismo, no sólo sexo extremo. Usan los elementos cinematográficos tradicionales para crear un efecto profundo en la audiencia. Aunque el tema principal sigue siendo el sexo, las directoras no escatiman en recursos y aprovechan tanto el escenario, el uso del color, los encuadres, las tomas, los cortes y la sexualidad de sus actores para darle más al público e invitarlo a añorar una experiencia real, no sólo conformarse con lo que ve en pantalla; a descubrirse por medio del cine y no sintetizar el sexo sólo en un «mete-saca», como mencionaría Alex en A Clockwork Orange. Por otra parte, cintas como Logan, Unbreakable, Split y hasta Birdman presentan una visión distinta de los superhéroes a la que estamos acostumbrados; revolucionaron el género y demostraron que un filme no tiene que ser todo explosiones ni finales felices llenos de acción, sino que una historia dramática contundente puede convivir fácilmente con la violencia y la rapidez de una película de ese calibre.

Tomando esto en cuenta, podemos responder a la pregunta que presentamos en el título de este artículo:
No. Ver pornografía no asegura que a alguien le gustarán las malas películas, pero analizando cómo funcionan en la psique, podemos ver que están más vinculadas de lo que pensamos. Ambas ofrecen placeres inmediatos simples en lugar de darle más a la audiencia, y se alejan de la esencia principal bajo la cual fueron formadas. El porno se aleja del erotismo, el cine mainstream se olvida de la relevancia del dramatismo y las dos creaciones ignoran los factores más importantes en la creación cinematográfica. Sus consumidores están acostumbrados a una visión mediocre de lo que deberían recibir. Así que es posible habituarse a ese tipo de contenido y no exigir más. Ése es el verdadero crimen.

No es malo consumir pornografía ni filmes malos, sino acostumbrarse a ese contenido y pensar que es normal o que es bueno. Destruye por completo la sensibilidad erótica y artística y resulta un insulto a nuestros instintos y a la inteligencia. Trágicamente, ambas son industrias que difícilmente desaparecerán, por eso es importante descubrir nuevas perspectivas o abrir la mente a alternativas que reten al espectador. Así sea un filme art porn de Erika Lust o los Guardianes de la Galaxia, abrirá nuestra visión a un aspecto más amplio de lo que significa el entretenimiento visual, hará que nos exijamos descubrir más sobre nosotros en distintos aspectos de la vida para así comprender mejor el efecto del arte en nuestra persona.
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Las fotografías de este artículo pertenecen a producciones de Erika Lust y a Stoya, ambas figuras líderes del feminismo en el porno.
