Ana Torroja desfilando entre objetos gigantes; Nacho Cano con su melena alborotada, enfundado en una chaqueta de cuero negro y tocando un saxofón al puro estilo de un viejo club de jazz en los cincuenta. Esa es una forma muy condensada de describir el vídeo de ‘No hay marcha en Nueva York’ incluida en el disco “Descanso dominical” de 1988.
El glamour con el que visten los integrantes del grupo Mecano durante dicho vídeo es una muestra de lo que la Gran Manzana significaba para el resto del mundo: un lugar en el que la sofisticación y la esperanza de encontrar un lugar mejor para vivir van de la mano. Como si apenas con pisar el suelo neoyorquino todos los sueños se volvieran realidad y cualquier problema quede resuelto en segundos, en fin, Nueva York era ese paraíso en el que todo mundo quería vivir. No obstante, todos –incluso Torroja y compañía– sabían que esa prosperidad era una ilusión que sólo se podía creer viviendo lejos de ahí.

Si ponemos atención a la letra de la canción, nos encontraremos con el verdadero NY: varios edificios derrumbados y aire casi imposible de respirar por estar lleno de humo, polvo y la suciedad que imperaba en algunos de los que hoy son los barrios más importantes de esta gran ciudad en donde la inseguridad era proporcionada por pandillas que amenazaban las calles como si se tratase de una película de Martin Scorsese.

Quizá lo anterior puede sonar exagerado pues, comparado con ello, lo que hoy podemos encontrar en la Ciudad que nunca duerme es un escenario que dista bastante del cuadro postapocalíptico que ha sido pintado en los primeros párrafos de este texto. No obstante, para respaldar esa estampa de desolación tenemos las fotos que Steven Siegel capturó durante la década de los ochenta a pesar de que su trabajo no era precisamente documental.

A través de sus imágenes, el fotógrafo nos presenta una visión más sincera de la ciudad lejos de mirada romántica en la que se le ha encasillado. La Nueva York de Steven Siegel no es precisamente esa ciudad a la que llegas buscando fama, sino aquella a la que prefieres rodear para no contagiarte del hastío de la gente que recorre sus calles en busca de una mínima señal de esperanza que le permita levantarse al otro día tratando de asegurarse un futuro mucho más prometedor que su presente.


Para Nueva York, los ochenta fue una década más bien horrible. Uno de los hechos que marcó el inicio de esta mala racha fue cuando en 1977, durante el segundo juego de la Serie Mundial, uno de los comentaristas interrumpió el partido para hacer notar a la audiencia que en medio de su festejo, más allá del estadio, el Bronx estaba ardiendo en llamas.


Durante ese mismo año tuvo lugar el histórico apagón que duró poco menos de un día, periodo en el que miles de personas aprovecharon para salir de sus casas a saquear todo tipo de tiendas llevándose objetos que ni siquiera utilizarían. Posteriormente, las calles de Nueva York parecían mercados ambulantes en los que se podía comprar desde ropa hasta aparatos eléctricos de la mejor calidad; evidentemente ninguno de esos productos contaba con factura.


Así, el ambiente que reinaba en cada esquina de la ciudad era una mezcla de smog e incertidumbre, todo mundo tenía miedo de irse a dormir y despertar en un hogar destruido o, más aún, ni siquiera volver a ver la luz del día. Los rostros de desesperanza y desconfianza ante un sujeto con una cámara son los indiscutibles protagonistas en las fotos de Siegel, mismas que nos muestran el fascinante y, al mismo tiempo, triste pasado de esta ciudad recordándonos que incluso el diamante más caro tuvo su origen en el fango.

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Fuente
Ufunk
Interiorator
