
Cuando éramos niños no teníamos idea de lo que realmente era un problema, a esa edad pequeña teníamos nuestros propios conflictos que, para nosotros, eran el fin del mundo. Eran problemas que verdaderamente nos agobiaban y nos hacían sentir preocupados, ahora sólo los recordamos con risa y como parte de nosotros.
La ilusión, el miedo y nuestra forma de resolver problemas de cuando éramos niños han sido de gran ayuda para lo que somos ahora. Nuestra infancia es una etapa de gran importancia en nuestro crecimiento y la mayoría de las veces queremos cuidar nuestros recuerdos como el tesoro más preciado. Mantener la ilusión y el carisma de cuando éramos infantes nos ayudará a estar convencidos de que, por muy grave que sea el problema ahora en nuestra adultez, nunca será el fin del mundo.
1. Olvidar la cartulina
Ese mininifarto que sentíamos cuando ya estábamos en la cama, a punto de dormir y recordábamos que al día siguiente teníamos que llevar una cartulina para la clase. El problema no era acordarnos, sino que era demasiado tarde para ir a la papelería porque seguramente ya todas estaban cerradas.
2. Que se pierda nuestro juguete favorito
Todos tuvimos un juguete único y favorito que amábamos con todo nuestros ser; lo queríamos llevar a todos lados, dormíamos con él, le dábamos de comer y hasta le platicábamos nuestros más grandes secretos. Temíamos, en serio temíamos que se perdiera, que lo mordiera nuestro perro, que nuestra mamá lo regalara o que de repente llegáramos de la escuela y ya no estuviera en nuestra habitación. Eso sí era el fin del mundo.

3. Quedarnos sin receso
El peor castigo que podíamos tener en la escuela era que la maestra nos castigara con no salir al recreo; perdernos de una tarde de juegos, chatarra y pláticas con nuestros amigos, mientras que hacíamos alguna plana o asumíamos nuestro error durante 30 minutos de silencio.
4. Las manos arrugadas después de salir del agua
Cuando salíamos de nadar, los dedos de nuestras manos parecían una pasas y teníamos pavor de que se fueran a quedar así para siempre y no regresaran a la normalidad. Incluso nos asustaba la sensación que sentíamos cuando los rozábamos porque daban la impresión de que la piel se podía romper como si fuera papel.
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5. Un regaño
Cuando nuestra mamá se enojaba por algo con nosotros y nos regañaba, creíamos que era el fin del mundo porque pensábamos que nos odiaba y que nunca nos iba a volver a amar. Cómo ese ser tan maravilloso nos gritaba por alguna travesura o algún berrinche que pensábamos que iba a estar enojada hasta que saliéramos de la universidad… y así fue porque sus regaños siempre nos ayudaron a ser mejor.
6. Comernos el chicle
¡Qué miedo nos daba pasarnos el chicle! El miedo surgió porque nos decían que si nos comíamos el chicle se nos iban a caer los calzones o que se iba a quedar pegado en nuestro estómago para siempre. Prácticamente nos hacían creer que un chicle podía provocar nuestra muerte.
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7. No ir en el lugar del copiloto dentro del auto
Qué enojo nos daba cuando nuestra mamá o papá no nos dejaba ir alado suyo en el auto porque ese lugar era para adultos. ¡Hey! Desde entonces nosotros ya éramos niños grandes, cómo se atrevían a decirnos bebés.
8. La oscuridad
Tener nuestro propio cuarto y dormir solos siempre fue un gran reto y un gran paso para considerarnos niños grandes, pero a la ahora de apagar la luz teníamos los peores pensamientos; pensábamos que alguien estaba debajo de nuestra cama, que una horrible criatura podía salir de nuestro clóset o que alguien nos podía asfixiar con las cobijas.
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9. Reprobar los exámenes
Las calificaciones parecían el peor momento en la vida de cualquier niño, pensábamos que cuando nuestra mamá viera nuestro boletín sería el peor momento de nuestra existencia. Sobre todo cuando estábamos seguros de que no íbamos bien en una materia y temíamos a los exámenes y a lo que pudiera pasar después de ellos.
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