La habitación está llena de humo. Tras las sombras que éste deja, suena un piano que encuentra en sus teclas la vehemencia de interminables madrugadas. Un hombre canta, agita e incendia; habla, seduce y enturbia. Cuando el humo parece despejarse, sus dedos aprietan y su boca chupa un Gitanes —como volverá a hacer con los otros 99 que consuma ese día— llenando la habitación de humo nuevamente; llenándola de piano, de pasión, de rebeldía, de erotismo. Llenándola, en fin, de sí mismo. El rostro de este hombre era una playa triste, un acantilado de pena, aunque su verdadera faz eran la música y la voz o, lo que es su equivalente vital, el tabaco y el alcohol. Compuso más de 600 canciones, editó 17 discos, dirigió cuatro películas, sostuvo más de 30 años de carrera y extendió, durante 86 soles con sus lunas, su apasionado affaire con Brigitte Bardot, amén de incontables conquistas, hasta que uno de sus infartos se convirtió en el último, en marzo de 1991.

Desde que en 1973 tuvo el primer ataque al corazón, decidió seguir fumando con una autodestructiva naturalidad que sólo hubiera comprendido Ribeyro. Sin embargo, la muerte fue piadosa con Serge Gainsbourg (nacido en París como Lucien Ginsburg, en 1928): evitó que siguiera envejeciendo, demacrándose, bebiéndose, fumándose en canciones los silencios de los tercos amaneceres que lo encontraban deambulando ebrio. La muerte le evitó, quizá, cinco infartos más, cáncer de pulmón o cirrosis, que hubieran sido consecuencias de su estilo de vida.
La muerte lo convirtió en leyenda una vez que Francia ya lo había odiado lo suficiente y amado apenas, a pesar del aplauso. Su música no pasa de moda, no corre con el tiempo; en sus canciones, el pop, el rock, el blues, el jazz, el funk y hasta el reggae se regocijan juntos y escandalosos, como asistiendo a una orgía de géneros, convirtiéndose en banderas de inconformidad, rebeldía y sedición.
Es fácil oírlo aún. Lo difícil es imaginarlo vivo a los 88 años que hoy tendría, cantando ante multitudes como un Charles Aznavour que sigue en pie de guerra —y que siempre representó la corrección ante la incontrastable bohemia de Serge—. Es difícil imaginarlo vivo aún, aunque alguna vez haya dicho que “La fealdad tiene algo de superior a la belleza: dura más”.

A pesar de no estar presente, él sigue cantándole a la bebida (“L’alcool”), a la vida bohemia y libertina (“Les femmes des uns sous les corps des autres”), a la monotonía de ciertos trabajos (“Le Poinçonneur des Lilas”), a la Lolita nabokoviana (el álbum “History of Melody Nelson”) o a la memoria de escritores como Prevert, Víctor Hugo o Nerval. Él sigue cantando como le enseñó a hacerlo, alcoholizados frente al alba, Boris Vian.
Tras el humo fabuloso de tu cancionero
“Me dijo que un día se haría pegar las orejas y se reharía la nariz. Con las chicas no se atrevía a hablar.”, cuenta un compañero de los años escolares del cantautor en “Elefantes Rosas”, la biografía del artista escrita por el español Felipe Cabrerizo, para quien Gainsbourg es “el mejor compositor europeo del siglo XX”. Sin embargo, ese joven retraído a causa de su poco atractivo físico, convirtió su talento en su mayor arma de seducción, hasta llegar a transformar su ganada seguridad en ostentosa soberbia.
Nana Mouskouri, Petula Clark, Marianne Faithfull, France Gall o Juliette Gréco cantaron sus canciones y, en casos como Gréco, podría decirse que también las susurraron desnudas junto a él. El epítome del dandy desaliñado dejó la pintura, el primer arte que verdaderamente amó, por el piano, la guitarra y la chanson, el género musical que cultivó inicialmente, a pesar de que luego hallaría caminos rítmicos más diversos y originales, eso sí, no siempre bien recibidos por un público —cuándo no— ávido de éxitos que pudieran tatarearse fácilmente.

“Era un personaje trágico, solitario, noctámbulo, adicto al alcohol y al tabaco, con una vida de excesos y que vivió en constante frustración. Pero, por encima de todo, era un magnífico compositor, una de las figuras fundamentales de la música francesa del siglo XX”, ha asegurado en una reciente entrevista Felipe Cabrerizo.
Porque a Serge Gainsbourg no le bastó la pasión de 86 días junto a Brigitte Bardot —muy a pesar del esposo de ésta, el multimillonario Günter Sachs—, sino que poco tiempo después, se enamoró de una joven actriz británica que le recordaba demasiado a la Lolita de Nabokov que tanto adoraba: Jane Birkin, con quien estuvo más de una década. Incluso, en 1973, el siempre onanista Roger Vadim juntó a ambas beldades en el filme “Si Don Juan fuera mujer”.

‘Je t’aime… moi non plus’, es quizá su más célebre composición que, aunque vetada en muchos países, obtuvo la publicidad cómplice –y, por supuesto, involuntaria- del Papa Paulo VI, al censurarla. Y es que, aparte de la “venida de Cristo”, el Vaticano nunca ha estado para orgasmos.
El 25 aniversario de la muerte del gran Gainsbourg mereció una muestra fotográfica en la Galerie de L’Instant de París (del mes de marzo a mayo de 2016), y la revelación de una placa en su honor en la Rue Chaptal, donde pasó parte de su infancia. Jacqueline y Lilliane, sus hermanas de 89 y 88 años respectivamente, Charlotte –su hija, la hoy célebre protagonista de filmes como “Antichrist” y “Nymphomaniac”- y Jane Birkin, su gran amor, estuvieron presentes. En 25 años de ausencia, Gainsbourg ha demostrado, felizmente, ser bastante más trascendente que el protagonista de su célebre “La Javanaise”: ese que, como decía la letra, solo amábamos mientras duraba la canción.

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Este texto fue publicado también en “El comercio”, medio de difusión peruano.
