Durante algunas décadas del siglo pasado, John Lennon fue el centro de gravedad sobre el que giraba todo el Universo musical. La atracción del exbeatle era tal, que la fama que lo encumbró nunca más lo dejó vivir en paz, en acoso constante hasta el último de sus días, expresión por antonomasia del remolino que lo devoró.Más allá del compositor que brilló junto a McCartney y conquistó el mundo con melodías simples y absurdas sólo para cambiar la historia de la música más tarde, el pacifista que cantaba a la paz o el artista experimental en plena vanguardia, el lado más oscuro del músico inglés salía a relucir en su vida privada. Como parte de los últimos resquicios del movimiento contracultural a mediados de los 70, Lennon se debatía entre la búsqueda de una nueva forma de ver la vida o caer presa del egoísmo del hombre moderno.
En marzo de 1974, el periodista James Kaplan realizaba una cobertura de los Oscares para Harper’s Magazine en Los Ángeles cuando sin siquiera advertirlo, acabó una tibia noche de primavera bebiendo y jugando billar con los monstruos que forjaron las páginas más gloriosas en la historia del rock. En un segundo piso de una lujosa mansión de Sunset Boulevard, Kaplan se encontró compartiendo una velada con Lennon, Starr, Jagger y otras personalidades de la fastuosa vida hollywoodense; sin embargo, fue el comportamiento de Lennon el que captó toda su atención, al ritmo de un par de cervezas y algunos cigarros.Para su sorpresa, el músico y artista experimental, de un negro total que combinaba con sus típicos lentes, compartía tragos con una mujer sonriente, de rasgos orientales y cabello lacio que a todas luces, no era Yoko Ono.
Meses antes, la separación de la icónica pareja provocó una crisis en el exbeatle, que se caracterizó por un periodo decadente donde era común encontrarlo en estado de ebriedad junto con Harry Nilson, su colega insaparable mientras vivía en California. Los Ángeles se convirtieron en el sitio de libertad y frustración por igual para Lennon, quien estuvo involucrado en distintos exabruptos y grandes fiestas antes de volver a Nueva York en 1974. El más conocido de ellos fue el que protagonizó una noche antes, cuando completamente borracho y con una toalla femenina en la frente, provocó un escándalo en un bar del centro del que fue expulsado.
La mujer que lo acompañaba era May Pang, productora de ‘Mind Games’ (1973) con quien mantuvo una vertiginosa relación de 18 meses después de una ruptura Yoko Ono en el período que llamó “Lost Weekend”. En charlas antes de su separación, la pareja que conoció a Pang tres años antes durante sus proyectos experimentales en el cine, encontraba a May como una isla dentro de su relación abierta. Mientras Ono había sugerido al compositor británico la compañía amorosa de Pang, el propio Lennon declaró sentirse atraído físicamente por la productora neoyorquina.

Visiblemente más joven que su pareja, Pang siguió la noche a un lado del autor de ‘Imagine’ mientras Kaplan, de 22 años, pensaba en un diálogo lo suficientemente ingenioso para establecer una charla -o al menos cruzar palabra- con el exbeatle, pero Lennon y el peso de su fama eran imponentes.
Ensimismado, abstraído en su propio mundo, uno de los músicos más influyentes de la historia experimentaba una faceta decadente y el periodista estuvo ahí para vivirlo. Intercambió chistes con Ringo Starr, compartió un cigarro con Bianca Jagger y jugó al billar con estrellas de Hollywood, pero con el músico británico no. Lennon era una isla.**Referencia:The Guardian
