“Ser estúpido, egoísta y gozar de buena salud son los tres requisitos para ser feliz, aunque si falla la estupidez, todo está perdido”
Gustave Flaubert
¿Por qué no mirar los periódicos, buscar el noticiario menos manipulado del horario nocturno y meterse de lleno en las cuestiones que atraviesan la vida diaria a pesar de su invisibilidad? Existe una sencilla, pero poderosa razón: nadie quiere más problemas de los que actualmente tiene.
El calentamiento global, la desigualdad imperante en la sociedad, las injusticias que se viven a diario, la infidelidad de pareja y todo lo que minuto a minuto hace de éste un lugar peor, son razones de peso para evitar mantenerse informado. En pocas palabras, la enorme parte del mundo que tiene suficiente con su rutina diaria, esconde la cabeza de forma voluntaria ante una realidad que luce de todo, excepto esperanzadora.

No hace falta una explicación complicada para aceptar que mientras más se sabe, más situaciones pueden perturbar la calma. Es un principio aritmético que se reproduce a gran escala en la mente de cualquier individuo. Cuando la felicidad depende de un par de cuestiones sin mayor complicación, como mirar la serie favorita y encontrar a los amigos cada fin de semana, el camino se acorta razonablemente y la meta aparece asequible frente al horizonte.
No así cuando la mente concibe a la felicidad como un estado complejo e integral, imposible de experimentar sin transformaciones de fondo o problemas que involucran al grueso de la sociedad. En este último escenario, su realización se antoja improbable, por cuanto más de la realidad se conoce.
Un escritor que consigue éxito a través del plagio, un matrimonio feliz que se desmorona antes de serlo, un viejo rico en busca de los últimos placeres de la vida y una viuda que se comunica con el más allá, todos personajes del cánon alleniano, dispuestos (y tal vez visitados) en películas anteriores, pero con una función narrativa tan básica como amarga: recordar que mientras más ignorante, se es más feliz.
La trama de “You Will Meet a Tall Dark Stranger” (2010) no sólo gira alrededor de esta máxima. Es predecible, pero lejos de ser un defecto, funciona como un lapidario determinismo que refuerza el sentido de la historia (si fueras más ignorante, no sabrías cómo terminará y disfrutarías más la película), enmarcado dentro de la actitud pesimista que carga el director neoyorquino. El humor ácido, sarcasmo elaborado y las bromas autoinfligidas son un recurso creativo agotado, pero funcional para desarmar todo lo que somos frente a lo que aparentamos ser.

Al final, la vida de todos quienes aparecen en el film se hunde en un abismo de dudas y frustración, abierto por el conocimiento de que existe algo mejor y cada una de sus decisiones los alejaron de ello, excepto quienes se mantienen más ignorantes, pues son incapaces de percibir todo lo que ocurre a su alrededor.
Posiblemente, nadie recordará esta película por mérito propio como una de las cumbres cinematográficas de Allen; sin embargo, el espíritu de pesimismo, la desilusión frente a la vida –y la cobardía que evita actuar para transformarla–, los autoengaños y la hipocresía que se desmorona conforme la realidad se abre paso golpe a golpe, son el mejor recuerdo de que para ser feliz, sólo hace falta desentenderse de toda verdad y dejarse arrastrar por las suaves olas de la ignorancia.
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