Hola, soy Astrid, y esta es mi historia. Si te gusta, tengo un blog donde comparto más experiencias como esta. Todo empezó cuando hice match con él a finales de enero. Un americano de Dallas, Texas, que estaba de paso en México. Nos escribimos por semanas, enviándonos fotos y mensajes esporádicos, pero todo parecía muy casual, hasta que un martes de febrero, me soltó de la nada: “¡Hola, ya llegué a México! ¿Comemos?”. Obviamente, no podía ir, tenía trabajo (y, para ser honesta, me molestó un poco que ni me avisara antes de subirse al avión). Pero después de tantas semanas platicando, decidí darle una oportunidad. Así que le propuse un café o drinks rápidos antes de mi clase de Pilates. Él, encantado, aceptó de inmediato.}
Nos vimos en el bar del hotel donde se hospedaba, un lugar muy fancy y chic. Sabía que no podía ir en mi ropa de ejercicio, así que me cambié y llevé mi ropa de Pilates en una bolsa. De camino al hotel, no pude evitar pensar: “¿Y si me pide subir a su cuarto?”. Spoiler alert: No pasó.
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Cuando llegué, los meseros lo ubicaban perfecto, lo que me confirmó que realmente le gustaba venir a México como decía. La conversación fluyó de maravilla, tanto que hasta me dieron ganas de quedarme, pero me mantuve firme. Al principio le advertí que solo podía quedarme una hora, y cuando la alarma de mi celular sonó, me despedí. Él, como todo un caballero, me acompañó hasta la salida y, justo antes de irme, me preguntó qué quería para mi cumpleaños. La pregunta me sacó de onda, pero solo me reí y le dije que no sabía. Sin embargo, él insistió en que pensara en algo.
Al mencionarle que me iría caminando, él, muy atento, se ofreció a pedirle a su chofer que me llevara. Accedí, aunque no pude evitar pensar que estaba viviendo mi momento Pretty Woman. Al día siguiente, se regresó a Estados Unidos por una emergencia de trabajo, pero no dejó de insistir por mensaje sobre el regalo de cumpleaños y aunque mis amigos y yo pensábamos que era el típico mujeriego que conquista a las mujeres con regalos caros, la curiosidad me ganó y decidí seguirle el juego.

Todo un sugar daddy
A finales de marzo, justo antes de mi cumple, regresó a México y me invitó a comer a uno de sus restaurantes favoritos. La comida fue espectacular; me consintió con mi vino y platillos favoritos. En medio de la plática, volvió a preguntar sobre mi regalo, y ya sin bromas, me lo tomé en serio. ¿Qué me hacía falta? Recordé que hace poco había perdido unos lentes de sol que mis papás me regalaron, así que le dije que quería unos nuevos.
Sin pensarlo dos veces, terminamos en una tienda departamental. Él me ayudó a elegir y, al final, me llevé unos Tiffany y unos lentes normales. El total fue de más de treinta mil pesos. Salimos de ahí y nos fuimos a cenar a otro restaurante carísimo en la Ciudad de México. Durante la cena, surgió el tema de las expectativas. Le dejé en claro que, aunque me caía bien, no iba a precipitarme en nada. Él, muy comprensivo, aceptó y dijo que quería seguir conociéndome. La cena terminó, me pidió un chofer para llevarme a casa, y al despedirnos, solo hubo un abrazo romántico, pero nada de besos.
Al día siguiente, volvimos a salir, pero tampoco pasó nada. Todo se enfrió cuando, en mi cumpleaños, ni siquiera me felicitó. Ahí supe que mis besos valen mucho más de treinta mil pesos.
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