Revoluciones
por minuto, habitan
en los museos.
¿Se acuerdan cuando nos gustaba ser originales? Claro que los abuelos de nuestros abuelos la tuvieron fácil. Coco revolucionó a la mujer, le puso pantalones y listo. Salvador se pavoneó dibujando sus sueños y un reloj escurridizo. A Elvis le bastaron las caderas y un poco de gospel. Figuras como éstas siguen cambiando nuestro presente. Tal parece que el gozo de nuestra generación consiste en remembranzas. Algunos le dicen cultura vintage. Puristas o forevers. Incapaces de crear algo desde cero, lo retomamos todo. Haciéndole hijos a los géneros, nos satisfacemos escuchando eslabones del ayer. Cuando dejamos de tener prisa por avanzar, hicimos nuevas las cosas viejas. Llegamos a habitar un limbo avant-garde apreciando la pureza de los clásicos: como poner un disco en vinyl o traer de vuelta los sintetizadores, el crunch del bajo eléctrico, etc. La guitarra acústica se hizo un detalle de romanticismo.

Hoy es muy fácil ser opinólogo: se trata de buscar una banda de hace 30 años, de analizarla y desmenuzarla. Se compara con un debut y ahí lo tenemos: una “opinión” sustentada, hay referentes y equivalencias. Hoy todo es fácil. Ya no hay héroes que vayan a la India a descubrir instrumentos o que tomen las calles de otro continente como hotel de cinco estrellas. Las sagas musicales que contaban esas aventuras se acabaron. Desempolvamos historias originales para contar un proceso aterrizadas en locura, y al actualizarla, la convertimos en teléfono descompuesto empobreciéndolo para viene detrás. Estamos al pendiente de qué década se pondrá de moda. Explotamos la nostalgia que provoca haberla vivido para llevarla hasta el hartazgo. Ya pasamos los 80 y recibimos a Future Islands, coqueteamos con los 60 y apareció Tame Impala. En los dos miles, Daft Punk homenajeó a Kraftwerk; hoy el mismo dueto abrazó la época disco y el funk. Vestimos como los Talking Heads, 2Pac vive en nuestras camisetas y Kurt se convirtió en mártir del grunch.
Y no vayamos tan atrás, las Savages con su Silence Yourself le rompieron las uñas a otras bandas de chicas que andaban por ahí agitando sus largas cabelleras. Escucharlas es como entrar en un bar de Londres. Oscuro, con una nube de humo que nublaba la vista. Bajo la tutela de Jehnny Bett, voz de la agrupación, nos hace creer que Ian Curtis se ha puesto zapatillas y se ha maquillado los labios. El cuarteto grita un oscuro rock británico, hay teclados, la batería se impone con agresión e influencias de Siouxsie and the Banshees, incluso, hay algo de la lírica andrógina de los comienzos de Patti Smith.
También el niño “prodigio” Jake Bugg tomó la voz rasposa y a la vez nasal de Bob Dylan, el pesimismo y soberbia. La guitarra, la retadora, perdida y profunda, parecieran tomadas de Johnny Cash. Aunque con apenas 20 años, es claro que está lejos de la experiencia y proyección de los míticos nombres mencionados.
¡Ah!, por supuesto que la escena mexicana no se salva. Centavrvs se aprovechó de la seducción del kitsch para meterle un beat por aquí y un remix por allá a corridos mexicanos y a las canciones de la revolución. Sí, ésas que los caudillos y sus adelitas escuchaban en las cantinas o cantaban alrededor de las fogatas en sus pelotones.
Si esto se tratara de ejemplos, nos llevaríamos una segunda, tercera y cuarta parte. ** Lo más gratificante es la oportunidad de ponerle play a esos discos viejos, de seguir hablando de sus influencias y sobre lo grandes que fueron. Contrastantemente, se hablará menos de los nuevos condenándolos al olvido. La culpa no es de quienes cambiaron el panorama que contemplaban, es del resultado de la masificación de la información, así alguien ya pensó por nosotros e hizo el trabajo. Se ensució los oídos y le sangró tinta de las manos.
Hoy los recuerdos del abuelo son el tesoro del joven posmoderno.

