Me duele el corazón, pero debo aceptar que no eres para mí

Me duele el corazón, pero debo aceptar que no eres para mí

Por: Kate Nateras -

Fuiste como una revolcada en el mar que te llega de sorpresa, cuando una ola enorme te envuelve, te sacude y te empapa.

Te conocí dos veces, suena raro, pero así fue: la primera para saber de tu existencia y la segunda para perderme en ti. Fui invadida por tu luz, el tiempo pasó lento cuando me sonreíste y me dijiste tu nombre y yo te dije el mío, a pesar de que mencionaste que ya me conocías de antes. Me acerqué a tu mejilla, pero no lo pude hacer a tu alma… y a ti. Nunca pensé que terminaría el día con tu energía en la mía, con tu entusiasmo en mi cuerpo y tu mirada en mi corazón. Nunca pensé que sería el inicio de una pequeña punzada en mi corazón, de convencerme de que no serías para mí.

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Por qué aunque me duela el corazón debo aceptar que no eres para mí

Llegaste sin que te buscara, cuando menos lo esperé; fuiste como una revolcada en el mar que te llega de sorpresa, cuando una ola enorme te envuelve, te sacude y te empapa. Una ola que te llena de adrenalina, de miedo pero al mismo tiempo de valor y valentía. Una que, después de sacudirte, te acaricia ligeramente junto con la brisa, te abraza y te deja reposar durante horas y horas… hasta la próxima revolcada.

Por qué aunque me duela el corazón debo aceptar que no eres para mí

No sé cuántas veces coincidimos y no sé cuántas me sentí igual: ilusionada. Después te acercaste a mí con tus manos en los bolsillos y mi pulso alteró mi mirar, mi sonrisa, mi hablar; sentí el corazón a punto de explotar, aún más cuando me sonreíste, cuando me miraste y me tomaste de la cintura. Tus ojos pequeños que son ocultos detrás de unas enormes gafas, tus labios delgados, los tatuajes de tus dedos, las marcas de tus brazos, te recorrí con mis ojos, todavía más con mis labios. Te recorrí y, sin quererlo, te memoricé… y mi corazón también.

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Por qué aunque me duela el corazón debo aceptar que no eres para mí

Quién diría que se trataría de una historia breve, de un fuego fácil de apagar, de un amor fugaz, un sentimiento efímero. Quién diría que tan rápido te alejarías, que tus ojos pequeños dejarían de mirarme, que tus labios delgados dejarían de acariciarme. Quién diría que te irías y que yo, ingenuamente, me quedaría sobre la arena esperando horas y horas a la próxima ola. A la próxima revolcada.

Por qué aunque me duela el corazón debo aceptar que no eres para mí

Te vi irte con el viento, continuando con tu andar del agua, con tu naturaleza… te vi irte llevando tus olas lejos de mi arena, lejos de mí. Lejos de mi sol. Te vi irte con tus manos dentro de los bolsillos, los tatuajes de tus manos y las marcas de tus bazos y unas cuantas en el corazón que nunca logré conquistar. Te fuiste y me dejaste llorando tu partida, cosiéndome el corazón, escribiendo este montón.

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Por qué aunque me duela el corazón debo aceptar que no eres para mí

No pensaba retenerte. No podía detener tu cíclica personalidad. No podía detener tus olas, tu marea, tu libertad. Tú corrías y corrías, mientras yo sólo esperaba y esperaba hasta la próxima inundación, hasta tú próximo mirar… hasta tu próxima revolcada. Me duele el corazón, pero debo aceptar que no eres para mí.

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