Foto urbana: los instantes de una ciudad

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por enero 22, 2023
Foto urbana: los instantes de una ciudad
Foto urbana: los instantes de una ciudad

Texto escrito por: Rodolfo García Portillo

La tecnología sobre nuestro habitar se ha vuelto ­casi­ una necesidad para aquellos a quienes les gusta estar al último grito, tanto de las tendencias que marca el mundo de la electrónica, como de las modas que éstas imponen. Fuera de cualquier connotación social o antisocial que esta afirmación pueda poseer, las nuevas inclinaciones en aparatos celulares y tabletas han traído consigo un importante evento. Este fenómeno, perteneciente, en particular, a esta década,­ al que denominaremos como la manía de “fotear”, es decir, el hecho de utilizar las herramientas que un aparato electrónico proporciona para tomar fotografías y editarlas para mejorar su calidad y mostrarlas ante el mundo, como todo buen fenómeno social de dichas características, se manifiesta a través de las redes sociales.

Foto urbana 1 - foto urbana: los instantes de una ciudad
Después de que éste comenzara a hacerse presente en la vida cotidiana como una simple representación de lo novedoso, se convirtió en hábito entre los transeúntes de las clases media y alta. Algunos dicen que esta circunstancia demuestra cada vez más que las banalidades del nuevo mundo se han convertido en un pulpo envolvente, que con tentáculos de microchips y cableado de oro, arrastra hasta un océano turbio. La generalidad en los comentarios oscila entre las vistas diversas sobre este fenómeno, desde el clásico “el contacto humano se pierde a paso acelerado…se está yendo por la cañería”, hasta un “ahora todo mundo se cree fotógrafo”. Como no hay manera de combatir dichos argumentos (dado que en su mayoría superficial, de convención, son verdaderos), no queda más remedio que analizar el fenómeno desde un punto de vista ­pretendidamente­ objetivo.

A mediados de la década de 1980, ya Lipovetsky hablaba claramente sobre la “seducción” que la televisión y los medios influyen sobre la mente, dejando a un lado la comunidad entre los seres e incrustándolos en el individualismo narcisista; en la desmesurada masificación de los egos. Su predicción no resulta errónea si se mira desde el mismo cristal con el que él lo hace: habitamos un mundo en constante involución, uno en el que la expresión artística se ha visto arrastrada ya hacia horizontes de poca vastedad. El humano contemporáneo representa todo aquello que, hace poco más de un cuarto de siglo, era presa de la crucifixión y el desprecio generalizados. El flujo de información hoy es veloz, instantáneo, lo que ocasiona que los nichos de mercado se miren subdivididos al abrir más y más posibilidades a la mencionada “seducción”, ocasionando que, aunque la tendencia de cualquiera fuera escapar de estas nuevas convenciones y del poder que ejercen sobre el resto, resultaría prácticamente imposible.

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La comunicación ha cambiado, y con ella giran los engranes de las nuevas formas de expresión. Entre éstas, más visible que otras, se encuentra la cuestión de la fotografía. Me pregunto: ¿quién de nosotros no se ha visto en la necesidad, ­que ya es intrínseca al ser­, de compartir una fotografía en los anales de las redes sociales?, ¿cuántos de nosotros contamos ya con sesiones abiertas en Instagram, Pinterest o Vine? Lo cierto es que esto no es una casualidad, sino la causalidad de un ente que respira sin necesidad de alimento, puesto que su oxígeno, su sangre y sus entrañas somos nosotros.

En contraparte, queda entonces pensar en que nuestra manera de expresarnos sólo ha hecho la competencia un tanto más interesante. El ser convencional camina las calles de cualquier urbe buscando objetos, personas o situaciones, arquitectura y comida para fotografiar, para llevar como un recuerdo electrónico que se desplaza entre códigos binarios y alcanza los ojos de sus amigos y familia en cuestión de instantes. ¿No es entonces importante rescatar este nuevo sentido?

Foto urbana4 - foto urbana: los instantes de una ciudad
Muchos artistas a lo largo de la historia han buscado despertar la sensibilidad en nosotros, en los demás, los que no conocemos su tema y desconocemos los gajes de su oficio. La nueva expresión, además, funge como una retribución complementaria. Seguramente existirán hoy millones de usuarios quienes habrán descubierto ya una nueva vocación, un talento que no sabían, poseían, y que ahora practican con la frecuencia debida con el afán ­involuntario­ de enaltecer sus egos. La fotografía es el color de nuestras almas. La fotografía artística requiere de toda regla (aunque ya rota), establecida, del uso correcto de las herramientas y un ojo bien entrenado.

La fotografía del ser común, el que practica el verbo “fotear” con frecuencia, es una analogía involuntaria a la arquitectura situacionalista: el transeúnte construye una ciudad armada con sus propias vivencias, reconstruye las urbes a través de los recuerdos guardados en su dispositivo; el que “fotea” es aquél que no desea demostrar su hambre artística, e inclusive no estará consciente de poseerla; el que “fotea” es aquél que reconstruye su persona, el que narra sus experiencias a través de un pequeño lente de 8 megapixeles.

En su representación, estos nuevos fotógrafos, los transeúntes de la vida, de las ciudades que los habitan a ellos mismos, aunque permanecen carentes de un discurso y que son diferentes por completo al artista, podrían calificar como neobabilonios, parafraseando a Constantine­, en busca de un estado nómada, exentos de una ciudad por la necesidad de su propia expresión, por escapar de manera involuntaria a las nuevas calamidades que los atañen sin que realmente las perciban. Las edificaciones erigidas hace tiempo han quedado ya en el olvido de estos entes quienes hoy buscan plasmar novedosos diseños que se postran en las grandes avenidas, o bajo los rincones de un puente oloroso a orines. Estos neobabilonios, “fotenado”, se cobijan en los restos de una ciudad que inhala para atraerlos a un centro común, y, después, los despide hacia afuera, como si se quisiera mostrar a sí misma a través de sus grafittis y su gente, de sus comidas.

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Todo dependerá de cada uno y del provecho que se le tome a dicha circunstancia. Tomarle la ventaja a la ciudad y registrarla, no sólo como un ente aparte, sino como la representación de lo que somos junto con ella: una criatura que posee a todas sus partes, esa que a través de las imágenes se nos muestra, se luce ante nosotros, presumiéndonos de lo que es, de lo que somos todos los que la habitamos y formamos parte de su bella composición y de su propio entorno…

Desde lo alto de una montaña, un viajero enfocaría las luces lejanas preguntándose:

¿Es la simetría de mi ciudad la analogía de mi propia cadencia, de las vivencias de mi propio instante? Dispararía entonces su foto. Tomaría sus cosas saliendo de cuadro para volver por un sendero largo mientras fotografía a la ciudad desde sus entrañas.

Todas las fotografías son de Pedro Meyer.

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