La carta de Borges que critica a "Ciudadano Kane"

La carta de Borges que critica a "Ciudadano Kane"

Por: Ulisses Lujan -


Entre los límites referenciales de la ficción y la realidad, la verosimilitud de las obras cobra sentido y nos demuestra una vez más que los terrenos de la genialidad tienden a ser inabarcables, muestras de un mundo perdido al alcance de nuestras percepciones, juicios y deleites. Me refiero al cine y la literatura, disciplinas cuya coalición es evidente, pues se concentran en narrar sucesos incorporados a la similitud interpersonal de cada individuo, no sólo con base a las experiencias que estos hayan experimentado, sino las impresiones que lograron sorprenderlos. Leer un libro o sentarse a ver una película, requiere –si todo cinéfilo o lector distraído quiere comprobarlo– de una atención más estrecha a la obra, no sólo con base a la riqueza estética, sino a un pacto con el protagonista. La semejanza de pasiones (humanas) parece ser un noble intercambio entre el artista y su público. Aun así, ¿qué nos hace catalogar a una película como favorita? ¿Cómo logra seducirnos un libro para releerlo una y otra vez? Quizá la respuesta de esto yace en uno de los ejemplos más sugerentes que ha existido entre dos grandes figuras del cine y al literatura: Orson Welles y Jorge Luis Borges, respectivamente.

¿Será que con el tiempo aprendemos a disfrutar de aquellas obras que en un principio nos parecían baladíes? Los juicios de Borges sobre Ciudadano Kane son muy conocidos en el ámbito de la crítica. A continuación te presentamos la carta que Borges publicó en la Revista Sur, número 83, en agosto de 1941:

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"Citizen Kane (cuyo nombre en la República Argentina es El Ciudadano) tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos. Es formulable así: un vano millonario acumula estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos, bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de un coleccionista anterior (cuyas observaciones es tradicional atribuir al Espíritu Santo) descubre que esas misceláneas y plétoras son vanidad de vanidades y todo vanidad, en el instante de la muerte, anhela un solo objeto del universo ¡un trineo debidamente pobre con el que en su niñez ha jugado!

El segundo es muy superior. Une al recuerdo de Koheleth el de otro nihilista: Franz Kafka. El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso filme The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadora e infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo.

Las formas de la multiplicidad, de la inconexión, abundan en el film: las primeras escenas registran los tesoros acumulados por Foster Kane; en una de las últimas, una pobre mujer lujosa y doliente juega en el suelo de un palacio que es también un museo, con un rompecabezas enorme. Al final comprendemos que los fragmentos no están regidos por una secreta unidad: el aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro, un caos de apariencias (corolario posible, ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien). En uno de los cuentos de Chesterton -"The Head of Caesar", creo-, el héroe observa que nada es tan aterrador como un laberinto sin centro. Este film es exactamente ese laberinto.

Todos sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad.

La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros.

Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra".

Como podrá apreciarse, Borges parece desdeñar esta película no sólo desde una postura estética, sino desde el plano mismo del personaje, el que se parece mucho a él. Miedos, tales como el laberinto sin centro, el juego de espejos, la duplicación total de los objetos materiales, el misterio de la muerte y sus infinitas formas, son preocupaciones afines a Borges. Atraído por el paraíso terrenal de Xanadu, notamos que el escritor argentino está dialogando frente al filme, como lo haría un niño emocionado, pues ante todo Borges es un intelectual no ajeno al mundo de las imágenes. Orson Welles le contestaría aquella crítica recibida cuarenta años más adelante (1983) de la siguiente forma:

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"Siempre supe que al propio Borges no le había gustado. Dijo que era pedante, que es una cosa muy extraña de decir al respecto, y que se trataba de un laberinto. Y lo peor de un laberinto es que no hay manera de salir. Y esta es una película de laberinto sin salida. Borges es medio ciego. Nunca olvides eso. Pero sabes, yo podría entender que él y Sartre simplemente odiaban a Kane. En sus mentes, ellos veían –y atacaban– algo más. El problema son ellos, no mi obra".

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Creo que Welles exagera al decir que a Borges no le había gustado su película; lo cautivó su cercanía, la soledad a la que el escritor argentino estaba condenado. Para una persona con el conocimiento y la capacidad de reflexión de Borges, limitarse a un simple no me gusta hubiera sido desdeñar su autoridad intelectual. El gusto de Borges por Ciudadano Kane iba más allá de la admiración, estaba ante, quizás, una de las representaciones más vívidas de su propios miedos. Recordemos una frase del celebre escritor: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz". Entre Charles Foster Kane y Jorge Luis Borges parecen hoy un personaje del mismo cuento, asolados por las mismas tempestades de la fama y la grandeza.

*Las dos cartas, tanto la de Welles como la de Borges, fueron retomadas de EnFilme

*Puedes ver la película de Ciudadano Kane  aquí:


Referencias: