Salgo de casa con ánimos de morirme. ¿Por qué? Soy la única persona en este mundo que rechaza la mentira como forma de vida.
Todo comienza con el vecino, quien siempre está a las 8:15 barriendo la calle. Paso frente a él y como lo ha hecho en los últimos cinco años, me dice buenos días. ¿Buenos días? Si no lo conozco, ¿por qué me saluda de manera tan cordial? Llego a la parada de las famosas combis (sí, en el Estado de México se ocupan en exceso). Entro a la estrecha cabina, contengo el aire y ocupo un lugar diminuto en donde un niño apenas entraría. Me sostengo de lo que puedo y el móvil arranca agresivamente. En el siguiente semáforo sube otra persona y como si fuera una obligación repite buenos días, todos le contestan.
“Por si fuera poco la otra gente simula ser amable y se saluda cuando por dentro están inconformes con su vida y con la de los demás”.
Para empezar, ¿por qué saluda el tipo que nos es completamente ajeno? ¿Y por qué todos contestan con el mismo tono fingido de gentileza? Nadie se conoce entre sí y simulan que lo hicieran. Este patrón de amabilidad se repite durante todo el transcurso al trabajo y entre más lo observo más pienso que todo es una mentira. En la oficina se repite de la misma forma aunque, diría, de una forma aún más hipócrita.
“¿Qué tal tu fin de semana? ¿Bueno? Qué bien, el mío también estuvo genial”. Sí claro, si la noche del viernes llenó su timeline con puros mensajes de odio hacia su novia que (todos sabemos) le puso el cuerno. Si estaba que se lo llevaba el carajo, ¿por qué dijo que pasó un buen fin de semana? Cuando llega el jefe los subordinados revientan de pleitesías y se arrodillan ante el sumo pontífice. Pero qué miserables se ven.
Ya sentado en mi escritorio y obligado a ver las enormes pantallas que sintonizan CNN Español confirmo mi sospecha. La vida es una maldita simulación. Desde que me levanto y hasta que me duermo todo es una mentira. Sólo hay que ver el resumen de noticias para entenderlo. Problemas por aquí, por allá. Muertos en el norte. El descontrol total de la economía y, por si fuera poco, el sinvergüenza mal parido hijo de la chingada del presidente diciendo que México está avanzando.

¿Ven? Nuestro país es el lugar de las simulaciones: gobernadores, diputados, senadores y toda ese conjunto de embaucadores simulan que trabajan. Enrique Peña Nieto simula que es presidente cuando hay una maquinaría tiránica que lo usa de títere. La policía simula que investiga y captura a los maleantes mientras que los hechos demuestran lo contrario. El resto de la gente simula ser amable y se saluda cuando por dentro están inconformes con su vida y con la de los demás.
En pocas palabras todos simulan algo que no son. Incluso yo simulo que escribo un texto sobre simulación. Pero yo no soy el único que también se percata de este fenómeno, o mejor dicho, él se dio cuenta primero. Jean Baudrillard escribió un ensayo que tituló “Cultura y Simulacro”. Para entender su teoría hay que partir de lo más elemental y conocer el significado de ambos conceptos.
Cultura es “el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos, grados de desarrollo artístico, científico industrial, en una época o grupo social”; mientras que simulacro es una “imagen hecha a semejanza de una cosa o persona. Especie que forma la fantasía”. Siendo visceralmente directo, Baudrillard dice que todo es una mentira. Desde el saludo de mi vecino por la mañana hasta el cumplido que me hace el jefe por escribir un artículo sobre cualquier tema de la realidad el cual termina siendo una mentira. ¿Ahora entienden por qué me dan ganas de matarme?

¿Qué es lo que nos hace simular? Según Baudrillard, todo inicia desde los primeros años de vida cuando entramos en un mundo imaginario y fantástico alimentado por los cuentos, mitos e historias que nos dicen. Desde ahí aceptamos que un mundo hiperreal es correcto. Este hecho se repitió una infinidad de veces durante todo el pasado y para cuando los niños construyeron una sociedad, repitieron el patrón de hiperrealidad.
“La vida es una maldita simulación. Desde que me levanto y hasta que me duermo todo es una mentira”.
Al respecto Baudrillard nos habla de la etnología
y cómo todos somos resurrecciones de los pasados. Habla de las diferentes civilizaciones y cómo tenemos espejos de nuestras realidades que al romperse acaba con la locura de nuestra sociedad. Esto no es porque se acabe la locura, sino porque se deja de reconocer como una alteración y comienza a reconocerse como una realidad. Es ahí cuando todo se echa a perder pues de tanto vivir en la mentira se le transformó en verdad.

Al vivir en la no realidad, en la simulación, las personas pueden hacer o no hacer su trabajo pues no hay un estructura rígida que lo esté orientando. La vida necesita de voces críticas que nos hagan dudar de todo, que nos hostiguen la mente de mensajes incómodos hasta que por fin abramos los ojos o nos los arranquemos de una buena vez. El problema es que además de la venda, ahora los oídos también comienzan a taparse y se le impide el paso a cualquier mensaje que no sea algún producto de entretenimiento y enajenación.
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Yo durante mucho tiempo traté de divulgar mensajes sobre la precaria realidad en donde vivimos con el fin de concientizar pero –como suele pasar con todos los temas serios– a la gente les parecen aburridos y los desechan sin siquiera leer dos párrafos. Por esa razón opté también por simular que escribo un texto importante cuando en realidad sólo es un discurso que entretiene y no dice nada. Así simulan que lo leen y todos continuamos con nuestra vida de mentiras.
