
La locura es parte esencial del ser humano, no se puede vivir sin que exista algo de ella en nosotros. Alex de la Iglesia, antes de ser director de cine, estudió filosofía, y es probable que a través de sus películas podamos aprender más sobre la conducta humana. La demencia siempre lo ha acompañado, tal vez por eso casi todas sus obras posen gran parte de locura. Su sentido del humor, ácido y absurdo, tiene ciertos tintes existencialistas que evidencian el sinsentido de la existencia y la ridiculez de la cordura.
El ridículo y la comicidad de muchas de las situaciones en la que se encuentran los personajes de sus películas, exponen el absurdo al que se ven sometidas en muchas ocasiones las personas. Plasma la necesidad de creer en algo, lo cual, desde una perspectiva racional, es una locura, pues no hay ninguna certeza sobre el sentido de la vida, sobre que exista algo más allá; sin embargo, el ser humano necesita creer.

Se cuenta que los rituales iniciáticos de los Delfos y Eusis son la apología de una religión primitiva, pues se creía que al realizarlos “esa peña te hacía feliz” porque provocaba creer en algo. Estos ritos duraban siete días quienes participaban en ellos los pasaban encerrados en cuevas sin probar alimento, sólo ingerían sustancias alucinógenas para alterar su estado de consciencia; las “sacerdotisas” —mujeres dedicadas a ofrecer o auspiciar sacrificios y a cuidar sus templos— recopilaban información sobre ellos, de tal modo que los Delfos y Eusis, al encontrarse con estas mujeres, pensaban que les adivinarían el futuro.

En esas leyendas está basada parte de la película “Las brujas de Zugarramurdi”, que comienza con las ilustraciones de mujeres icónicas, relevantes a nivel histórico, pues el director español Alex de la Iglesia, considera que “el folclore tiende a convertir en gilipollez todo aquello que se considera sagrado”, lo que da a entender que es absurdo todo aquello a lo que el ser humano otorga trascendencia. La cinta nos sitúa en el lugar donde nació la brujería, el pueblo de Zugarramurdi. Esta historia está protagonizada por dos hombres, quienes comenten un asalto torpe en una casa de empeño que pone en jaque a toda la ciudad; deciden huir con el botín junto con el hijo de uno de ellos, camino a Francia se pierden y terminan varados en el pueblo de Zugarramurdi donde serán perseguidos por un grupo de brujas que intentarán sacrificarlos y ofrecerlos a su diosa.

En cierto sentido, las grandes cuestiones, momentos históricos y la cultura en general se puede considerar ridículas al otorgarles más seriedad y racionalidad de las que les son propias, pues les privamos de su locura inherente; el ser humano y su vida tienen una dimensión de demencia de la que no nos podemos privar ya que perderíamos algo esencial.
Es muy representativo el hecho de que la diosa a la que adoran las brujas sólo puede morir si le destapan los ojos, ya que la luz la daña; esto se puede interpretar de la siguiente manera: la luz es la razón, y la razón ciega, ciega porque la vida humana no es racional. Ya lo mencionó Alex de la Iglesia en una entrevista, “si analizamos nuestras vidas no hay dos minutos seguidos que tengan sentido”.

El final de la cinta deja entrever que la felicidad de una vida perfecta es el primer paso para la destrucción, pues la perfección es una utopía. Nuestro director expone un “imago mundi” (en las escenas de la Puerta del Sol) a manera de reflejo del país que es un manicomio.

También se expresa que la cordura es insostenible para el ser humano; de alguna manera, la locura es esencial para conseguir la felicidad. Es decir, no se puede sobrevivir en absoluta cordura, es insoportable para la mente ser totalmente lógica y racional. Necesitamos de los pequeños placeres y de los grandes vicios, obviar los defectos propios y ajenos para amarnos a nosotros mismos y a los demás; necesitamos de la locura para ser felices, porque la vida, sin locura es insoportable.

“Es un placer no desprovisto en absoluto de elegancia el poder admirar ampliamente las cosas más extrañas”, dice Erasmo de Rotterdam en su obra “Elogio de la locura”. Por eso es posible disfrutar de las cintas de Alex de la Iglesia, pues poseen una extraña elegancia al presentarnos de manera absurda ciertas verdades esenciales de la vida.

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