La historia del vestido en México se conoce –desgraciadamente– a partir de la creación de las redes sociales y otras digitalidades que documentan segundo a segundo lo que pasa en la semana de la moda. Desde una foto en el banner del evento hasta un video en cámara lenta de una pasarela, esto es lo que la mayoría de la población conoce de la industria.
Si subimos un nivel, el público pueden reconocer nombres sobresalientes como MALAFACHA, Pink Magnolia y Alejandra Quesada, grandes diseñadores que con numerosos momentos e historias han marcado el destino de lo que conocemos como “industria”; pero esto es la punta del monumental iceberg llamado moda en nuestro país, y nada más.

¿Qué sucede entonces?
Empezando por lo más sencillo, marcas de talla internacional nos bombardean al por mayor con sus pasarelas, campañas e ideas, mismas que se mantienen en el top of mind de la mayoría de la gente junto a bloggers, celebridades e influencers que arruinan todo este sistema; lo cual no nos permite avanzar ni construir otras identidades en un mundo que, por si fuera poco, es catalogado como superficial y efímero.

La historia de la moda nacional empieza mucho más atrás de la llegada de todos estos dispositivos electrónicos, cuando la tradición era la base de toda actividad. Este momento no se ha borrado en lo más mínimo y se puede observar en los habitantes que saben que visten de manera contemporánea, pero apoyan fielmente la idea de tomar tequila, cantar el “Cielito lindo”, vestir huaraches, sombreros y faldas amplias en el típico color rosa mexicano. Y no está mal amar las tradiciones de nuestra patria, pero no investigar sobre talentos emergentes y diversas propuestas en el área del diseño es casi un pecado.
Por ejemplo, muchos desconocemos que en 1949, Ramón Valdiosera creó prendas de un color rosa brillante y que con esa propuesta llegó hasta Nueva York. Que al causar sensación por el estilo y modelos que llevaba, múltiples medios escribieron sobre los colores y texturas que tenían sus diseños, denominando el color rosa de sus prendas como parte de la identidad de México, creando el famoso término “rosa mexicano”.

Como este pequeño relato hay millones más, pero por desgracia los omitimos en lo más mínimo por vivir en una opaca burbuja.
Por el contrario, otros países conocen el otro lado de la moneda de la industria mexicana y han presenciado casos de éxito como el de Víctor Alfaro, un mexicano que se fue a estudiar el idioma en Estados Unidos y por azares del destino llegó al FIT en Nueva York, posicionando sus inteligentes propuestas en el top de fashion world. Al grado de recibir en 1994 el reconocido premio a creativos de la moda Perry Ellis.
Éste no es el único caso de un diseñador que se ha podido posicionar fuera de México; creativos contemporáneos como MANCANDY, Yakampot, Roberto Sánchez, Trista y Cynthia Buttenklepper han logrado establecer sus proyectos en otros países antes que en casa.
Inconscientemente surge una pregunta: ¿por qué todos estos diseñadores tienen que migrar para poder sobresalir? ¿Qué pasa en la nación que el diseño local no es muy bien recibido?

Uno de los problemas de no conocer estos nombres e historias es por la poca difusión que existía en tiempos memorables, además de la falta de tecnología. Ahora con plataformas como Google + fashion de Mike Alva y Anna Fusoni, MEXICOUTURE de Sara Galindo y María José Hernández, y la llegada de la mismísima semana de la moda mexicana, poco a poco se ha colocado en nuestras manos la información necesaria para ir reconociendo rostros importantes en el mundo de la moda.
Pero no es suficiente.
La identidad nacional no se puede representar solamente por el demi-couture visto en las pasarelas, revistas y notas de personalidades de la industria. Está perfecto que exista la preocupación de crear alta moda, pero marcas que tienen orígenes foráneos, trasfondos recuperados de otras capitales de la moda y típicos elementos y personalidades mexicanas, no son el sello de la industria en el país. Faltan todos esos diseñadores independientes que crean proyectos originales y complejos, recuperan técnicas y estéticas tradicionales de una manera innovadora y –lo más importante– comprenden y experimentan el zeitgeist del país.

Como dijo Hegel: «La racionalidad de la moda consiste en ejercer sobre lo temporal el derecho a alterar lo siempre nuevo»; esto no significa que al tener ya una democratización de la moda mexicana debamos seguir los mismos pasos que Milán, NY, París, Tokio y Londres emplearon para convertirse en una capital de moda.
Aunque muchos vean la idea de convertir a la CDMX en capital de moda como un sueño lejano, muchos intelectuales creen en esta posibilidad.

La evolución del gusto ha mejorado considerablemente, los sistemas de producción cada día se abastecen de manera más eficaz y las clases sociales han ido consumiendo piezas originales de manera orgánica. Pero nada de esto sirve si los mismos rostros siguen armando exposiciones, ejerciendo curadurías de diseño y promoviendo proyectos para talentos emergentes, y al final del día siguen vistiendo de forma conservadora y pensando bajos los mismo términos que hace 50. Si sólo compran firmas extranjeras como sinónimo de lujo.
Al no tener ni dos hojas tamaño carta de nombres de museos con exposiciones de moda nacionales e internacionales, no podemos decir que el arduo trabajo de estas personalidades esté ayudando mucho. Se necesita una difusión contundente y especializada para llegar a cada rincón del país. Como comentó alguna vez Johann Mergenthaler: «la moda nace de Internet, no necesitas vivir en New York; así como el caso de Andy Torres, donde el Internet fue una pieza fundamental».

Necesitamos que las grandes agencias y medios de comunicación que manejan la moda nacional aprecien el pasado, pero efectivamente sigan observando; que apoyen la creación publicitaria, dirección artística, diseño gráfico, proyectos de estilistas, maquillistas y hasta agencias de modelos. Que exista un equilibrio entre retails, e-commerce y showrooms; que las redes sociales ayuden de manera productiva con grandes estrategias de difusión para no caer en lo efímero ni en el cliché.
Necesitamos que todas esas editoriales y proyectos independientes sigan luchando por ser reconocidos, que marcas de contracultura sigan atacando el mercado y que estudiosos como Michel Mallard, Tanya Meléndez y Gustavo Prado sigan emergiendo, trabajando, apoyando, viviendo y amando la moda mexicana.
Con todo esto, el Gobierno colocará los ojos sobre la industria con la intención de crear espacios propicios para la moda, que junto al esfuerzo de todos los demás proyectos se podrá borrar la idea de que la moda en México solo incluye el rostro de Frida Kahlo, nopales y luchadores.
