Con frecuencia se utiliza la palabra “genio” en el ámbito del cine para describir a directores muy talentosos y que han dejado huella en la historia del séptimo arte: Orson Welles, John Ford, Akira Kurosawa, Stanley Kubrick, Jean-Luc Godard, Ingmar Bergman, entre otros. Más allá de gustos y opiniones, es imposible negar que son personas que transformaron el cine para siempre, y que aquellas técnicas y narrativas que utilizaron por primera vez en el cine, es vigente hasta hoy.

Existen otros grandes directores a los que el adjetivo les ha hecho justicia, pero que no han tenido la fama —al menos entre las masas— de los nombrados anteriormente. Aquí encontramos a algunos como Robert Altman, Kenji Mizoguchi, Jean-Pierre Melville, Mikhail Kalatozov, etc. De ellos existe uno al que quiero dedicar el siguiente texto, el director pesimista por excelencia: Béla Tarr.

Nació en Hungría en 1955, desde muy joven se convirtió en amante de la filosofía y tomó este camino para que fuera el de su formación profesional, pues en ese entonces sólo tenía afición por el cine. Fue al comenzar a grabar sus primeros cortos y videos cuando decidió hacer de lo segundo su profesión. Sin embargo, la filosofía jamás lo abandonaría, en sus películas podemos ver sus inclinaciones pesimistas y nihilistas, mismas que aborda desde una perspectiva más académica, a diferencia de otros directores que exploran estos temas en sus películas.
Sus primeras películas fueron obras sencillas, dotadas de gran realismo y que mostraban a la sociedad húngara de su tiempo. Fue así como dirigió su primera película, “Nido familiar”, en 1979; con un cine económico y parecido al documental, Tarr se dio a conocer.

Continuó su carrera en 1981 con “El forastero”, película que trata sobre un virtuoso violinista que lleva una caótica vida personal. Al año siguiente estrenó “La gente prefabricada”, otra película sobre la vida cotidiana en Hungría; pero fue hasta 1985 cuando comenzó a entrar a los anales del cine con “Almanaque de otoño”, un filme crudo y oscuro que nos muestra las relaciones que existen dentro de un departamento en el que conviven diferentes personas que enseñan su lado más oscuro y sus peores hábitos.
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Tres años después rodó una obra aún más densa pero mejor lograda: “La condena”. Centrada en una historia aparentemente sencilla, vemos la desilusionada vida de Karrer, quien está enamorado de una cantante que tiene una relación. En esta película vemos el comienzo del verdadero estilo de Tarr: composiciones impecables que se encuentran dentro de tomas largas bien estructuradas. También la música juega un papel determinante en la película.
Fue en 1994 cuando se estrenó la que para muchos es su mejor película, “Satantango”, de siete horas de duración. Contando nuevamente con una fotografía hermosa, Tarr explora los sentimientos de pesimismo, el nihilismo y la maldad en la vida de un pueblo.

El año que diera inicio al siglo XXI, estrenó “Armonías de Werckmeister”, una obra maestra compleja, audaz y oscura, cuya premisa es el cambio que sucede en una ciudad al entrar un circo que parece traer la maldad al pueblo. El estilo de Tarr sigue siendo parte del sello del filme, como en los anteriores.
En 2007 se estrenó “El hombre de Londres”, una película con una fuerte carga ética y moral, la cual, según muchos, careció de la intensidad que caracterizaba al director.
“El caballo de Turín”, estrenada en el 2011, fue la película con la que Béla Tarr se despidiera de la creación cinematográfica. Existen películas densas, pero ésta se encuentra en otra categoría; es una obra desgastante que nos muestra lo cruel y triste de la rutina, a partir de la vida del dueño del caballo que, según cuenta la leyenda, hizo que Nietzsche enloqueciera en la ciudad italiana.
Hablando de su retiro del cine y de su última película expresó: “Al inicio quería cambiar el mundo mediante mi sensibilidad social. Luego entendí que los problemas eran más complicados. Ahora puedo decir que es algo muy pesado y no sé qué sigue, pero puedo ver algo que se aproxima, el final”. Una frase que parece resumir a Béla: pesimista, ambiguo, oscuro, nihilista pero, hasta en lo ambiguo, erudito.
Heredero de estilos tan diversos como los de Tarkovsky, Mizoguchi, Bresson y Antonioni, Tarr no deja de ser un gran innovador del cine, poseedor de un estilo propio que lo llevaría a ser uno de los cineastas más reconocidos de la última parte del siglo XX e inicios del XXI. El mejor pesimista del cine.
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Si quieres dar un recorrido por la filmografía de este director, organiza una tarde de películas con tus amigos más intensos y preparen algunas de las botanas fáciles e ideales para esas tardes de cine.
