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La llave que nos dejó La chica danesa para salir del clóset

Cine La llave que nos dejó La chica danesa para salir del clóset

Muchas cosas vienen a mi mente tras ver "La Chica Danesa", que de entrada me pareció una película bellísima. Es verdad que al pensar en la historia de la primera transexual, uno podría entrar a la sala de cine con la expectativa de drama, excesos e intensidad, y quedar insatisfecho con algo tan distinto. Sin embargo, creo que la película tiene un ritmo y una estética que permiten entrar en la mente de una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre; sus emociones, sus deseos, sus dudas y cada gesto de placer en detalles pequeños, como la suavidad de unas medias o el encaje de un vestido.

La chica Danesa

Fuera de hacer una crítica formal a la película, e incluso de pretender reseñarla, quiero hablar de lo que me provoca como humana. Vivimos en una época de aparente inclusión, tanto en nuestro país como en nuestro vecino del norte: es legal el matrimonio igualitario y cada vez es más común ver propaganda informativa sobre la diversidad sexual para promover la tolerancia. Esto ha destapado la cloaca, revelando la profundidad del odio y el rechazo que somos capaces de engendrar como sociedad.

La Chica Danesa me hace pensar en esto de la “inclusión”, ¿a quiénes pretendemos incluir?, ¿a qué? Para no enredar demasiado el asunto hablando de racismo, libertad de culto y machismo, aunque creo que todo está embarrado de la misma hipocresía, quisiera limitarme a preguntar por la inclusión de toda orientación sexual, o bien, la aceptación de la diversidad sexual dentro de la “normalidad”.

nominado al oscar

Después de ver en esta película el proceso de Lili Elbe, pienso en cómo sería para mí de pronto adoptar lo que socialmente se le asigna al género masculino, ¿salir a la calle sin maquillaje?, lo hago casi todos los días, ¿vestir pantalones?, ¿camisas?, ¿corbatas? Así que la primera pregunta que me surge es ¿qué es el género? Para muchas personas está claro que no es una caracterización biológica, ¿será una construcción social?, ¿o será la forma en la que individualmente hemos elegido expresar ciertos aspectos de nuestra personalidad?

Estoy consciente de que el caso de Lili, igual que el de toda la comunidad LGBTT, es algo que va mucho más allá de la expresión aparente de un género, sino que tiene qué ver con la relación entre cuerpo y mente, la orientación sexual y la plenitud del individuo dentro de sus relaciones interpersonales. Y bueno, esto me trae otras preguntas que van del mismo tono que las que me trajo el género.

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El diálogo que abrió que la expresión de la sexualidad distinta de la normalizada, nos dirige a replantearnos dudas fundamentales acerca de nuestra naturaleza, las mismas dudas que fueron primordiales en los inicios de la Filosofía; ¿qué es el ser humano?, ¿quién soy?, ¿para qué estoy aquí?, entre otras. Si esto suena muy ilógico, pensemos en años atrás, cuando cualquier actitud sexual distinta de la relación jerarquizada entre hombre y mujer era llamada homosexualidad “clínicamente”, mientras que en la calle las personas que mostraban rasgos de dicha actitud, eran todas jotos, machorras y otros nombres del mismo estilo. Pero la lucha de una comunidad por hacer valer sus derechos humanos, hizo a los individuos que la conformaban mirar adentro y notar que su comportamiento sexual distinto de la heterosexualidad, no era siempre homosexualidad.

Lo que ciertas personas lograron al decir: “yo no soy lo que tú dices, sino que soy lo que encontré al observarme”. Esto fue hacernos notar como seres humanos, que la sexualidad es tan diversa como individuos mismos hay dentro de una especie y que la represión que ésta sufría, no recaía sólo en la homosexualidad, sino en expresar un dominio de lo masculino sobre lo femenino, una forma única de penetración –que en este caso implica posesión, y que cualquier tendencia distinta de esto era, o quizá es, oprimida y juzgada. Lo que la comunidad LGBTT nos regaló con su reclamo de dignificación, fue la oportunidad de mirar hacia adentro, aún siendo fundamentalmente heterosexuales, explorar las posibilidades de nuestra sexualidad individual fuera del margen de lo normal y permitirnos este ejercicio puede ser una ventana hacia lo esencial, puede llevarnos a preguntar, quizá de nuevo, quizá por primera vez, “¿quién soy?”, y esto es una libertad que el sistema parece habernos arrancado. Al menos así lo fue para mí.

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Luego de ser educada en una sociedad patriarcal cristiana y de ser una niña y una adolescente que se espantaba al ver a un hombre en tacones o cualquier manifestación de diversidad sexual, un día miré realmente hacia adentro y me topé con la puerta de mi propio clóset. Yo soy mujer; tengo un cuerpo de mujer con el que me identifico plenamente y del que disfruto, aunque no tanto como podría. Me enamoro de los hombres; hasta ahora nunca me he enamorado de una mujer, así que fundamentalmente soy heterosexual. Mientras ésa sea mi declaración, soy socialmente aceptada, pero eso no dibuja ni de forma borrosa mi sexualidad y lo que soy en relación a ella.

No voy a extenderme ahora en una confesión de mis tendencias, aunque quizá valga la pena hacerlo luego. Basta decir que evitar el diálogo, evitar plantearse los escenarios que ahora sabemos posibles, creo que sólo es un síntoma del miedo que le tenemos a encontrarnos a nosotros mismos fuera de la normalidad. Yo rompí imaginariamente todo lo que se me enseñó que era bueno con respecto a ejercer mi sexualidad y en el camino encontré muchísimas emociones y deseos que me convierten en lo que los brasileños llaman “bicho de siete cabezas”, un monstruo para los ojos de la sociedad. No necesito ir tan lejos en mis hallazgos, aunque sea heterosexual, sólo hecho de que yo sea mujer y que exprese abiertamente que tengo deseos sexuales, que me excito, que siento placer, o más aún, que me atreva a contar alguna experiencia o dar por sentado que he tenido varias parejas, ya es un conflicto, genera un rechazo social y limita mis acciones cotidianas; porque hay una sola forma adecuada de tener sexo: la que el hombre heterosexual disfruta de acuerdo a sus instintos incontenibles.

Gracias a personas como Lili Elbe, tenemos un ejemplo de la lucha constante por expresar la autenticidad del ser, asumiendo las consecuencias que esto pueda traer; personas como Gerda Wegener, su esposa, quien dice con su vida lo que significa ver la belleza verdadera de las personas que amamos y alentarlas a expresarla más allá de los intereses propios. Los esfuerzos de la comunidad LGBTT, nos enseñan que hay un camino para enfrentarnos con nosotrxs mismxs, más allá de cualquier expectativa social, por marcar la pauta para salir del clóset en el que hemos encerrado nuestra autenticidad. No se trata de celebrar que su orientación sexual sea tal o cual, se trata de una celebración de la vida misma y de hacer un ruido que rompa la quietud con la que hemos aceptado un orden impuesto, ignorando algo tan esencial como nuestra propia naturaleza.


Referencias: