La Navidad no se hace sola, la hacen las mujeres

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Oh what fun movie - la navidad no se hace sola, la hacen las mujeres

El fin de semana vi una película que se llama Oh What Fun, protagonizada por Michelle Pfeiffer la cual yo describiría como un espejo incómodo, porque gira alrededor de una situación que todos hemos visto pero creo que no siempre ponemos en palabras aún cuando podamos reconocerla de inmediato: la magia de la Navidad que no aparece por arte de magia sino porque alguien la produce. Y casi siempre, ese alguien… es una mujer.

Mientras la veía, pensé en cuántas no hemos romantizado la Navidad sin detenernos a mirar quién la sostiene.

Las luces, los regalos, la comida, los encuentros familiares, el “ambiente bonito”, la armonía muchas veces forzada, que tiene un costo. Un costo físico, mental y emocional que rara vez se distribuye de forma equitativa en la familia.

Días antes, me pasó algo que sembró la idea de esta columna en mi cabeza. Salí a comprar algunas cosas para mi departamento, al que me acabo de mudar con mi novio y pensé —con una mezcla de ilusión y consciencia— que esta era mi primera Navidad “como señora”; refiriéndome al momento simbólico en el que empiezas a construir un hogar propio, a decidir cómo quieres que se sienta tu espacio y darle intención a los detalles.

Para mí fue emocionante. Lo viví como el inicio de una nueva etapa. Y estaba encantada comprando adornos, regalos y poniendo en practica todas esas cosas que vi en mi casa y en las que mis papas hacian incapie para que recordara cuando me tocara a mi hacerlas y compartirlas con alguien.
Porque hasta ahora así ha sido mi Navidad. Pusimos el árbol juntos, compramos decoraciones juntos, hicimos galletas juntos, porque esta fiesta es de los dos.

Pero mientras hacía fila para pagar, detrás de mí escuche a varias mujeres hablando. Ninguna emocionada, todas cansadas y frustradas diciendo que siempre les tocaba hacer todo. Que la Navidad era una friega. Que parecía que su familia creía que las cosas simplemente sucedían y que nadie las ayudaba.

Me quede dandole vueltas a ese contraste.

Para algunas, la Navidad es un proyecto que ilusiona. Para otras, una carga que se repite año con año.

Y como si la coincidencia necesitara subrayarse, ese mismo día llegué a casa y leí un texto que hablaba justo de eso: de la mujer que sostiene la Navidad sin darse cuenta. De cómo, en muchas familias, la celebración depende del desgaste silencioso de una sola persona. De cómo una frase dicha en broma puede esconder una verdad profundamente incómoda.

Porque en muchísimas casas, la mujer no solo decora la Navidad. La organiza. La coordina. La anticipa y la contiene.

Mamá, abuela, tia o madrina es generalmente quien compra, cocina, envuelve, agenda, recuerda, media conflictos, sostiene emociones ajenas y procura que todo el mundo disfrute. Y aun así, se espera que lo haga con buena cara y disposición.

Y lo más inquietante no me parece que sea que esto ocurra, sino que lo hayamos normalizado. Que lo veamos como “lo natural”. Como si hubiera un mandato no escrito que se activa cada diciembre y dice: tú te encargas. Que no falte nada. Que todos estén bien. Que la mesa esté bonita. Que la familia esté unida, incluso si tú estás agotada.

Hay un guion invisible donde la mujer termina siendo todo: la directora, la productora, la actriz principal, la escenógrafa, la iluminadora… y la que limpia cuando se apagan las luces. Y muchas veces, ni siquiera aparece en la foto final.

Este texto no pretende ser una crítica a la Navidad, sino a la manera en la que distribuimos —o no distribuimos— las responsabilidades dentro de ella. A cómo confundimos tradición con sacrificio. Porque hay una diferencia enorme entre elegir hacer algo y sentir que te toca hacerlo todo.

Por eso y como con todo en la vida, en esta epoca de reunions pero también de reflexiones cercanas al fin de año, vale la pena detenernos a hacer preguntas incómodas. No para arruinar la Navidad, sino para rescatarla de la inercia.

Tomate un minuto y pregúntate…

¿Qué parte de esta celebración hago porque me nace, y cuál hago porque siento que “así debe ser”

¿Qué tradiciones sigo sosteniendo por herencia?

¿Qué pasaría si este año no lo hiciera todo yo?

Y, sobre todo: ¿Cómo sería una Navidad donde yo también descanse y disfrute?

La Navidad no se hace sola y durante décadas, ese soporte ha tenido nombre de mujer. No porque seamos más capaces, más organizadas o más “naturales” para el cuidado, sino porque así lo aprendimos y así lo seguimos reproduciendo, muchas veces sin cuestionarlo. La carga no es individual, es cultural.
Por eso este es un llamado a que empecemos a ver la Navidad como una experiencia colectiva que requiere responsabilidad compartida. Para que dejemos de aplaudir el sacrificio femenino como si fuera virtud.

La Navidad puede seguir siendo un espacio de encuentro, pero solo si dejamos de pedirle a las mujeres que desaparezcan para que exista. Quizá el cambio no esté en hacer menos fiesta, sino en hacerla entre todos. Porque cuando el cuidado se reparte, la celebración deja de ser una carga… y vuelve a ser lo que prometía ser: un momento compartido.


Colaboración de Roberta Woodworth

Roberta woodworth - ¿tener novio ya no es 'cool'? El discurso que nos está confundiendo

Escritora y filósofa que explora los temas íntimos universales: esos pensamientos y sentimientos profundos que todos tenemos, pero que no siempre expresamos en voz alta. Como creadora de contenido y host de Libre&Loca, un podcast dedicado a la salud mental y al crecimiento personal, invita a sus oyentes a reflexionar sobre sus emociones y a cuestionar sus propias experiencias de una manera abierta y

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